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"BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS"
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LA OTRA CARA


 de la ESI

 

Por Myriam Mitrece

La Prensa, 11.12.2024

 

En el último mes, a raíz de la difusión de ciertos contenidos impropios para niños que se estaban difundiendo en las bibliotecas escolares, del testimonio de padres y docentes escandalizados y de la imprudencia de políticos tratando de defender lo indefendible; el Programa de Educación Sexual Integral en las escuelas (ESI) volvió a tomar relevancia.

 

Como bien sabemos, la ley 26.150 que crea el Programa ESI es vigente desde 2006 y si bien su redacción fue bastante cuidada de modo que no se advirtiera la posibilidad que se abría para la ideologización de los contenidos, excepto por algunas publicaciones para docentes, el adoctrinamiento ideológico no se hizo manifiesto hasta 2008. Sutilmente en un principio y descaradamente claro hacia finales del Kirschnerato.

 

HIPERSEXUALIZACIÓN

 

Respecto de la erotización de los menores a través de una Educación Sexual ideologizada ya se ha hablado bastante. No es necesario volver a hacerlo. Una de las marcadas características de la ideología de género es poner a la cuestión sexual en primer lugar. Es cierto que, en tanto seres corporales nuestra condición sexuada es importante. Ser sexuado es ineludible, pero poner en un primer plano las actitudes, pensamientos, conductas y deseos relativos a la sexualidad como constitutivos casi exclusivos de la identidad humana es demasiado sesgado. La hipersexualización de los niños es un tema grave que merece atención, pero, el interés de esta columna pasa por otras cuestiones, también relativas a la ESI, pero poco tomadas en cuenta hasta el momento, por lo menos, por el gran público.

 

ESI ONMIPRESENTE

 

Una de las peculiaridades del espacio ESI es su transversalidad. En palabras sencillas significa que sus temas permean todo el currículo y están presentes en todos los programas, proyectos y actividades de la escuela. No basta con pedir que “mi hijo no presencie las clases de ESI con ideología de género” porque esta perspectiva ideológica está en las Ciencias Naturales, en la Literatura, en las Ciencias Sociales y fundamentalmente -primero y principal- estuvo en la formación de los futuros maestros y profesores. Una pequeña muestra palpable de ello fue la colección Derechos Humanos, Género y ESI, publicada en 2021 y ampliamente distribuida en soporte papel dirigida a docentes e institutos superiores de formación docente. Sus títulos tales como Literaturas, Interculturalidad, Memorias, Leer imágenes, Identidades, Cuidados, Derechos Humanos, Ambiente, Pensar las diferencias y Tecnologías digitales, entre otros, dan cuenta del amplio espectro que cubren. Todos ellos, obviamente, abordados desde la perspectiva ideológica de género, acercaban recursos para trabajar esos temas en el aula con sus alumnos.

 

La capacitación docente en ESI ofrecida por el Estado ha sido extenuante y machacona. A los contenidos ideologizados se les cierra la puerta, pero se cuelan por la ventana.

 

LO CULTURAL

 

Como decíamos en La Rana y el Bambú. Crítica de la Educación Sexual como herramienta del cambio cultural, “La ESI entró en la escuela y con ella, sus ideas revolucionarias llegaron a los hogares. Entró en la familia, célula básica de la sociedad, que muchas veces miró sin comprender, creyendo que se trataba de conocimientos nuevos a los que había que adaptarse. Este ingreso fue fuertemente acompañado por el poder político y mediático”.

 

Los daños del Programa ESI hoy se hacen visibles, por lo grotesco e imprudente de su manifestación, pero, que de repente hayan irrumpido en el escenario público no significa que no haya habido otras ideas preparatorias que fueron el terreno fértil para que estas prosperaran. Ideas no necesariamente referidas al área de la sexualidad.

 

Que las relaciones humanas son siempre relaciones de poder, que el conflicto es el que hace avanzar la historia, que la realidad social se explica casi exclusivamente por los sistemas históricos y estructurales de opresión, como el racismo, el patriarcado y la colonización, que lo diverso por el solo hecho de serlo es una riqueza para la sociedad fueron nociones que ingresaron a expensas de las ciencias sociales y su paradigma constructivista.

 

Las bases antropológicas perniciosas que sustentó la ESI en el ámbito estrictamente sexual también invadieron los demás contenidos, actitudes, valoración y propuestas educativas.

 

LO QUE VENDRÁ

 

Aún no han llegado nuevos materiales a las escuelas, con mayor o menor fluidez siguen corriendo en las instituciones educativas los preparados en la gestión anterior. Desenmarañar lo urdido durante años no será fácil, pero confiamos esperanzadamente en que así se hará.

EL COLECTIVO LGBT


 triunfa sobre la religión en el informe de derechos humanos de EE.UU.

 

By Iulia-Elena Cazan

 

NUEVA YORK, 26 de abril (C-Fam)

 

 El Departamento de Estado de Estados Unidos ha publicado su Informe anual sobre Derechos Humanos en el que critica a otros países por sus posturas conservadoras en materia de sexualidad humana y derechos sexuales y reproductivos (SSR).

 

El Informe sobre Derechos Humanos es una investigación anual encargada por el Congreso sobre el historial de derechos humanos de casi 200 países. Como era de esperar, el informe Biden se basa en una concepción progresista de los derechos humanos que no concuerda con la legislación establecida en materia de derechos humanos, pero sí con los argumentos de las agencias de la ONU de izquierdas y los órganos de supervisión de los tratados.

