DON BOSCO

DON BOSCO
"BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS"

13,5 MILLONES DE POBRES

Según el último informe de la UCA


Para el director del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, "el efecto derrame deseado por algunos dirigentes políticos no llegó a las capas bajas aún"

Por Martín Dinatale 11 de diciembre de 2017
Infobae, 11-12-17

Los datos son contundentes y no dejan lugar a dudas: más allá de los signos optimistas del Gobierno sobre la mejora en la economía, el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina muestra que el 31,4% de los argentinos vive actualmente en una situación de pobreza, lo que representa a unas 13,5 millones de personas.

Este informe, que toma datos bajo una nueva metodología de medición mucho más sofisticada y profunda que la del INDEC, revela también que hay un 5,9% de personas en situación de indigencia. Esto representa cerca de 2,5 millones de argentinos. El informe de la UCA al que accedió Infobae releva los datos del tercer trimestre del 2017 y deja al descubierto también un dato perturbador: el 48% de la población que vive bajo la línea de pobreza son niños de entre 0 y 14 años.

"En la Argentina sigue existiendo un tercio de la población que vive bajo una pobreza estructural y esta situación vemos que no cambió a pesar de algunas mejoras que se ven en la economía", destacó ante Infobae el director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, Agustín Salvia.

Lo interesante de este nuevo informe que muestra la UCA es que se hizo bajo una nueva metodología que no sólo mide la pobreza por los niveles de ingreso sino también de acuerdo al censo 2010 y una serie de siete valores multidimensionales que el INDEC no toma en cuenta.


De todas maneras, al realizar un comparativo entre los datos de medición tradicionales del INDEC y los de la UCA, se observa que hay una leve disminución de las personas en situación de pobreza entre 2016 (32,9%) y el 2017 (28,6%). Pero estos datos no pueden ser comparables a la nueva medición que presentó el Observatorio Social de la UCA ya que allí se revelan muchas más variables de estudio de caso. Hay, por cierto, una misma tendencia en cuanto a la tasa de pobreza relativa: en la medición del INDEC de 2016 se revela una situación de hogares bajo pobreza relativa en el orden del 19,1% mientras que la nueva medición de la UCA revela un 20,4%.

El nuevo esquema de metodología de medición de la pobreza del Observatorio Social de la UCA del tercer trimestre del 2017 toma aglomerados urbanos con 80.000 habitantes; una muestra puntual de aproximadamente 5.700 hogares y una mayor profundidad de datos de muestra en 30 municipios del conurbano bonaerense.

"Los resultados de la nueva muestra metodológica que hicimos exponen que el efecto derrame deseado por algunos dirigentes políticos no llegó a las capas bajas aún y la caída de la pobreza es leve", remarcó Salvia al explicar los datos de la UCA. Así, el informe sostiene que "las tasas de pobreza extrema revelan cierta continuidad a lo largo del período dando cuenta de mayores dificultades de mejora en el extremo más bajo de la estructura social".

En resumen esto implica que en los últimos años los extremos se ampliaron en términos de brechas sociales: los pobres se empobrecieron más y los ricos se enriquecieron aún más. Así, por ejemplo, el informe de la UCA muestra que una familia indigente en 2016 necesitaba $2.288 para vivir mientras que este año necesita $2.156. Es decir, que hay un incremento del 29,7%.

En el conurbano bonaerense es donde más se observa cómo sigue golpeando la pobreza y la indigencia en los hogares argentinos. Según la encuesta del Observatorio Social de la UCA, el 27,8% de los hogares del conurbano bonaerense vive bajo la línea de pobreza y el 7,9% en situación de indigencia. Aquí hay una leve baja de población en situación vulnerable si se comparan los métodos de medición de INDEC: en 2016 había un 27,3% de hogares pobres en el GBA mientras que en 2017 esa cifra pasó a ser del 24,8% en el conurbano bonaerense.

Según las mediciones que hizo el Observatorio de la Deuda Social el desfasaje económico y la brecha mayor entre pobres y ricos se da en el tercer cordón del conurbano. Allí es donde el nuevo informe de la UCA puso énfasis en la recolección de datos para hacer de esta nueva muestra una radiografia más completa de la realidad argentina.

La evolución de las dimensiones multidimensionales que muestra el trabajo también resulta muy interesante para medir el mapa social de la Argentina en su conjunto. Por ejemplo: el 4,1% de la población asegura tener problemas severos de alimentación o hambre. Esta es una tendencia que no ha disminuido respecto de otros años.

A su vez, en el muestreo se observó que hay un 18,9% de la población con déficit de cobertura de salud. Se observa, a su vez, que el porcentaje de hogares con servicios básicos incompletos sigue siendo elevado. Así, el informe revela que hoy el 34,1% muestra problemas de conexión al agua corriente, servicio de red cloacal o conexión de fuentes de energía. En tanto, el 21,4% de los hogares muestra que carece de una vivienda digna.


"Se puede observar que hay relativas mejoras en los últimos años por un freno de la inflación, una mayor obra pública y una mejora en el sistema de reparación histórica de los jubilados. Pero en líneas generales la Argentina sigue siendo un país con graves problemas de pobreza por atender", sintetizó Salvia al presentar el informe.

LA PLANIFICADA TOXICIDAD DE LA NOCHE EN CÓRDOBA



Por Juan Federico
La Voz del Interior, 9-12-17

Hoy, las autoridades ignoran qué toman aquellos que chocan o pelean durante la madrugada y terminan en un hospital o en la morgue.

Los organizadores eran conscientes de que ponían vidas en peligro y la ciudad no debería haber autorizado jamás la realización de esa fiesta masiva de música electrónica.
De esa manera, el fiscal alemán Uwe Mühlhoff resumió ayer el núcleo central de la acusación por la muerte de 21 jóvenes en el evento denominado Love Parade, una tragedia que ocurrió en 2010 en la ciudad de Duisburgo y que, a más de siete años, recién llega a ser juzgada.

Hoy, en Córdoba, se cumple una semana de la fiesta de música electrónica que se desarrolló en Forja y finalizó con un muerto, Pablo Daniel Rielo (35), intoxicado por consumir éxtasis. Un evento que terminó de manera trágica y que otra vez vuelve a poner en foco el negocio de la noche y sus responsabilidades.
Las diferencias con aquella tragedia alemana son abismales por un cúmulo de factores. Pero en ambos casos queda flotando la amarga acusación que ayer realizó el fiscal alemán.

Cuando los organizadores del evento en Forja fueron a solicitar autorización estatal, se acordó un operativo en el que siempre lo no dicho fue lo más importante: todos dieron por descontado que en la fiesta de música electrónica iba a existir un alto consumo de sustancias tóxicas, muchas de ellas ilegales.
De lo contrario, cómo justificar un puesto sanitario con suero, 50 puntos de hidratación gratuitos, ambulancias y todo un diagrama que, por ejemplo, jamás se piensa para fiestas que incluso son mucho más concurridas.

