"En los países con aborto legal hay menos abortos
y menos complicaciones, y por tanto menos daño y muertes de mujeres",
opina el médico y obstetra Mario Sebastiani, del Hospital Italiano, que hoy
presenta en la Facultad de Medicina de la UBA, en el salón Epelbaum, el libro
#Aborto legal y seguro.
Para Sebastiani, "equiparar una célula con 46
cromosomas a una persona es, por lo menos, algo que la bioética
multidisciplinaria no acepta a pie juntillas, ya que desconocer los distintos
estatutos del embrión es una falta grave, y manipular un estatuto sólo sobre la
base genética es impresentable".
La Nación, 26-9-17
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El comienzo de la vida humana
María Inés Franck
(Miembro del Centro de Bioética,
Persona y Familia)
La Voz del Interior, 7-10-11
En el debate sobre la legalización del aborto es mucho
lo que está en juego.
Quizá lo primero a lo que deberíamos referirnos es a
lo más obvio: no podemos sostener el derecho a eliminar una vida humana
inocente en los primeros momentos de su existencia.
Con esto entramos de lleno en la cuestión que, a mi
modo de ver, es la central: el comienzo de la vida. Porque, si se reconoce que
la vida comienza en el primer momento de la concepción, entonces parecería
claro que el aborto provocado es, en todos los casos, la eliminación deliberada
de esa vida. En cambio, quienes soslayan el debate o postergan la consideración
de la vida humana para más adelante abren un margen para tomar decisiones
drásticas. Este debate puede desdoblarse en dos partes: la primera, el comienzo
de la vida; la segunda, el comienzo de la personalidad humana.
La Academia Nacional de Medicina se ha pronunciado ya
sobre la primera de las partes mencionadas, afirmando con certeza “que el niño
por nacer, científica y biológicamente es un ser humano cuya existencia
comienza al momento de su concepción”, por lo que “destruir a un embrión humano
significa impedir el nacimiento de un ser humano” (declaración aprobada por el
Plenario Académico realizado el 30 de septiembre de 2010).
En el mismo sentido se pronunció recientemente el
Consejo Directivo y Gabinete del Decanato de la Facultad de Medicina de la Universidad
Nacional de Tucumán, y la misma Facultad de la Universidad Nacional de La
Plata, para poner sólo algunos ejemplos del ámbito científico.
En cuanto a la personalidad del embrión, el más
elemental sentido común nos indica que, si esa vida no es humana, entonces no
es nada.
En otras palabras: si hay vida (y la ciencia reconoce
que sí la hay), esa vida es humana. Así lo entendió nuestra legislación, la
cual, en la misma Constitución, afirma que se es niño desde el momento de la
concepción y hasta los 18 años de edad (ley 23.849 de aprobación de la
Convención de los Derechos del Niño, artículo segundo; y Convención Americana
de Derechos Humanos; Pacto de San José de Costa Rica, artículo cuarto).
También el Código Civil, en los artículos 51, 63, 70 y
264, se refiere a la persona por nacer. En el mismo sentido, por ejemplo, la
ley 25.543 de sida establece la obligatoriedad del ofrecimiento del test
diagnóstico del virus de inmunodeficiencia humana a toda mujer embarazada como
parte del cuidado prenatal normal, para dar posibilidad de tratamiento a la
madre y a su “hijo por nacer” (artículo cuarto); y la ley 24.901 de
prestaciones para las personas con discapacidad se refiere al niño por nacer
con discapacidad (artículo 14).
Así podríamos seguir, enumerando otra normativa y
también jurisprudencia de la Corte Suprema de la Nación como el caso “Tanus,
Silvia c/ Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires s/ amparo” (2001), “Portal de
Belén — Asociación Civil sin Fines de Lucro c/ Ministerio de Salud y Acción Social
de la Nación s/ amparo” (2002), “T., S. c. Gobierno de la Ciudad de Buenos
Aires” (2001), “Sánchez Elvira Berta c/ Mº de J. y DD.HH.”.
En todos ellos se afirma la existencia y personalidad
del niño por nacer.
A esta altura del partido, el supuesto debate sobre el
comienzo y la vida y sobre la personalidad del niño por nacer queda claramente
saldado en los ámbitos competentes para hacerlo: la medicina, la legislación y
jurisprudencia.