 

Entre otros temas, el informe investiga el cumplimiento gubernamental de los “derechos reproductivos”, si ofrecen reconocimiento legal de los géneros “preferidos” de las personas, así como si reconocen la orientación sexual y la identidad de género (SOGI) como categorías especiales dignas de protección. Ninguno de estos son derechos humanos establecidos.

 

El Secretario de Estado estadounidense Anthony Blinken inauguró el informe afirmando que “queda mucho trabajo por hacer para defender los derechos establecidos en la Declaración Universal”.

 

Aunque los Estados miembros de la ONU nunca acordaron un derecho internacional al aborto, ni la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU declara tal derecho, el gobierno de Biden hizo del acceso al aborto una prioridad política clave y restableció una sección del informe dedicada a los derechos reproductivos, introducida inicialmente por Barack Obama y eliminada por Donald Trump durante su gobierno.

 

El informe criticaba a El Salvador por su prohibición del aborto, denunciaba a Hungría por “exigir a las mujeres ver las constantes vitales del feto antes de someterse a un aborto” y señalaba a Burkina Faso, Camerún y Uganda, entre otros, por su falta de acceso a la “salud sexual y reproductiva.”

 

El informe también señalaba a Burundi y Rumania por la falta de acceso a la educación sexual, afirmando que “existían barreras de infraestructura e información para que una persona pudiera mantener su salud reproductiva, incluida la falta de atención sanitaria comunitaria y de educación sexual apropiada para la edad de los adolescentes.”

 

Blinken también señaló que el informe incluye disposiciones específicas sobre los miembros de las comunidades vulnerables, un término utilizado a menudo para promover reconocimientos y derechos especiales a las personas y grupos LGBTQI+.

 

El informe señalaba a Polonia por no permitir “la adopción a las parejas LGBTQI+” y criticaba una iniciativa legislativa que “impedía la ‘ideología LGBT’ en las escuelas, pedía la protección de los niños contra la corrupción moral y declaraba el matrimonio como una unión únicamente entre una mujer y un hombre”.

 

El informe también denunciaba a Hungría por impedir que “las personas transexuales o intersexuales cambien el sexo o género que se les asignó al nacer en los documentos legales y de identidad” y por su ley de protección de la infancia, que obliga a que “los sitios web que contengan cualquier tipo de contenido LGBTQI+…[requieran] que los usuarios verifiquen que tienen 18 años o más con advertencias sobre ‘contenido para adultos'”.

 

En cuanto a la labor de las organizaciones LGBTQI+, el informe señala que en Uganda “muchas organizaciones LGBTQI+ informaron de que el funcionamiento de programas de salud, en particular programas de prevención y tratamiento del VIH, las protegía de posibles acosos o cierres, aunque promover la defensa de las personas LGBTQI+ era su misión principal”.

 

El informe también señalaba a Burundi por permitir que la Iglesia católica ordene a sus escuelas que dejen de trabajar con organizaciones que violan las enseñanzas de la Iglesia. Esta lectura parece chocar frontalmente con la tradicional libertad de religión.

 

Robert S. Gilchrist, alto funcionario del Departamento de Estado de EE.UU., declaró que este informe “es más importante que nunca en un mundo en el que cada vez más vemos hechos calumniados como mentiras, mentiras presentadas como hechos e información manipulada con fines inquietantes por autócratas y otros actores malignos”.

AGENDA 2030

 

 por qué todos fingen creer en los 17 Objetivos de esta fantasía irrealizable

 

Claudia Peiró

 

Infobae, 31 Mar, 2024

 

Suele decirse que los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (en adelante ODS) de la Agenda 2030 que la Organización de las Naciones Unidas lanzó en 2015 son incuestionables y que nadie podría oponerse a ellos.

 

Puede ser. Lo que también es cierto es que su lectura despierta incredulidad y hasta mueve a ironía. ¿Cómo es que la Asamblea General de la ONU, que en casi 60 años no ha logrado por ejemplo con sus resoluciones que Gran Bretaña entable un diálogo con Argentina por la soberanía de Malvinas, pudo de pronto anunciar que, en menos que canta un gallo (15 años), erradicaría la pobreza y el hambre, y pondría al alcance de todos educación y salud de calidad, agua potable, infraestructura, energía, empleo, etc., etc.? ¡Y todo ello sin afectar el medio ambiente!

 

Esta es la lista de los 17 ODS: erradicación de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, educación de calidad, igualdad de género, agua limpia y saneamiento, energía limpia y no contaminante, trabajo decente y crecimiento económico, industria innovación e infraestructura, reducción de las desigualdades, ciudades y comunidades sostenibles, producción y consumo responsables, acción por el clima, vida submarina, vida de ecosistemas terrestres, paz justicia e instituciones sólidas, alianzas para lograr los objetivos.

 

Como estos 17 ODS se subdividen en 169 metas, Bjorn Lomborg y Jordan Peterson escribieron una columna cuyo título lo dice todo: “Desarrollo Sostenible: hay poca diferencia entre tener 169 objetivos y no tener ninguno”. En criollo: la Agenda 2030 es poco seria.

 

En septiembre de 2015, en coincidencia con el momento en que la ONU presentaba su Agenda, el papa Francisco habló ante la Asamblea de las Naciones Unidas en Nueva York y pidió evitar “toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias”. “Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos”, agregaba.