Aquí está una de las claves: los que se encargan de planificar y autorizar la noche en Córdoba no son ingenuos. No es que piensan que en los boliches y bailes no se consumen drogas, sino que saben (o suponen) qué tipo de sustancia corren en cada evento en particular.
¿Y qué se hace, entonces? Se diagrama una especie de sistema sanitario que sólo sirve para el predio en el que se realice el evento. Lo que suceda en la calle, aunque sea a un metro, parece que ya no es responsabilidad de nadie.

O sea, al momento de planificar se establece (aunque no se diga) que habrá un abundante consumo de alcohol y drogas. Pero el Estado sólo se preocupa por el evento en particular. Luego, cuando la masa de personas intoxicadas vuelve a las calles, en autos, a pie o como sea, ya pasa a ser otro cuento.
Así, hoy la Municipalidad de Córdoba y la Provincia ignoran, por ejemplo, qué toman aquellos que chocan o pelean de madrugada y terminan en la guardia de un hospital o en una morgue. Mucho menos, dónde ingirieron las sustancias y durante cuánto tiempo.

Es extraño pensarlo, pero si un joven se alcoholiza en un boliche, sale caminando a los tumbos y es atropellado cuando intenta cruzar una calle (o si esta persona ebria toma un auto y embiste a alguien, da lo mismo el ejemplo), no tendrá ninguna responsabilidad el empresario que le vendió la bebida o en cuyo local alguien lucró comercializando drogas ilegales.

Sólo la Justicia se preocupará por él si es que el alcoholizado (o drogado) se descompensa en su predio. De allí para afuera, una gran “zona gris” donde nadie más es culpable, sólo parece ser responsabilidad de aquel que decidió beber o drogarse. Toda una política pública.

Hoy, la investigación por la muerte en la fiesta electrónica de Forja tiene a un grupo de policías y médicos en la mira. Se trata de los agentes que en la calle patrullaban y llegaron a socorrer a Rielo por el llamado de vecinos al 101. Y se evalúa si la ambulancia del 107 demoró demasiado en asistirlo, además del rol de los médicos privados que estaban dentro del evento y no salieron en auxilio de Rielo.

Tanto desde la Policía como desde la Municipalidad, se explica que ni la fuerza azul ni el 107 están preparados, ante la cantidad de casos, para levantar, cada noche, a los borrachos e intoxicados que se derrumban en las veredas de Córdoba.

Dos instituciones que terminan por convertirse en un llamado desesperado por lo que antes nadie logró evitar, pese a que todo estaba planificado.

LOS AFRICANOS DEVUELVEN LOS DERECHOS A LOS PADRES

 en la política de educación sexual de la ONU

By Stefano Gennarini, J.D.          
| November 24, 2017 (C-Fam)

La autoridad de los padres volvió a aparecer en tres resoluciones sobre niños de la ONU en esta semana, algo que se creía imposible hace solo un año.

Hubo un sonido audible desde el piso de la sala de conferencias de la ONU, el lunes por la mañana, cuando el conteo de votos del tercer comité de la ONU apareció en la pantalla de arriba . La votación fue cerrada. La dirección de los padres en la educación sexual ganó de forma inesperada, con el voto a favor de los  Estados Unidos.

Las naciones africanas orquestaron una exitosa andanada de las enmiendas hostiles a tres resoluciones que pedían educación sexual para niños pequeños. Los africanos insistieron en que cualquier resolución que comprometa a los Estados o al sistema de las Naciones Unidas a proporcionar la educación sexual debe incluir una advertencia  respecto a ” una dirección y orientación apropiada por parte de padres y tutores legales”.

El pequeño estado de la isla de Santa Lucía, que ha colaborado con los países africanos, fue el primero en introducir una enmienda. Insertó el lenguaje de orientación parental en la educación sexual el viernes pasado, en una resolución sobre adolescentes y jóvenes, definida por la ONU como la etapa que comienza a los 10 años de edad.

“Los padres y la familia desempeñan un papel importante en la orientación de los niños”, dijo el delegado en la Asamblea General. Dijo que el lenguaje original en la resolución no era “adecuada”, ya que relegaba el papel de los padres al mismo status que al de otros jóvenes, proveedores de salud y educadores. Señaló que el tratado de la ONU sobre los derechos del niño reconoce los derechos de los padres a dirigir la educación de sus hijos.

Si bien esa enmienda falló en la resolución sobre la juventud, el Grupo Africano introdujo la misma enmienda en párrafos idénticos sobre educación sexual y fue adoptada en otras tres resoluciones sobre la niña, los derechos del niño y las niñas con discapacidad. El jadeo dio paso al aplauso con cada enmienda adoptada.

Los delegados europeos y latinoamericanos visiblemente frustrados convocaron a una votación sobre estas enmiendas, una solicitud que solo se hace en las negociaciones de la ONU cuando hay mucho en juego. Muy a menudo las delegaciones pueden usar las reglas de procedimiento para sacar ventaja. Esta vez fueron superados por los africanos en tres resoluciones.

La Unión Europea dijo que no consideraban consensuado el párrafo sobre educación sexual. Apoyados por los delegados de América Latina que la calificaron como “muy problemática.” El representante de Canadá dijo: “no podemos aceptar esto.” Un delegado de Australia mencionó que estaban “extremadamente decepcionados.” Muchos justificaron su oposición debido a tecnicismos y no por la importancia del asunto.

Un delegado de Noruega fue más transparente, y dijo que no podían aceptar la premisa de la enmienda porque “los niños deberían decidir libre y autónomamente” en temas relacionados con la salud sexual y reproductiva.

Un delegado egipcio que habló en nombre de todos los países africanos, con excepción de Sudáfrica, respondió con la misma transparencia : “Nuestra cultura africana tiene que ver con los derechos de los padres” y, “Egipto rechaza los intentos de ciertos países de imponer su sistema de educación a otros”.

Los Estados Unidos y la Santa Sede hicieron hincapié en el papel de los padres en la educación sexual y rechazaron el aborto como un componente de la salud sexual y reproductiva.

Las agencias de la ONU continúan promoviendo “La educación sexual integral” a través de sus oficinas en todo el mundo, aunque la Asamblea General lo rechazó el año pasado. La falta de consenso sobre el tema ha frustrado hasta ahora los intentos de legitimar este tipo de educación sexual en la programación de la ONU.


Traducción: Marcela Palos

CONSEJO PELIGROSO


Una propuesta y la opinión sensata de alguien que pudo liberarse de la adicción. 



Ante el desafío de la reducción de riesgos y de daños

La Voz del Interior, 6 de diciembre de 2017 

Por Juan Carlos Mansilla*



Estamos acostumbrados a pensar que las estrategias centrales que componen una política sobre consumo de drogas son la prevención (educar para que no se consuman) y los tratamientos asistenciales (rehabilitar al consumidor ). Sin embargo, esta mirada es incompleta, en cuanto invisibiliza una importante población: el gran grupo de los consumidores de drogas que persisten en esa práctica.

