DON BOSCO

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"BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS"

La reelección indefinida sí es antidemocrática



 Daniel Zovatto*

En su reciente visita a Córdoba, Ernesto Laclau señaló: “[...] es muy antidemocrático que la gente no tenga la opción de reelegir por un impedimento institucional. En Europa, los primeros ministros –excepto en Francia, que es un cargo no electivo– pueden ser reelegidos indefinidamente en la medida en que sus propios partidos confirmen sus liderazgos y en la medida en que la gente los vote. Y nadie habla de que hay un peligro antidemocrático”. Lo dijo en una entrevista publicada por este diario el pasado domingo 17.

Difiero de manera sustancial de la opinión de Laclau. En sistemas presidenciales como el argentino, lo verdaderamente antidemocrático es la reelección indefinida, no su prohibición.
Antes de entrar en el tema, definamos qué entendemos por reelección en un sistema presidencial, para evitar confusiones. En palabras de Dieter Noh­len, la reelección es “el derecho de un ciudadano (y no de un partido) que ha sido elegido y ha ejercido una función pública con renovación periódica de postular y de ser elegido una segunda vez o indefinidamente para el mismo cargo: titular del Ejecutivo”.

La reelección puede estar permitida o prohibida en términos absolutos o relativos y, como tal, da lugar a cuatro fórmulas principales y a una variada combinación entre ellas: 
1) reelección indefinida; 
2) reelección inmediata y prohibición de la reelección para períodos siguientes; 
3) prohibición de la reelección inmediata y autorización de la reelección alterna, y 
4) prohibición absoluta de la reelección.

En América latina, 14 de los 18 países (excluido Cuba) regulan la reelección en sus diversas modalidades, pero sólo Venezuela la permite de manera indefinida, si bien este país contempla la posibilidad de un referéndum revocatorio para el presidente de la República.

A favor y en contra. 
Respecto a la conveniencia o el perjuicio de la reelección, existe un debate de nunca acabar, en el que suelen surgir confusiones importantes (como aquellas en las que incurre Laclau), al no distinguir adecuadamente entre sistemas presidenciales y parlamentarios, sobre todo en relación con la reelección indefinida.
En mi opinión, mientras la reelección indefinida no es antidemocrática en un sistema parlamentario (por sus características propias), en un sistema presidencial sí lo es.
Los defensores de la reelección indefinida argumentan que esta permite aplicar un enfoque más “democrático”, ya que posibilita a la ciudadanía elegir con mayor libertad a su presidente y responsabilizarlo por su desempeño, premiándolo o castigándolo según sea el caso. “En la medida en que sus propios partidos confirmen sus liderazgos y en la medida en que la gente los vote”, para Laclau ello no es antidemocrático.

Esto es cierto en un sistema parlamentario, reitero, pero no así en uno presidencial, ya que en este último la reelección indefinida refuerza la tendencia hacia el liderazgo personalista y hegemónico inherente al presidencialismo y expone al sistema político al riesgo de una “dictadura democrática” o bien a una dictadura a secas.
Las nefastas experiencias reeleccionistas de Anastasio Somoza, en Nicaragua; Alfredo Stroessner, en Paraguay; y Joaquín Balaguer; en República Dominicana, así lo testimonian.

Además, suele atentar contra los principios de igualdad, equidad e integridad en la contienda electoral, al dar lugar a un ventajismo indebido a favor del presidente en funciones, en desmedro de los demás candidatos. La actual campaña electoral venezolana es un claro ejemplo de esta patología.
Las conclusiones de un reciente seminario sobre el tema señalan que, en numerosos casos, la figura de la reelección presidencial en América latina se ha caracterizado por ser más desafortunada que afortunada, puesto que ha servido para que algunos gobernantes pretendan permanecer de modo indefinido y hasta perpetuarse en el poder, ya sea por sí o por otros. Los casos de Carlos Menem, en la Argentina; Alberto Fujimori, en Perú; Álvaro Uribe, en Colombia; y Hugo Chávez, en Venezuela; entre otros, así lo confirman.

En dicho seminario hubo consenso, asimismo, en que los riesgos asociados con la reelección presidencial suelen estar directamente relacionados con el grado de institucionalidad de cada país: en aquellos con institucionalidad fuerte, los riesgos de una desviación patológica son menores, y son mayores en aquellos países con institucionalidad débil.
La institucionalidad fuerte se caracteriza por la existencia tanto de poderes públicos independientes del Ejecutivo, sobre todo el Poder Judicial, así como por un sistema de partidos políticos competitivos e institucionalizado.

Por otro lado, como lo demuestra la experiencia comparada latinoamericana, en países con institucionalidad débil la reelección indefinida, e incluso la inmediata, del presidente ha servido para concentrar el poder político en el Ejecutivo, con grave afectación al principio de división de poderes y sobre todo a la independencia de los órganos del poder público, a los cuales les corresponden funciones de control tanto jurisdiccional como político. Venezuela, Ecuador y Nicaragua son algunos ejemplos de esta tendencia.

Reflexión final. 
En el caso argentino, introducir la reelección indefinida en el sistema presidencial actual además de antidemocrático podría llegar a ahondar la distancia abismal que ya existe entre el partido gobernante y el principal opositor, exponiendo a la democracia, como bien señala Rodolfo Terragno, al abuso de poder y a la falta de alternativa. Abuso que suele derivar en “dictadura de la mayoría”, la cual quebranta los derechos del resto de la población y genera, al mismo tiempo, una hegemonía del partido gobernante que impide el control y el cambio.
Por ello, si lo que se busca, vía la reelección indefinida de un mismo personaje, es intentar asegurar la continuidad de un proyecto político, entonces la alternativa es transitar de un sistema presidencial a uno parlamentario.

De este modo, se quitaría el carácter antidemocrático a la reelección indefinida. Pero para ello sería necesario reformar la Constitución (como hizo Menem en 1994, al introducir la reelección inmediata en beneficio propio) para “acomodarla” a los intereses de la gobernante de turno y al servicio de la continuidad de su proyecto político (“Cristina eterna”). Y ello sería igualmente antidemocrático y peligroso para nuestra democracia.

Mi opinión es que la consolidación de nuestra democracia no se obtendrá a través de líderes “indispensables” perpetuados en el poder vía reelección indefinida. El camino a seguir es otro: mediante la participación madura y activa de los ciudadanos; con instituciones legítimas, transparentes y eficaces; con la existencia de un sistema de frenos y balances entre los poderes y con una sólida cultura cívica.
Sospecho que estos mismos argumentos fueron los que pesaron en mandatarios que, aun contando con altos niveles de popularidad (Tabaré Vázquez, en Uruguay; Lula, en Brasil; Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, en Chile, entre otros) decidieron acertadamente no cambiar las reglas de juego para eternizarse en el poder.
Ya lo dijo el ex presidente Lula: “Cuando un líder político empieza a pensar que es indispensable y que no puede ser sustituido, comienza a nacer una pequeña dictadura”.


*Director regional de Idea Internacional para América Latina y el Caribe

La Voz del Interior, 24-6-12