 

Lomborg y Peterson (ambientalista danés e intelectual canadiense, respectivamente) recuerdan por su parte que ya estamos a mitad de camino del 2030 y es evidente que los ODS no se cumplirán.

 

Hay un motivo análogo al que trabó la Ley Ómnibus del gobierno de Milei. En palabras de Lomborg y Peterson, “(en la Agenda 2030) hemos equiparado objetivos fundamentales como la erradicación de la mortalidad infantil y la educación básica con otros bien intencionados pero periféricos, como el fomento del reciclaje y la promoción de estilos de vida en armonía con la naturaleza; si intentamos hacerlo todo a la vez, corremos el riesgo de hacer muy poco, como hemos hecho en los últimos siete años”.

 

Difícilmente alguien crea que los ODS son metas cumplibles en los plazos fijados. Por eso lo sorprendente es que la Agenda 2030 esté en boca de todos: políticos, referentes sociales, económicos, activistas medioambientales -y obviamente también las feministas- parecen creer en ella a pie juntillas.

 

Difícil es también entender la masividad con la cual los políticos compran este paquete llave en mano. Salvo que sea por marketing, porque queda bien o por pereza. Se prefiere un activismo sin mucha brújula, una figuración cómoda, antes que el estudio de los problemas y la búsqueda seria de soluciones.

 

Cabe aclarar que la Organización de las Naciones Unidas no es un gobierno mundial. La Asamblea General (su órgano más democrático porque allí se sientan en pie de igualdad todos los países y cada voto vale lo mismo) tiene poco o nulo poder ejecutivo. Muchas de sus resoluciones son pour la galerie. Como la de Malvinas. El bacalao lo corta el Consejo de Seguridad, en especial sus miembros permanentes con poder de veto que son sólo cinco: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China.

 

Los organismos creados como especializaciones o subdivisiones de la ONU (FAO, OIT, OMS, Unesco; PNUD, etc., etc.) están colonizados por una gran cantidad de “partes interesadas” (o “stakeholders”, según el eufemismo usado para lo que son en realidad: lobbies o fachadas de intereses que no dicen abiertamente su nombre), financiados en su mayoría por las elites que gobiernan al mundo. Esa es la gente que redactó la Agenda 2030, como la propia ONU lo reconoce: “Los grupos principales y otros interesados fueron esenciales para el desarrollo y la adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, al mismo tiempo que trabajaron de manera activa en su aplicación a través de proyectos, iniciativas y actividades de promoción, intercambio de conocimientos y supervisión”.

 

Además, agregan que “los grupos principales y otros interesados suelen trabajar en colaboración con otros sectores, incluidas las autoridades gubernamentales”. A buen entendedor, pocas palabras. Esto último alude al financiamiento condicionado, como presión a las administraciones de ciertos países para influir en sus políticas.

 

Por lo tanto, cuando se escucha “la ONU dice…”, como fuente de autoridad, hay que tener presente que casi siempre se trata de documentos producidos por organismos subsidiarios de Naciones Unidas, que a su vez están influidos por estos grupos interesados. Detrás de una fachada de transparencia, todas las conferencias ONU, sus resoluciones, etc, son en buena medida fruto de operaciones y lobbies cruzados, de stakeholders, que tienen mucha espalda para promover sus objetivos y direccionar al organismo y sus filiales. Y que en muchos casos son agentes de gobiernos; organizaciones para-gubernamentales antes que “no gubernamentales”.

 

Recientemente, la Fundación NEOS, que preside Jaime Mayor Oreja, ex ministro del Interior de España, hizo un análisis crítico de los 17 ODS y las 197 metas de la Agenda 2030, que pone de relieve aspectos que en una primera lectura pueden pasar inadvertidos.

 

“La Agenda 2030 consiste en un caramelo envenenado revestido de una envoltura atractiva y seductora”, dice Mayor Oreja en la presentación del documento. La reacción ante los 17 ODS, señala, se divide entre quienes “han querido destacar las partes positivas de la Agenda” y los que directamente “denunciaban la maldad de la raíz y núcleo de esta propuesta”. El trabajo de NEOS zanja la cuestión señalando que “el propio texto de la Agenda”, en “más de 5 ocasiones” advierte “sobre el carácter integrado e indivisible de los objetivos y las metas de la misma”.

 

Es decir “o se acepta todo el contenido” o se está contra la Agenda. Tómalo o déjalo. No se puede discutir no sólo los 17 ODS sino tampoco el cómo y el cuándo alcanzar estas metas tan loables. Los ODS fijan plazos y acciones para alcanzarlas, y determinan los criterios de evaluación. Como si el camino para la solución de un problema fuese uno solo. Y se decidiera en la ONU.

 

En el discurso ya citado, el propio Francisco advertía contra esta pretensión de imponer un camino único: “La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicaciones estadísticas–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos”.

 

La presentación que hace la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), una de las 5 comisiones regionales de la ONU, es decir otra de sus sucursales, es clara: “La Agenda 2030 es: universal, pues los beneficios del desarrollo deben ser para todos y es responsabilidad de todos los países su logro; indivisible, ya que insta a abordar los 17 Objetivos en conjunto, evitando fragmentaciones; integral, puesto que conjuga las tres dimensiones del desarrollo económico, social y ambiental; civilizatoria, dado que propone erradicar la pobreza extrema como imperativo ético, poniendo a la dignidad y a la igualdad de las personas en el centro; transformadora, ya que requiere aproximaciones alternativas a la forma habitual de hacer las cosas…”

 

Nótese la pretendida superioridad moral de este programa intocable (ética, civilización, dignidad…). ¿Pero cuál es esa aproximación novedosa y virtuosa a los problemas según Cepal? Respuesta: “La igualdad de género y de derechos está presente en toda la Agenda y el enfoque de múltiples interesados se hace imprescindible para su apropiación e implementación”. Traducción: ideología de género y vía libre a los lobbies. Claro que, entre los “múltiples interesados”, también forman fila los voluntariosos que creen estar bregando por un objetivo loable y en realidad están sirviendo a otros intereses.