Para este grupo de riesgo, la responsabilidad de la sociedad consiste en una estrategia algo resistida por prejuicios culturales denominada “reducción de riesgos y daños”, dirigida a minimizar las consecuencias para quien consume y para terceros.

Para las drogas legales tenemos bien internalizada la reducción de daños: no fumar en lugares cerrados, o no conducir luego de beber alcohol pertenecen a esta categoría, ya que buscan minimizar las consecuencias de los consumos y no impedirlos (prevención), o rehabilitar al fumador o al consumidor de alcohol (asistencia).

Pero cuando hablamos de drogas ilegales, nos cuesta como sociedad incorporar ese concepto. Quizá sea síntoma de que no aceptamos la realidad.

La relación entre las fiestas electrónicas y las drogas de síntesis nos obliga a hablar sin vueltas. Porque parecería que a esta altura pensar en una de estas fiestas con consumo cero resulta una ingenuidad. Este es el desafío: hacer de cuenta que no vemos a los consumidores o incorporar las acciones para minimizar riesgos.


*Director de desarrollo territorial Sedronar

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Análisis y objetivos de los grupos de ‘reducción del daño’ en la Argentina

Claudio Izaguirre Presidente Asociación Antidrogas

Los grupos de ‘reducción del daño’ en la Argentina -liderados por la ONG Intercambios- vienen enseñando, a través de su folletería, cómo consumir drogas y sufrir el menor posible perjuicio. Los grupos de ‘reducción del daño’ en la Argentina -liderados por la ONG Intercambios- vienen enseñando, a través de su folletería, cómo consumir drogas y sufrir el menor posible perjuicio. 

Sin embargo, en opinión de la comunidad médica esto se traduce en una utopía, dado que el consumidor siempre demandará mayores dosis para experimentar idéntico efecto, en tanto el daño cerebral se torna ineludible. Resumiremos, a continuación, los postulados que los grupos de ‘reducción del daño’ pretenden imponer en nuestro país. Los citados demandan que, desde el Honorable Congreso de la Nación, se despenalice por completo la tenencia de drogas, dejando en manos de las fuerzas de seguridad la distinción entre un adicto y un vendedor. Hasta la instancia actual, la responsabilidad de realizar esta distinción -criterio jurídico mediante- correspondía a los magistrados.

Estos grupos y organizaciones persiguen la eliminación definitiva de las medidas de seguridad curativa y educativa, lo cual ha permitido a los integrantes del Poder Judicial enviar a tratamiento a los afectados, asumiendo esas costas el Estado Nacional. A partir de esta idea, el adicto no llega a obtener los beneficios de una beca para tratamiento, con lo cual estará condenado a fallecer a manos de su adicción: no le es posible contar con los 6 mil pesos surgidos del costo del tratamiento mensual durante un año y medio de internación. 

Los ‘reductores del daño’ buscan abierta y desesperadamente despenalizar el cultivo de marihuana. Factor que dará lugar a la proliferación irrestricta de vendedores de cannabis a lo largo y ancho de la República, teniendo en cuenta la inexistencia en las provincias de espacios gratuitos de tratamiento para los adictos a drogas; el resultado se traducirá en una multiplicación de la cantidad de consumidores y una menor cantidad de efectores de salud. Asimismo, se han propuesto como meta atenuar la escala penal para los pequeños actores de la cadena del tráfico, y modificar el Código Aduanero con el fin de atenuar la escala penal por contrabando para las llamadas ‘mulas’. Lo cual devolverá como resultado no solo la inmediata excarcelación de los traficantes de drogas sino que, además, asegura el regreso a sus ‘puntos de venta’, sin mayores inconvenientes (ni persecución policial o judicial futura). Buscan crear un Programa Nacional de Atención Integral para Usuarios de Drogas. 

El programa de atención a adictos fue sido creado hace más de tres décadas; ahora, pretenden inculcar que solo es una persona adicta aquella que se encuentre en la tercera etapa de la enfermedad, es decir, cuando su estado mental y físico lo depositan en una situación de franca irrecuperabilidad. Los reductores persiguen priorizar los tratamientos ambulatorios y los distintos dispositivos alternativos a la internación. Ello implica que la mayoría de los individuos que exhiban problemas de adicción tendrán vedada la internación, variable que da lugar a la terminación inmediata del consumo de sustancias. 

Finalmente, el resultado de las políticas promocionadas por los ‘reductores del daño’ será que los brotes psicóticos -síntoma común en adictos- se convertirán en un problema a enfrentar por la propia familia del adicto/enfermo, poniendo en riesgo y verificable permanente al núcleo familiar del afectado. Las ONG aquí descriptas buscan garantizar que los dispositivos de atención a usuarios de drogas estén basados en fundamentos científicos y ajustados a principios éticos (Ley 26.657, Artículo 7C). Estos ‘fundamentos científicos’ en los que han edificado la Ley de Salud Mental se basan -ni más ni menos- en la protección del derecho que cada individuo tiene a drogarse y en el ‘hostigamiento’ a la familia del afectado para que soporte en su seno al enajenado. 

Los grupos buscan incluir las estrategias de reducción de daños en las políticas de atención integral a usuarios de drogas. Las políticas de ‘reducción de daño’ no ocultan su regla comunicacional: enseñar a los jóvenes que el uso de drogas es algo natural y que determinadas precauciones les permitirán disfrutarlas sin mayores inconvenientes. Los grupos reductores buscan que se respete el ‘derecho’ de todo individuo que usa drogas a elegir el momento y el tipo de dispositivo de atención. 

La realidad remite a otro escenario, completamente diferente: quienes estudiamos el tema desde hace años -junto a las familias que conocen la desgracia de convivir con un adicto- sabemos que el consumidor de sustancias se encuentra abiertamente incapacitado para elegir en propio beneficio, lo que traerá como consecuencia que solo sea atendido cuando su desequilibrio le niegue -ya en forma permanente- la capacidad de razonar.

Los reductores buscan facilitar el acceso irrestricto a la atención de la salud de las personas privadas de libertad con consumo problemático de drogas. De esta manera -y solo para citar un ejemplo-, el delincuente que consume será llevado a tratamientos ambulatorios con consecuencias impredecibles; no le corresponderá condena alguna. Los reductores persiguen fortalecer los mecanismos de control estatal de los servicios destinados a usuarios de drogas. Bajo el paraguas de la Ley de Salud Mental -propuesta por legisladores del Frente Para la Victoria en el Congreso de la Nación- lograrán clausurar todos los centros de rehabilitación de índole privados y la totalidad de los espacios de atención que funcionan con fondos públicos, dejando como espacios únicos los centros de “Reducción de Daño”: estos funcionarán en los nosocomios públicos, cuyo personal estará forzado a tratar a los individuos que sufren de graves consecuencias por consumir estupefacientes. Instancia en la que es menester tener presente que los hospitales públicos no disponen de la capacidad para atender enfermedades crónicas, particularmente si éstas se condicen con la complejidad requeridas para el tratamiento del alcoholismo o la drogodependencia.

Los ‘reductores del daño’ buscan formalizar mecanismos de participación social en el diseño de políticas y programas de atención. Debe tenerse presente que los grupos mencionados entienden a la internación compulsiva como “secuestro”, y así lo han expresado en la Ley de Salud Mental. Califican a las comunidades terapéuticas de “campos de concentración”, y a la enfermedad de la adicción como un estilo de vida. 

Conforme así lo han reportado numerosos estudios científicos en todo el globo, las drogas exhiben la capacidad de anular la parte frontal del cerebro humano -porción que regula la inhibición del comportamiento instintivo-. La enfermedad de la adicción se caracteriza por un lapso de diez años, a partir del primer consumo, y hasta el momento en que la persona toma conciencia de su problemática; durante ese período, el abordaje terapéutico permite que la persona -mucho antes de cumplir este ciclo fatal- pueda abandonar las drogas y construir una vida feliz y útil. 

Los grupos de “Reducción de Daño”, al presentar la adicción no como una enfermedad sino como un estilo de vida elegido por el “usuario”, desencadena con mayor furia el consumo de drogas: se pone en peligro no solo al afectado, sino a su familia, en tanto se le restringe la posibilidad de ingresar al sistema de salud.


LOS LAICOS Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA EN LAS PERIFERIAS


Periodista digital, 02.12.17

Este artículo, nace de mi presencia en el I Encuentro Nacional de Laicos Católicos, organizado por la Iglesia Católica de Ecuador y celebrado, recientemente, en la Universidad Politécnica Salesiana de Cuenca. Se realizaron diversas conferencias, y las principales estuvieron a cargo del Dr. Guzmán Carriquiry, Vicepresidente de la Comisión Pontificia para América Latina y amigo del Papa Francisco. En mi intervención, explicando el sentido e importancia de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) junto a la vocación específica del laico, pude comprobar una vez más lo necesario e imprescindible de estas cuestiones. Y que son, aún todavía, bastantes desconocidas u ocultadas y hasta tergiversadas. Lo vital que es para el mundo, la fe e iglesia toda esta promoción de ese tesoro que es la DSI y un laicado adulto, maduro y militante comprometido en la lucha por la paz y la justicia con los pobres de la tierra. Siguiendo al Concilio Vaticano II y al Magisterio de los Papas, sobre estas realidades decisivas de la DSI y del laicado, vamos exponer algunas claves al respecto.

Como afirma el Papa Francisco, “los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante” (EG 102).

De esta forma, la Iglesia está al servicio de la misión en el anuncio, celebración y realización del Reino de Dios en el mundo e historia. Ella es el pueblo de Dios, constituidos por la dignidad y vocación universal a la santidad de todos los bautizados. Por el bautismo, los fieles cristianos nos unimos a Cristo Crucificado-Resucitado y a su Pascua salvadora, liberadora de todo pecado. Como hijos de Dios Padre en su Hijo Único Jesucristo, por el bautismo nos insertamos en su pueblo y cuerpo que es la iglesia. En el bautismo, todos los fieles cristianos somos consagrados sacerdotes, profetas y reyes en las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad que nos llevan a la vocación universal a la santidad. La iglesia es la comunidad santa, sacerdotal, profética y regia con su diversidad de carismas y ministerios, como los ordenados que están al servicio del Pueblo de Dios y de los fieles laicos. El sacerdocio del obispo o presbítero está ordenado al sacerdocio común del pueblo de Dios y de los fieles laicos, para que realicen el compromiso bautismal en su vocación e identidad específica.

La caridad pastoral, propia del ministerio ordenado, promueve lo más inherente del laico que es la caridad política en el impulso, más directa e inmediatamente, del bien común universal y la civilización del amor Por su índole secular, en la virtud teologal de la caridad política, los laicos están llamados a su misión propia como es la gestión y transformación del mundo con sus realidades humanas, sociales e históricas. Tales como la familia, la cultura, la política, la economía, el trabajo, el comercio o las finanzas para que, en esta caridad política, se vayan ajustando al Reino de Dios y su justicia; para que sean más conformes al Plan de Dios. De ahí que la misión e identidad del laico esté constituida por el propio bautismo. Y este laicado, en comunión con la iglesia y sus pastores, tiene su propia autonomía y responsabilidad en el desarrollo de sus acciones e iniciativas, inherentes a su índole secular y transformadora de las realidades del mundo.
De esta forma, unido a la celebración de la liturgia y los sacramentos, el laico ejerce su sacerdocio entregando su vida como ofrenda a Dios para la consagración del mundo e historia a este proyecto del Reino de Dios. Para que se refleje la salvación liberadora y gloria de Dios en el mundo. Desde la Palabra de Dios en la iglesia, el laico es profeta anunciando el Reino con sus valores e ideales en la cultura, sociedad y mundo. Y denunciando, en la realidad social e histórica, todo aquello que vaya en contra de la vida, dignidad y justicia liberadora que nos trae el Reino. Es rey en el servicio del amor universal y de la caridad política con la transformación y renovación de las relaciones humanas, las estructuras sociales, los sistemas políticos y económicos, los mecanismos laborales, comerciales y financieros. Al servicio del bien común universal de toda la humanidad, la solidaridad mundial y la justicia social-global con los pobres de la tierra.

Como se observa, por su índole secular, el ámbito más propio y específico del laico es la sociedad y el mundo, por lo cual la guía de la acción laical es la DSI que nos transmiten los principios, criterios y claves para el compromiso bautismal del laico. La vocación propia del laico con la DSI lo lleva a la presencia, compromiso y militancia en todas estas encrucijadas, fronteras y periferias de la historia. Como son la economía, el trabajo, la empresa, la política o la cultura donde se juega la vida y el destino del ser humano, su libertad, dignidad y justicia, sus sufrimientos y esperanzas. Son todas estas fronteras y periferias, existenciales e históricas, los lugares y signos de los tiempos: que van ya manifestando la salvación liberadora que trae el Reino con su amor fraterno, vida, paz y justicia; o visibilizando el pecado del mundo, personal, social e histórico, las estructuras de pecado con sus ídolos del tener y del poder, del poseer y de la riqueza-ser rico.
La salvación y liberación integral se va realizando ya en todas realidades sociales e históricas del mundo, mediante el amor universal y la justicia con los pobres de la tierra, que culmina en la trascendencia consumada. En la vida plena y eterna, con los cielos nuevos y la tierra nueva. La DSI tiene como misión ir efectuando esta caridad sociopolítica con el bien común y la justicia con los pobres que nos va liberando de todo este pecado del mundo e ídolos que llevan a la esclavitud, al mal y a la muerte. Con su antropología, la DSI manifiesta a la humanidad nueva que, desde la Gracia liberadora de Dios, se compromete por llevar toda esta vida espiritual y moral a la sociedad-mundo. Para orientarla con sus principios éticos, virtudes humanas y cristianas, con los valores evangélicos y el método de la DSI: el ver-juzgar-actuar transformador de la realidad.