 

“En una agenda es tan importante lo que se incluye como lo que se deja afuera -advierte el documento de la Fundación Neos. Por ejemplo, ni el envejecimiento de la población, ni la bajísima fecundidad –que no garantiza el reemplazo generacional y que supone serios problemas sociales– aparecen mencionados. Por el contrario, la salud sexual y reproductiva se presenta como una parte obvia del marco, algo que no se discute, siendo que normalmente es un eufemismo usado por las organizaciones internacionales para la promoción de la anticoncepción y del aborto”.

 

La expresión “salud reproductiva” refleja el antinatalismo en boga: el embarazo es una enfermedad, una epidemia que hay que combatir, la anticoncepción es el remedio y, si no alcanza, el aborto, que ha pasado de ser un recurso extremo -como lo vendían los promotores de su legalización- a una práctica banalizada y hasta propagandizada, en particular mediante el reparto indiscriminado de misoprostol y otras drogas abortivas.

 

Todo esto se promueve en un mundo en el que muchísimos países ya tienen una tasa de natalidad inferior a la “de reemplazo”, es decir, la necesaria para mantener una población estable. En Argentina, la curva de natalidad viene cayendo dramáticamente desde 2014, y no es por casualidad sino por política.

 

El documento de NEOS advierte: “La baja natalidad persistente lleva aparejada, a la larga, empobrecimiento económico, puesto que el capital humano de una sociedad tiende a deteriorarse en cantidad (menos gente) y calidad (la que va quedando, más envejecida en promedio), la mano de obra y los consumidores menguan en número y envejecen, hay un gasto creciente en pensiones y sanidad cubierto con ingresos fiscales de una fuerza laboral mermada y avejentada, etc.”

 

“Que la natalidad no sea considerada vital por la ONU en su Agenda 2030 es una clamorosa omisión que nos hace recelar de la misma (porque) pocas cosas hacen más insostenible a una sociedad humana y dificultan más su desarrollo futuro que su pérdida de población”, agregan.

 

También debería preocupar que estas cosas no estén en la agenda de los políticos.

 

La meta 3.7 del Objetivo 5, es “garantizar el acceso universal a los servicios de salud sexual y reproductiva, incluidos los de planificación familiar, información y educación, y la integración de la salud reproductiva en las estrategias y los programas nacionales”. Es decir, imponer a los países esta política, lo cual es más fácil en los países en desarrollo mediante el condicionamiento de las ayudas y créditos a esta agenda.

 

Como lo demuestra el ODS n° 5 (“Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas”), la Agenda 2030 es feminista. Parte de la base de que la mujer está en inferioridad de condiciones en todo aspecto y lugar. En palabras de la Fundación Neos, el objetivo 5 “es deudor de la ideología de género: [que] en su vertiente cultural, sostiene una visión del hombre y la mujer como dos realidades enfrentadas en la que el hombre es indefectiblemente un peligro para la mujer”.

 

En cuanto al objetivo 12 -modalidades de consumo y producción sostenibles-, el informe sostiene que se usa lo ambiental “como excusa para imponer políticas limitadoras del desarrollo”, con lo que “se condena a países en desarrollo a que su despegue sea más dificultoso” y “se proscriben ciertas fuentes de energía que podrían ser una manera económica y provisional de pasar de la indigencia al desarrollo”.

 

Los diagnósticos catastrofistas fomentan “una infundada eco-ansiedad en los jóvenes”, sentimiento que ha llegado también a estas orillas; pensemos si no en los activistas veganos que periódicamente irrumpen en la Rural.

 

Aquí interviene el concepto “desarrollo sostenible” o “sustentable”, es decir el que puede mantenerse en el tiempo sin afectar al medio ambiente ni extinguir los recursos; sería el desarrollo que permite satisfacer las necesidades de las actuales generaciones sin poner en riesgo la satisfacción de necesidades futuras. Se postula un uso renovable y no depredador de las riquezas naturales.

 

Suena bonito, pero en la práctica el equilibrio entre justicia presente y futura no es tan sencillo de determinar. Sin mencionar que este concepto puede encerrar una trampa para los países en desarrollo.

 

Bjorn Lomborg denunciaba en otro artículo la “hipocresía” de los países centrales: “Demasiados políticos del mundo rico y defensores del clima olvidan que gran parte del planeta sigue sumido en la pobreza y el hambre. Sin embargo, sustituyen cada vez más su ayuda para el desarrollo por gasto climático. El Banco Mundial (...) ha anunciado que desviará nada menos que el 45% de su financiación hacia el cambio climático. (...) “Esto huele a hipocresía, porque los países ricos obtienen casi cuatro quintas partes de su energía de combustibles fósiles, debido a la falta de fiabilidad y a los problemas de almacenamiento de la energía solar y eólica. Sin embargo, fustigan con arrogancia a los países pobres por aspirar a lograr un mayor acceso a la energía y sugieren que estos deberían ‘adelantarse’ de alguna manera a la energía solar y eólica intermitente, con una falta de fiabilidad que el mundo rico no acepta para sus propias necesidades”.

 

Y concluía: “Es fácil tratar el clima como la prioridad cuando tu vida es cómoda. (...) Los países pobres necesitan más acceso a la energía barata y abundante”.

 

Hace poco leí una crítica al ex presidente brasileño Jair Bolsonaro por “negar que el Amazonas es el pulmón del mundo”. Es muy gracioso que quieran convertir en verdad revelada lo que no es más que un intento de relativizar la soberanía de Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia, entre otros, sobre esa selva. También Lula Da Silva rechazó esta definición, consciente de sus posibles implicancias. “No queremos transformar la Amazonía en un santuario de la humanidad, queremos explotar de la Amazonía aquello que la biodiversidad puede ofrecer”, dijo, en agosto de 2022, frente a parlamentarios europeos.

 

Pareciera como si los países más desarrollados, habiendo agotado ya sus propios “pulmones”, empezaran a mirar a los ajenos con codicia disfrazada de ambientalismo.

 

La consigna sería: haz lo que yo digo pero no lo que yo hice. Ejemplo emblemático es el mítico Bosque de Sherwood, el de Robin Hood, que por poco desaparece. Se extendía de Nottingham a York, y hoy es apenas una manchita en el mapa, convertido en reserva para preservar lo poco que queda de él.

 

Obviamente, no se trata de promover la depredación del Amazonas, pero no corresponde que el discurso de la preservación ambiental -desarrollo sustentable- y demás prescripciones de la ONU sean sólo para los débiles. Como bien dice el informe de la Fundación Neos, “si eres un país poderoso como China puedes incumplir impunemente muchos de los aspectos de la Agenda 2030: sin embargo, si eres un país dependiente de las ayudas internacionales, no tienes alternativa”.

 

Y no se crea que la Argentina está exenta de los efectos de este discurso ambientalista: varias provincias argentinas han vedado o frenado proyectos de explotación minera por estos motivos. Un ejemplo es Chubut, que en 2021 había aprobado la producción de plata y oro y otros minerales en su meseta central, pero a raíz de protestas violentas contra la legislatura terminó vetando la ley y cerrando el camino al desarrollo de una región con gran potencial.

 

“A pesar de sus pretensiones, incluso quienes promueven la Agenda 2030 son conscientes de que muchas de sus metas son inalcanzables”, dice NEOS. La pregunta que se impone es: ¿qué pretende realmente la Agenda 2030?

 

Ésta establece de modo muy detallado, “las actuaciones (a) desarrollar para su efectiva realización, cómo medir su progresiva implementación y la forma en la que se seguirá y observará su cumplimiento”. Es decir que, si bien se la sabe irrealizable, se fijan mecanismos para su aplicación y control. ¿Con qué finalidad?

 

Una agenda ordena prioridades. Entre ellas, no se encuentra la familia por ejemplo, que en ningún momento es mencionada. “La palabra padre no aparece en la Resolución y la palabra madre sólo se emplea para referirse a la ‘madre tierra’”, dice el informe. Además de feminista y ambientalista, la Agenda es antiespecista (la ideología que da origen al veganismo) y de paso panteísta. Como dice Chesterton, cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa…

 

En el punto titulado “La visión antropológica de la Agenda 2030″, la fundación denuncia la promoción de “un sometimiento de toda la humanidad al bien superior de la “madre tierra”. “Toda forma de vida debe ser aceptada, promovida, protegida en pie de igualdad o, incluso, insinuando un lugar inferior para la humanidad”, agrega.

 

Para el antiespecismo, no existe diferencia entre el humano y el animal en materia de derechos; los animales tienen “conciencia”, aseguran. No se trata de respeto ni de la protección de los animales, sino de la degradación de la condición humana.

 

Otros rasgos de la antropología de la Agenda que enumera el documento son:

 

-el individualismo (el ser humano como “un ser asocial, como un individuo solitario”;

-el intervencionismo, que “nace de la desconfianza en la libertad humana: el hombre debe ser dirigido a su destino por unas élites (...)”;

-el totalitarismo, “todo aspecto de la vida de las personas tiene que estar bajo control para garantizar que se avanza por el camino correcto”;

-el globalismo, pues el dirigismo “exige eliminar las cortapisas al control global de la población”, en primer lugar, “las soberanías nacionales”;

-el ecologismo/ climatismo, “el ser humano es un componente más de nuestro medio; en ningún caso, superior a otros”.

 

Una “agenda” es además un imperativo, un programa. La Agenda 2030 es impuesta como verdad revelada a todos los países. Sus objetivos no se cumplirán, pero sirven para crear una red de influencia y control sobre las políticas gubernamentales y, más todavía, sobre el pensamiento y el discurso público referido a estas temáticas.

 

“En la implementación no son sólo los países los que están involucrados -explica el documento-. Cada vez tienen más peso los llamados stakeholders (partes interesadas) que, en teoría, son exponentes de la sociedad civil con capacidad de influencia en la ONU”. “El tema -advierten- es que no cualquiera tiene esta capacidad. En realidad, los únicos que pueden acceder a la categoría de stakeholder son organizaciones y fundaciones con muchísimo dinero. Los multimillonarios pueden así, gracias a la Agenda 2030, imponer sus preferencias sobre las naciones soberanas”.