Valores y principios como la solidaridad promoviendo el destino universal de los bienes, que tiene la prioridad sobre la propiedad que siempre posee un carácter social. Orientando así a la economía en la justa distribución de los recursos, al servicio de las necesidades humanas. El trabajo subjetivo, el sujeto de la persona trabajadora con su dignidad y derechos como es un salario justo, que está antes que el capital, que el beneficio y la ganancia. Estos medios de producción han de ser socializados para que la empresa, como comunidad humana, sea gestionada y sustentada en su propiedad por los trabajadores. En una economía social, cooperativa y de comunión. La subsidiariedad y el bien común que han de vertebrar la política para una democracia ética, real y autogestionada por la sociedad civil. Garantizando, de esta forma, las condiciones sociales e históricas para el desarrollo humano integral y los derechos humanos. La no violencia y la paz justa, con todo este desarrollo integral y un desarme mundial, ha de erradicar las guerras e industria militar con su carrera de armamentos.

Este desarrollo se realiza en la ecología integral con la comunión y justicia con Dios (ecología espiritual), con los otros y con los pobres (ecología social) y con esa casa común que es el planeta (ecología ambiental). En un diálogo y encuentro inter-cultural e inter-religioso para una convivencia pacífica. Y con la promoción de una bioética global, en la protección de la vida en todas sus fases (desde inicio hasta el final) o dimensiones, y del matrimonio con la familia. Con el amor fiel de un hombre con una mujer que se abre a la vida e hijos, a la misión, solidaridad y compromiso por la justicia con los pobres. Frente la familia burguesa e individualista encerrada en sus intereses. Vemos, pues, la importancia trascendente y decisiva del laicado y de la DSI para ser iglesia en el mundo, en salida hacia las periferias. Iglesia pobre con los pobres, frente a la globalización de la indiferencia y cultura del descarte. El ser persona, cristiano y santo en el amor fraterno y comunión de vida, bienes y luchas por la justicia con los pobres que nos va liberando de los ídolos del tener, riqueza-ser rico y del poder, de las idolatrías del mercado, del capital y del estado.

CATECISMO SOCIAL



SÍNTESIS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
EN EL CATECISMO

Introducción

La enseñanza y la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia forman parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Juan Pablo II, en la Centesimus Annus (1991), habla del anuncio de la DSI; expresión llamativa porque implica analogarla al anuncio del Evangelio.
En esa encíclica, el Santo Padre manifestaba la esperanza de que al conmemorarse el centenario de la Rerum Novarum, surgiera un renovado impulso para el estudio, difusión y aplicación de la DSI en todos los ámbitos. 

Posteriormente, en Ecclesia in America (1999), consideraba que difundir esta doctrina constituía una verdadera prioridad pastoral, y que para ello sería muy útil una síntesis autorizada a modo de “Catecismo de doctrina social católica”.

El Pontificio Consejo Justicia y Paz, presidido entonces por el Cardenal Van Thuan, elaboró en el 2000 una colección de textos del Magisterio denominado “Agenda Social”, de 200 páginas. Posteriormente, en octubre de 2004, el mismo Consejo, presidido ahora por el Cardenal Martino,  presentó el “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”, que constituye una valiosa fuente de consulta. Sin embargo, debido a su extensión -500 páginas- sus usuarios principales son  especialistas y sacerdotes. Estimamos que sigue faltando un manual –Catecismo- que facilite, a todos los interesados, el acceso a la enseñanza social.

Si lo expresado es correcto, debemos reconocer que no hemos ni siquiera empezado la tarea, puesto que la DSI es ignorada por la mayoría de los laicos. Así lo manifiestan los Obispos argentinos en el documento Navega Mar Adentro (2003):

“En un país constituido mayoritariamente por bautizados, resulta escandaloso el desconocimiento y, por lo mismo, la falta de vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia. Esta ignorancia e indiferencia permiten que no pocos hayan disociado la fe del modo de conducirse cristianamente frente a los bienes materiales y a los contratos sociales de justicia y solidaridad. La labor educativa de la Iglesia no pudo hacer surgir una patria más justa, porque no ha logrado que los valores evangélicos se traduzcan en compromisos cotidianos.” (p. 38)

Lamentablemente, luego del diagnóstico preciso e incisivo del párrafo citado, al detallar las “Acciones destacadas” a emprender, únicamente se menciona la necesidad de multiplicar los cursos y jornadas (p. 97, c), sin disponer un programa concreto que permita superar la situación diagnosticada. 
Por lo tanto, la tarea de difusión –al menos en nuestro país- sigue limitada a la acción voluntaria de un puñado de laicos, que, por propia iniciativa, consideran su obligación moral trasmitir lo que han recibido.

Creemos que esta misma situación se verifica en el resto del mundo católico. Valga como parámetro la confesión del mismo Cardenal Martino: la DSI es “el secreto mejor guardado de la Iglesia Católica” (2003).

Debido a lo expuesto, consideramos conveniente difundir una síntesis oficial de la DSI, que está contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica, aunque distribuida en diferentes capítulos, por lo que no es aprovechada habitualmente. Realizamos una selección y ordenamiento de textos, con la intención de que sirva para conocer de manera fácil los principios doctrinarios.

Quienes deseen profundizar en el estudio, pueden utilizar nuestro Curso Virtual (gratuito) que se encuentra en Internet, y puede ser consultado libremente*. Esperamos que esta iniciativa contribuya al conocimiento y aplicación de la doctrina social católica.

Córdoba, Diciembre 2017

Flavia y Mario Meneghini

Centro de Estudios Cívicos



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El Catecismo de la Iglesia Católica que aprobé el 25 de junio pasado, y cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Lo reconozco como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe.

Juan Pablo II, Constitución apostólica Fidei depositum, 11-10-1992

Índice:

1. El hombre, imagen de Dios
2. La libertad del hombre
3. La comunidad humana
4. La participación en la vida social
5. La justicia social
6. Las autoridades en la sociedad civil
7. La defensa de la paz
8. El séptimo mandamiento
9. El destino universal y la propiedad privada de los bienes
10. La doctrina social de la Iglesia
11. La actividad económica y la justicia social
12. Justicia y solidaridad entre las naciones
13. El amor de los pobres

Nota: Al final de cada frase, se indica el número del párrafo del Catecismo.