 

La Agenda 2030, dice Neos, “no distingue entre Estados de Derecho, tiranías o regímenes que conculcan los derechos humanos”, pese a que, “por ejemplo, para acabar con el hambre en Corea del Norte no hay que cambiar el tipo de cultivo ni apostar por la agricultura biodinámica, sino empezar por derrocar la tiranía comunista”.

 

La aplicación de la Agenda 2030 en Iberoamérica se realiza a través del Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible, “una estructura de implementación y control permanente que socava la soberanía y los procesos democráticos de los países de la región”, subraya el documento.

 

Poco después de la creación de ese Foro (2016), en Argentina, un decreto presidencial estableció que “en atención a lo aprobado por la Asamblea General de la ONU”, era “necesario designar un organismo encargado de coordinar las acciones necesarias para su efectivo cumplimiento (de la Agenda 2030)” y la elección recayó sobre el “Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales” que hoy depende del Ministerio de Capital Humano.

 

El decreto, firmado por Mauricio Macri, Marcos Peña y Carolina Stanley, invitaba a las provincias y municipios, “así como a las Organizaciones de la Sociedad Civil y del sector privado, con competencias y/o intereses en la materia, en pos del cumplimiento de los compromisos internacionales asumidos”.

 

En un video institucional, la Auditoría General de la Nación explicó que “cada uno de los planes y proyectos de gobierno deben ser referidos, modificados, adaptados o reinterpretados a uno o varios de los diecisiete ODS”. O sea, una aceptación sin objeciones ni reservas. La Argentina ya presentó dos informes a la ONU sobre cómo estamos aplicando los ODS.

 

La Auditoría General de la Nación presenta la Agenda 2030

“La implementación de la Agenda 2030 busca, en esta etapa, un arraigo tal en la cultura local que asegure que el compromiso con ella se cumplirá aunque cambien los gobiernos”, dice el informe de la fundación de Mayor Oreja. En la Argentina nos encontramos en uno de esos momentos de recambio administrativo. Todavía es pronto para saber si el camino será de continuidad o de cambio en esta materia.

 

Decía el documento de NEOS: “No se trata de no querer reducir el hambre o la pobreza, sino de denunciar el engaño de que ése sea el principal objetivo de la Agenda 2030. Hay que ser claros en afirmar que existen formas mucho mejores de lograr aquellos objetivos formalmente buenos que propone la Agenda 2030, pero sin tener que ser víctimas del contrabando ideológico”.

 

En ese mismo sentido, Bjorn Lomborg y Jordan Peterson hacían algunas propuestas razonables y concretas, por ejemplo: “El hambre golpea con más fuerza en los primeros mil días de la vida de un niño, desde la concepción y durante los dos años siguientes. Podemos suministrar eficazmente nutrientes esenciales a las madres embarazadas. El suministro diario de un suplemento multivitamínico/mineral cuesta poco más de 2 dólares por embarazo”.

 

Y preguntaban con toda lógica: “¿Por qué no tomamos primero este camino?” No sin indulgencia, respondían: “Porque al intentar complacer a todo el mundo, gastamos un poco en todo, ignorando esencialmente las soluciones más eficaces”.

 

El documento de NEOS concluía: “Estos objetivos (de la Agenda 2030) se pueden lograr desde el respeto por la dignidad de las personas, las soberanías nacionales y las tradiciones religiosas, incorporando todos los elementos constitutivos de la persona humana, tanto interiores como relativas a su vida en sociedad, empezando por la familia”.

 

“Por lo tanto -remataba-, paradójicamente, si se quiere lograr todo lo que la Agenda 2030 dice ansiar conseguir, hoy por hoy, lo más prudente es oponerse a ella”.

RESISTIR COMO CATÓLICOS

 


 a la ideología climática del socialismo verde

 

Maurizio Milano

 

Brújula cotidiana, 12_09_2023

 

 

El mundo se acaba. “La era del calentamiento global ha terminado, la era de la ebullición global ha comenzado: el cambio climático está aquí. Es aterrador. Y es sólo el principio”. Así comentaba las temperaturas de julio el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres. Con un claro énfasis melodramático.

 

UNA PSEUDORELIGIÓN

No hay que confundir el tiempo del mes, por su propia naturaleza variable y caprichosa, con el clima, cuyas tendencias se miden en escalas de tiempo de varias décadas e incluso siglos; más aún, con una actitud milenarista y catastrofista, y por tanto anticientífica, poco adecuada al mundo institucional. A estas alturas, sin embargo, ya estamos acostumbrados: desde la Agenda 2030 de la ONU hasta el Great Reset de Davos, desde el Green Deal de la Comisión Europea hasta las políticas de la Administración Biden, desde Bill Gates hasta los movimientos ecologistas como Fridays For Future y la Extinction Rebellion –con el papel de correa de transmisión-, hay una competición para ver quién dice la tontería más grande.

 

Sin tener en cuenta que las predicciones del último medio siglo han resultado totalmente erróneas, todas ellas: en los años setenta, por ejemplo, estaba de moda temer la llegada de una era glacial, el agotamiento de los combustibles fósiles y la propagación de terribles hambrunas debidas a la superpoblación. Una alternancia de predicciones esquizofrénicas, pero siempre apocalípticas, con las que la narrativa dominante mantiene un estado de emergencia permanente: entre los frutos de esta continua “alarma procurada” se encuentra la propagación, a partir de Estados Unidos, de una nueva patología: la eco-ansiedad, alimentada por las instituciones y propagada por los medios de comunicación globales que aflige especialmente a los jóvenes, más vulnerables a una ideología que adquiere cada vez más las características de una pseudo-religión, global y mundialista.