1.    EL HOMBRE, IMAGEN DE DIOS

"Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio de Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (GS 22,1). En Cristo, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15; cfr. 2 Co 4,4), el hombre ha sido creado "a imagen y semejanza" del Creador. En Cristo, redentor u salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios (cfr. GS 22,2). 1701

La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cfr. GS 15,2). 1704

En virtud de su alma y de sus potencias espirituales de entendimiento y de voluntad, el hombre está dotado de libertad, "signo eminente de la imagen divina" (GS 17). 1705
Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa "a hacer el bien y a evitar el mal" (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana. 1706

"El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia" (GS 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Quedó inclinado al mal y sujeto al error. De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13,2). 1707

2.    LA LIBERTAD DEL HOMBRE

Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a El, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (Gs 17):
El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos (S. Ireneo, haer. 4, 4, 3). 1730

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza. 1731

Mientras no está centrada definitivamente en su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, por tanto, de crecer en perfección o de fracasar y pecar. Caracteriza a los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito. 1732

En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay libertad verdadera más que en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a "la esclavitud del pecado" (cfr. Rom 6,17). 1733

La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos. 1734

La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas por la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, las afecciones desordenadas y otros factores síquicos o sociales. 1735

Todo acto directamente querido es imputable a su autor: Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: "¿Qué has hecho?" (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cfr. Gn 4,10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cfr. 2 S 12,7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación. 1736

Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que obra, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez. 1737

La libertad se ejerce en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todos están obligados a no conculcar el derecho que cada uno tiene a ser perfecto. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa (cfr. DH 2). Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público (cfr. DH 7). 1738

LA LIBERTAD HUMANA EN LA ECONOMIA DE LA SALVACION
Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios se engañó a sí mismo; se hizo esclavo del pecado. Esta alienación primera engendró una multitud de otras alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, testimonia desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad. 1739

Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer todo. Es falso concebir al hombre "sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales" (CDF, instr. "Libertatis Conscientia", 13). Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con mucha frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Apartándose de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad de sus semejantes y se rebela contra la verdad divina. 1740

Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la libertad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima libertad y nuestra seguridad en las pruebas, como ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo. Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad (MR, Colecta del domingo 32). 1742

3.    LA COMUNIDAD HUMANA

Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios. Existe cierta semejanza entre la unidad de las personas divinas y la fraternidad que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor (cfr. GS 24,3). El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios. 1878

La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla sus capacidades; así responde a su vocación (cfr. GS 25,1). 1879

Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido "heredero", recibe "talentos" que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar (cfr. Lc 19,13.15). En verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas. 1880

Cada comunidad se define por su fin y obedece en consecuencia a reglas específicas pero "el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana" (GS 25,1). 1881

Ciertas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar, alentar la creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa "para fines económicos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial" (MM 60). Esta "socialización" expresa igualmente la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (cfr. GS 25,2; CA 12). 1882

La socialización presenta también peligros. Una intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiaridad. Según éste, "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común" (CA 48; Pío XI, Enc. "Quadragesimo Anno"). 1883

Dios no ha querido retener para él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. Este modo de gobierno debe ser imitado en la vida social. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia divina. 1884

El principio de subsidiaridad se opone a toda forma de colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad. Tiende a instaurar un verdadero orden internacional. 1885

La sociedad es indispensable para la realización de la vocación humana. Para alcanzar este objetivo es preciso que sea respetada la justa jerarquía de los valores que subordina las dimensiones "materiales e instintivas" del ser del hombre "a las interiores y espirituales" (CA 36): 

La sociedad humana..., tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. 
Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa de la comunidad humana en su incesante desarrollo (PT 36). 1886

La inversión de los medios y de los fines (cfr. CA 41), que lleva a dar valor de fin último a lo que sólo es medio para alcanzarlo, o a considerar las personas como puros medios para un fin, engendra estructuras injustas que "hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana, conforme a los mandamientos del Legislador Divino" (Pío XII, discurso 1 Junio 1941). 1887

Es preciso entonces apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de su conversión interior para obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquellas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él (cfr. LG 36). 1888

Sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían "acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava" (CA 25). Es el camino de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo. La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de ésta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: "Quien intente guardar su vida la perderá; y quien la pierda la conservará" (Lc 17,33). 1889

4.    LA PARTICIPACION EN LA VIDA SOCIAL

"Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país" (PT 46). Se llama "autoridad" la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia. 1897

Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija (cfr. León XIII, Enc. "Inmortale Dei"; Enc. "Diuturnum Illud"). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad. 1898

La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios: "Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación" (Rm 13,1-2; cfr. 1 P 2,13-17). 1899

El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen.
La más antigua oración de la Iglesia por la autoridad política tiene como autor a S. Clemente Romano: "Concédeles, Señor, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberanía que tú les has entregado. Eres tú, Señor, rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Señor, su consejo según lo que es bueno, según lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que les has dado, te encuentren propicio" (S. Clemente Romano, Cor. 61,1-2). 1900

Si la autoridad responde a un orden fijado por Dios, "la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos" (GS 74,3).
La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta. Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones a las que se han impuesto. 1901

La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una "fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido" (GS 74,2). La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual dice que recibe su vigor de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia (S. Tomás de Aquino, s.th. 1-2, 93, 3 ad 2). 1902

La autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo considerado y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia. "En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa" (PT 51). 1903

"Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es este el principio del `Estado de derecho" en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres" (CA 44). 1904

Conforme a la naturaleza social del hombre, el bien de cada uno está necesariamente relacionado con el bien común. Este sólo puede ser definido con referencia a la persona humana: No viváis aislados, cerrados en vosotros mismos, como si estuvieseis ya justificados sino reuníos para buscar juntos lo que constituye el interés común (Bernabé, ep. 4,10). 1905

Por bien común, es preciso entender "el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección" (GS 26,1; cfr. GS 74,1). El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad. Comporta tres elementos esenciales. 1906

Supone, en primer lugar, el respeto a la persona en cuanto tal. En nombre del bien común, las autoridades están obligadas a respetar los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. La sociedad debe permitir a cada uno de sus miembros realizar su vocación. En particular, el bien común reside en las condiciones de ejercicio de las libertades naturales que son indispensables para el desarrollo de la vocación humana: "derecho a...actuar de acuerdo con la recta norma de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad, también en materia religiosa" (GS 26,2). 1907

En segundo lugar, el bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales. Ciertamente corresponde a la autoridad decidir, en nombre del bien común, entre los diversos intereses particulares; pero debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura, información adecuada, derecho de fundar una familia, etc. (cfr. GS 26,2). 1908

El bien común implica, finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. Supone, por tanto, que la autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y la de sus miembros, y fundamenta el derecho a la legítima defensa individual y colectiva. 1909

Si toda comunidad humana posee un bien común que la configura en cuanto tal, la realización más completa de este bien común se verifica en la comunidad política. Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las corporaciones intermedias. 1910

Las dependencias humanas se intensifican. Se extienden poco a poco a la tierra entera. La unidad de la familia humana que agrupa a seres que poseen una misma dignidad natural, implica un bien común universal. Este requiere una organización de la comunidad de naciones capaz de "proveer a las diferentes necesidades de los hombres, tanto en los campos de la vida social a los que pertenecen la alimentación, la sanidad, la educación...como no pocas situaciones particulares que pueden surgir en algunas partes, como son...socorrer en sus sufrimientos a los prófugos dispersos por todo el mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus familias" (GS 84,2). 1911

El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas: "El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas...y no al contrario" (GS 26,3). Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor. 1912

La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en las tareas sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana. 1913