 

SILENCIAR LA DISIDENCIA…

La teoría del “calentamiento global” de supuesto origen antropogénico (el acrónimo es "AGW": Anthropogenic Global Warming) y el concepto más amplio de “cambio climático” que se derivaría de ella –en el centro de los trabajos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), organismo de la ONU dedicado al estudio del impacto humano en el cambio climático- no es más que una “hipótesis”: no está demostrada y no demostrable.

 

De hecho, hay muchos científicos con autoridad que critican abiertamente los escenarios del IPCC: en Italia, por ejemplo, académicos de fama mundial como Antonino Zichichi, Carlo Rubbia y el climatólogo Franco Prodi, que define el AGW como una “sugestión”, no exenta además de conflictos de intereses, describiendo la climatología como una “disciplina inmadura”. Recientemente, el Fondo Monetario Internacional incluso canceló una conferencia ya programada del famoso físico estadounidense y Premio Nobel, John Francis Clauser (1942-), después de que éste declarara: “Puedo afirmar con seguridad que no existe una crisis climática real, y que el cambio climático no está provocando condiciones meteorológicas ni fenómenos extremos”. Y esto explica el tan cacareado consenso preponderante del mundo científico: ciertamente, porque los que no lo cumplen desaparecen de los grandes mainstream.

 

Como no es posible desacreditar a los científicos de este nivel tachándolos de “terraplanistas”, la solución es simplemente apartarlos del debate público, como se hizo durante la crisis sanitaria con el biólogo y virólogo francés, premio Nobel Luc Montagnier (1932-2022). De la pandemia sanitaria a la pandemia climática –como la llama Bill Gates, confirmando una continuidad ideal en la narración- siempre se habla de emociones y sentimientos: para apelar a las multitudes, hay que “exagerar, afirmar, repetir, y nunca intentar demostrar con razonamientos” (cf. Gustave Le Bon, Psychologie des foules, ed. Félix Alcan, París 1895, Cap.2 §3). “Eligiendo las palabras adecuadas, uno puede hacer que las multitudes acepten las cosas más odiosas” (Ibid., Livre II, Chap. 2 § 1).

 

... Y CASTIGAR A LOS NEGACIONISTAS

En el caso de la lucha contra el cambio climático de supuesto origen antropogénico, el alarmismo es funcional para que la gente acepte los enormes sacrificios que son y serán necesarios para reducir las emisiones de dióxido de carbono y metano y cambiar radicalmente el sistema de producción, distribución y consumo: de las casas a los coches, de los alimentos al control social, en continuidad con las restricciones arbitrarias y draconianas experimentadas durante los encierros. Los más celosos proponen zanjar la cuestión de la disidencia con la fuerza pública de una vez por todas, instituyendo el delito de “negacionismo climático”: a este respecto, el profesor Klaus Schwab, fundador y líder del Foro Económico Mundial de Davos, escribe que “habrá que prestar especial atención a quienes no reconocen o simplemente niegan la ciencia (sic) del cambio climático” (Véase Klaus Schwab, Thierry Malleret, The Great Narrative, For a Better Future, ed.). Cuando, por desgracia, la temperatura vuelve a caer por debajo de las medias estacionales, no hay problema: el calentamiento está ahí pero no se siente. De enfermo asintomático a calentamiento global asintomático: estamos, con toda evidencia, ante un nuevo paradigma científico.

 

UN CLIMA... DE ODIO

Las generaciones más jóvenes, más fácilmente sugestionables, son vistas como los agentes ideales para promover un cambio radical, frente a: “la desigualdad de ingresos, el cambio climático, la reforma económica, la igualdad de género y los derechos LGBTQ, todos ellos partes de un problema más general de desigualdad. La generación joven está firmemente en la vanguardia del cambio social. No cabe duda de que será el catalizador del cambio” (Cf. K. Schwab, T. Malleret, op. cit., § 2.5). El clima, como vemos, es la “ganzúa” verde para avanzar en una agenda mucho más amplia. Precisamente en este aspecto cabe señalar una contradicción irremediable: ¿no es extraño que los defensores del planeta, con su romanticismo bucólico, se distingan siempre por sus posturas agresivas, que rayan en el odio hacia el hombre, visto como un elemento perturbador dentro de un panorama por lo demás idílico?

 

RESPETAR LA ECOLOGÍA DEL HOMBRE...

Es bueno y justo amar la naturaleza, ciertamente, pero también existe una naturaleza del hombre, como recordó magistralmente S.S. Benedicto XVI en un famoso discurso en el Reichstag de Berlín el 22 de septiembre de 2011: “La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responderle con coherencia. Sin embargo, me gustaría abordar enérgicamente un punto que –me parece- se descuida hoy como ayer: existe también una ecología del hombre. El hombre también posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es simplemente una libertad que se crea a sí misma. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también es naturaleza, y su voluntad es justa cuando respeta la naturaleza, cuando la escucha y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así y sólo así se realiza la verdadera libertad humana”.