La participación se realiza primero en la dedicación a campos cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la conciencia en su trabajo, el hombre participa en el bien de los otros y de la sociedad (cfr. CA 43). 1914

Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Las modalidades de esta participación pueden variar de un país a otro o de una cultura a otra. "Es de alabar la conducta de las naciones en las que la mayor parte posible de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública" (GS 31,3). 1915

La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad. El fraude y otros subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las exigencias de la justicia. Es preciso ocuparse del desarrollo de instituciones que mejoran las condiciones de la vida humana (cfr. GS 30,1). 1916

Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La participación comienza por la educación y la cultura. "Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar" (GS 31,3). 1917

5.    LA JUSTICIA SOCIAL

La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad. 1928

La justicia social sólo puede ser conseguida en el respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que le está ordenada: La defensa y la promoción de la dignidad humana "nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia" (SRS 47). 1929

El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cfr. PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas. 1930

El respeto a la persona humana pasa por el respeto del principio: "que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como "otro yo", cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27,1). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un "prójimo", un hermano. 1931

El deber de hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). 1932

Este deber se extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cfr. Mt 5,43-44). La liberación en el espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuánto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo. 1933

Creados a imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad. 1934

La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella: Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión. (GS 29,2). 1935

Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (cfr. GS 29,2). Los "talentos" no están distribuidos por igual (cfr. Mt 25,14-30; Lc 19,11-27). 1936

Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de "talentos" particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras:

“Yo no doy todas las virtudes por igual a cada uno...hay muchos a los que distribuyo de tal manera, esto a uno aquello a otro...A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva...En cuanto a los bienes temporales las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros...He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí”. (S. Catalina de Siena, Dial. 1,7). 1937

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el evangelio: La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional (GS 29,3). 1938

El principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de "amistad" o "caridad social", es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10): Un error, "hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora" (Pío XII, Enc. "Summi Pontificatus"). 1939

La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada. 1940

Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella. 1941

La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor:

"Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,33)
“Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano” (Pío XII, discurso de 1 Junio 1941). 1942

6.    LAS AUTORIDADES EN LA SOCIEDAD CIVIL

El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina los deberes de quienes ejercen la autoridad y de quienes están sometidos a ella. 2234

Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro esclavo" (Mt 20,26). El ejercicio de una autoridad está moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico. Nadie puede ordenar o instituir lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural. 2235

El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la justicia distributiva con sabiduría teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad (cfr. CA 25). 2236

El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente de las familias y de los desheredados. Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por los poderes públicos sin motivo legítimo y proporcionado. El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de la comunidad humana. 2237

Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones (cfr. Rm 13,1-2):
"Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana... Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios" (1 P 2,13.16). Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa reprobación de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad. 2238

Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política. 2239

La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país: Dad a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor (Rm 13,7).
Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus deberes de ciudadanos y soportan todas sus cargas como extranjeros...Obedecen a las leyes establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes...Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar (Epístola a Diogneto, 5,5.10; 6,10). El apóstol nos exhorta a ofrecer oraciones y acciones de gracias por los reyes y por todos los que ejercen la autoridad, "para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad" (1 Tm 2,2). 2240

Las naciones más prósperas tienen obligación de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Los poderes públicos deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben.
Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas. 2241

El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22,21). "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29): Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus com
petencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica (GS 74,5). 2242

La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: (1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; (2) después de haber agotado todos los otros recursos; (3) sin provocar desórdenes peores; (4) que haya esperanza fundada de éxito; (5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores. 2243

Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre: Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia (cfr. CA 45; 46). 2244

La Iglesia, que por razón de su misión y su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana. La Iglesia "respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos" (GS 76,3). 2245

Pertenece a la misión de la Iglesia "emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones" (GS 76,5). 2246

7.    LA DEFENSA DE LA PAZ

Recordando el precepto: "no matarás" (Mt 5,21), nuestro Señor exige la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio: La cólera es un deseo de venganza. "Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito"; pero es loable imponer una reparación "para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia" (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 158, 1 ad 3). Si la cólera llega hasta el desear deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: "Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal" (Mt 5,22). 2302


El respeto y el crecimiento de la vida humana exigen la paz. La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguarda de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. Es "tranquilidad del orden" (S. Agustín, civ. 19,13). Es obra de la justicia (cfr. Is 32,17) y efecto de la caridad (cfr. GS 78, 1-2). 2304

Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus muertes (cfr. GS 78,5). 2306

El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra (cfr. GS 81, 4). 2307

Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a trabajar para evitar las guerras. Sin embargo, "mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa" (GS 79,4). 2308

Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:

· Que el daño infringido por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
· Que los restantes medios para ponerle fin hayan resultado impracticables o ineficaces.
· Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
· Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la "guerra justa". La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de los responsables del bien común. 2309

Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional. Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz (cfr. GS 79,5). 2310

Los poderes públicos atenderán equitativamente a los que, por motivos de conciencia, rechazan el empleo de las armas; estos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana (cfr. GS 79,3). 2311

La Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente de la ley moral durante los conflictos armados. "Ni, una vez estallada desgraciadamente la guerra, es todo lícito entre los contendientes" (GS 79,4). 2312

Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no combatientes, los soldados heridos y los prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales, como las disposiciones que las ordenan son crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a los que se someten a ellas. Así, la exterminación de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica debe ser condenada como un pecado mortal. Existe la obligación moral de desobedecer aquellas disposiciones que ordenan genocidios. 2313

"Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones" (GS 80,4). Un riesgo de la guerra moderna consiste en facilitar a los que poseen armas científicas, especialmente atómicas, biológicas o químicas, la ocasión de cometer semejantes crímenes. 2314

La acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios, para asegurar la paz entre las naciones. Este procedimiento de disuasión merece severas reservas morales. La carrera de armamentos no asegura la paz. En lugar de eliminar las causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas. La inversión de riquezas fabulosas en la fabricación de armas siempre nuevas impide la ayuda a los pueblos necesitados (cfr. PP 53), y obstaculiza su desarrollo. El exceso de armamento multiplica las razones de conflictos y aumenta el riesgo de contagio. 2315

La producción y el comercio de armas atañen hondamente al bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Por tanto, las autoridades públicas tienen el derecho y el deber de regularlas. La búsqueda de intereses privados o colectivos a corto plazo no legitima iniciativas que fomentan violencias y conflictos entre las naciones, y que comprometen el orden jurídico internacional. 2316

Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: 
En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: "De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate" (Is 2,4) (GS 78,6). 2317É

8.    EL SÉPTIMO MANDAMIENTO
El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y hacer daño al prójimo en sus bienes de cualquier manera. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo. 2401

9.    EL DESTINO UNIVERSAL Y LA PROPIEDAD PRIVADA DE LOS BIENES

Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tenga cuidado de ellos, los domine mediante su trabajo y se beneficie de sus frutos (cfr. Gn 1,26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres. 2402

El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio. 2403

"El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente, no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás" (GS 69,1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos. 2404

Los bienes de producción -materiales o inmateriales- como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus posesores para que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre. 2405

La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad (cfr. GS 71,4; SRS 42; CA 40; 48). 2406

En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la liberalidad del Señor, que "siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8,9). 2407

El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido...) es disponer y usar de los bienes ajenos (cfr. GS 69,1). 2408

Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así, retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio (cfr. Dt 25, 13-16), pagar salarios injustos (cfr. Dt 24,14-15; St 5,4), elevar los precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas (cfr. Am 8,4-6).

Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación. 2409

Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los contratos entre personas físicas o morales. Así, los contratos comerciales de venta o compra, los contratos de alquiler o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe. 2410

Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones, en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguarda de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y la prestación de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia.

La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia distributiva que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades. 2411

En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:
Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: "si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo" (Lc 19,8). 
Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto. 2412

Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás. La pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el daño infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo. 2413

El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conduce a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a un objeto de consumo o a una fuente de beneficio. S. Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano "no como esclavo, sino...como un hermano...en el Señor" (Flm 16). 2414

El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cfr. Gn 1,28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo comprendidas las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cfr. CA 37-38). 2415

Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cfr. Gn 2,19-20; 9,1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen dentro de límites razonables y contribuyen a curar o salvar vidas humanas. 2417

Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y gastar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían más bien remediar la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos. 2418

10. LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

"La revelación cristiana...nos conduce a una comprensión más profunda de las leyes de la vida social" (GS 23,1). La Iglesia recibe del evangelio la plena revelación de la verdad del hombre. Cuando cumple su misión de anunciar el evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina. 2419

La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, "cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas" (GS 76,5). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al soberano Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas. 2420

La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en el siglo XIX cuando se produce el encuentro entre el evangelio y la sociedad industrial moderna, sus nuevas estructuras para producción de bienes de consumo, su nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la Iglesia en materia económica y social da testimonio del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al mismo tiempo que del sentido verdadero de su Tradición siempre viva y activa (cfr. CA 3). 2421

La enseñanza social de la Iglesia comprende un cuerpo de doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús con la asistencia del Espíritu Santo (cfr. SRS 1; 41). Esta enseñanza resulta tanto más aceptable para los hombres de buena voluntad cuanto más inspira la conducta de los fieles. 2422

La doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios de juicio, da orientaciones para la acción: Todo sistema, según el cual las relaciones socia les estarían determinadas enteramente por los factores económicos es contrario a la naturaleza de la persona humana y de sus actos (cfr. CA 24). 2423

Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social (cfr. GS 63,3; LE 7; CA 35). 2424

Un sistema que "sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción" es contrario a la dignidad del hombre (cfr. GS 65). Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios de lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. "No podéis servir a Dios y al Dinero" (Mt 6,24; Lc 16,13). 2424

La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al "comunismo" o "socialismo". Por otra parte, ha reprobado en la práctica del "capitalismo" el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano (cfr. CA 10, 13.44). La regulación de la economía únicamente por la planificación centralizada pervierte en la base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque "existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado" (CA 34). Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores y atendiendo al bien común. 2425

11. LA ACTIVIDAD ECONOMICA Y LA JUSTICIA SOCIAL

El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están destinados a remediar las necesidades de los seres humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ante todo ordenada al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana. La actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse dentro de los límites del orden moral, según la justicia social, a fin de responder al plan de Dios sobre el hombre (cfr. GS 64). 2426

El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cfr. Gn 1,28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: "Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma" (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). 
El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cfr. Gn 3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su Obra redentora. Se muestra discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cfr. LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo. 2427

En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cfr. LE 6).
Cada uno debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana. 2428

Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cfr. CA 32; 34). 2429

La vida económica se ve afectada por intereses diversos, con frecuencia opuestos entre sí. Así se explica el surgimiento de conflictos que la caracterizan (cfr. LE 11). Será preciso esforzarse para reducir estos últimos mediante la negociación, que respete los derechos y los deberes de cada parte: los responsables de las empresas, los representantes de los trabajadores, por ejemplo, organizaciones sindicales y, en caso necesario, los poderes públicos. 2430

La responsabilidad del Estado. "La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente... Otra incumbencia del Estado es la de vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad no es del Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos y asociaciones en que se articula la sociedad" (CA 48). 2431

Los responsables de las empresas ostentan ante la sociedad la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones (CA 37). Están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, estas son necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo. 2432

El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados (cfr. LE 19; 22-23). En función de las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cfr. CA 48). 2433

El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia (cfr. Lv 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4). Para determinar la remuneración justa se han de tener en cuenta a la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno. "El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común" (GS 67,2). El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente el importe del salario. 2434

La huelga es moralmente legítima cuando se presenta como un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado. Resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados a las condiciones de trabajo o contrarios al bien común. 2435

Es injusto no pagar a los organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las autoridades legítimas.
La privación de empleo a causa de la huelga es casi siempre para su víctima un atentado contra su dignidad y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además del daño personal padecido, de esa privación se derivan riesgos numerosos para su hogar (cf. LE 18). 2436

12. JUSTICIA Y SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de los medios económicos es tal que crea entre las naciones un verdadero "abismo" (SRS 14). Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas. 2437

Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera, confieren hoy a la cuestión social "una dimensión mundial" (SRS 9). La solidaridad es necesaria entre las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata de acabar con los "mecanismos perversos" que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados (cfr. SRS 17; 45). 
Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usureros (cfr. CA 35), las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico "fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores" (CA 28). 2438

Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados justamente. 2439

La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan mejor relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cfr. SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su crecimiento y su liberación (cfr. CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el Tercer Mundo, forman la masa preponderante de los pobres. 2440

Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al servicio de la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económicas. Hace crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura a la trascendencia (cfr. SRS 32; CA 51). 2441

No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción social puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos "animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia" (SRS 47; cfr. 42). 2442

13. EL AMOR DE LOS POBRES

Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: "a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda" (Mt 5,42). "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis" (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cfr. Mt 25,31-36). La buena nueva "anunciada a los pobres" (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo. 2443

"El amor de la Iglesia por los pobres...pertenece a su constante tradición " (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cfr. Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cfr. Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cfr. Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de "hacer partícipe al que se halle en necesidad" (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cfr. CA 57). 2444

El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:
“Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste”. (St 5,1-6). 2445

S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: "No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos" (Laz. 1,6). "Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia" (AA 8): Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21). 2446

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cfr. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cfr. Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cfr. Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cfr. Mt 6,2-4):

“El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? ” (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17). 2447

"Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los más pequeños de sus hermanos". También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables" (CDF, instr. "Libertatis Conscientia" 68). 2448

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) responden a la exhortación del Deuteronomio: "Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra" (Dt 15,11). Jesús hace suyas estas palabras: "Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis" (Jn 12,8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: "comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias..." (Am 8,6), sino nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cfr. Mt 25,40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: "cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”. 2449

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