 

...Y NO ARRODILLARSE ANTE LA DIOSA GEA

De hecho, ¿cómo se puede pretender amar de verdad a la “naturaleza” –desde los minerales a los hongos, desde las plantas a los animales- y, al mismo tiempo, trabajar por la manipulación de la “naturaleza humana”, como ocurre con la disolución gnóstica de la identidad sexual promovida por la ideología LGBTQIA+ con la imposición de los infames derechos sexuales y reproductivos de la ONU (anticoncepción, esterilización y aborto), con la difusión de programas para promover (e imponer) la eutanasia, y con las derivas transhumanas en el horizonte?

 

¿Cómo se puede pretender amar a los pobres y afirmar que la justicia social y la justicia medioambiental son dos caras de la misma moneda –como sostiene la secretaria del Partido Demócrata, Elly Schlein, en uno de sus libros-, cuando la aplicación de las políticas ecológicas se vuelve en contra de la clase media y de los sectores más débiles de la población, al tiempo que aumenta la concentración de la riqueza? El derecho natural es sustituido en todas partes por el derecho positivo de los Estados, la metafísica pasada de moda, la razón natural abandonada... ¿y se supone que debemos arrodillarnos reverentemente ante la diosa Gea, una pseudonaturaleza que adopta cada vez más los rasgos de un ídolo neopagano ridículo? Y no exagero: he aquí un par de ejemplos:

 

“Todo el planeta está superpoblado [...] y está claro que hay un problema de sostenibilidad de un ecosistema que es el del planeta, diseñado para 3.000 millones de personas, y el del ser humano que biológicamente es un parásito porque consume energía sin producir nada”: así lo afirmó, en una conferencia de 2014, Roberto Cingolani (1961), entonces ministro de Transición Ecológica en el gobierno de Draghi en el periodo 2021-2022. Cingolani lamentablemente no revela, ça va sans dire, las fuentes de tales razonamientos y estimaciones, ni ofrece soluciones “definitivas” para los cinco mil millones de parásitos –perdón, personas- “de más” en el planeta. Y no es el único que expresa tal odio antihumano:

 

“El mayor regalo de amor que puedes hacer a tu primer hijo es no tener otro”, ya que “para salvar el único planeta que posees, tienes que tener un hijo” (Cf. Bridget McGovern Llewellyn, One Child One Planet, ed. Emerald Shamrock Press, Phoenix 2009): un sofisma respetable. Tenemos que ir más allá del “prenatalismo”, es decir, “la presión social para tener hijos”: ¿y dónde estaría eso? Hay que pasar del “antropocentrismo” al “ecocentrismo”, reduciendo el tamaño de la familia y el consumo en consecuencia para combatir la “injusticia social hacia la justicia social”. Para luchar contra el cambio climático y salvar al mundo de una catástrofe ecológica inminente, es necesario -en una especie de herejía cátara de retorno- “negarse a procrear”, como propugna el The Birthstrike Movement (Movimiento por la Huelga de Nacimientos). Parafraseando al Hamlet de Shakespeare: hay locura -¡y mucha!- en este método.  No es casualidad que la natalidad también haya empezado a descender notablemente en Estados Unidos, país que se encontraba en equilibrio demográfico hasta 2007.

 

ANTI-CLIMATISMO: EL ROL DE LOS CATÓLICOS

 

Las afirmaciones objetivamente delirantes declaradas anteriormente tienen el gran mérito de revelar, con una franqueza brutal, el pensamiento subyacente a la ideología climática. Es una advertencia al mundo católico, que corre el riesgo de dejarse seducir cada vez más por las sirenas de este falso ecologismo: amar la naturaleza es un deber, ya que la creación es un “bien”, un don de Dios al hombre, donde “todo era bueno”, como nos enseña el libro del Génesis. La perspectiva biocéntrica, sin embargo, querría anular cualquier diferencia de orden, grado y finalidad: el hombre, en cambio, es la cúspide de una creación jerárquica y finalista, no un animal entre muchos como propone la teoría transhumana del anti especismo. En la perspectiva judeocristiana, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es el custodio y jardinero del Edén, que debe hacer crecer armoniosamente “con el sudor de su frente”, participando como subcreador en el plan de Dios creador, como enseñó el célebre escritor inglés John R.R. Tolkien (1891-1973) y como ha demostrado ampliamente la civilización cristiana a lo largo de dos milenios de historia: baste citar, por ejemplo, la obra de los monjes benedictinos.

 

Frente a las locuras ecologistas, sería tentador dejar la ecología a los ecologistas, pero sería un grave error; en cambio, decimos sí a la ecología, siempre que sea auténtica e integral, centrada en el respeto a la naturaleza del hombre, la familia, la vida, la propiedad privada, la libertad de iniciativa y la subsidiariedad. Es necesario oponerse a la falsa solución propuesta de planificación estatista y gobernanza global que pretende alcanzar una especie de socialismo verde: perjudicar el crecimiento económico empobrecería a la comunidad humana, y acabaría perjudicando al mismo medio ambiente que se querría “salvar del hombre”. De hecho, existe una correlación entre subdesarrollo y mala gestión medioambiental: por ejemplo, durante el comunismo, Alemania Oriental, pobre y atrasada, estaba mucho más contaminada que Alemania Occidental, rica y desarrollada. Por tanto, el decrecimiento sería muy desafortunado, también para el medio ambiente.

 

En septiembre de 2020, un enorme reloj digital, el Climate Clock, apareció en la famosa Union Square de Nueva York, con la cuenta atrás del tiempo que nos queda -en años, días, horas, minutos (¡y segundos!)- para evitar un aumento de la temperatura global de 1,5 °C en comparación con la época preindustrial, lo que nos llevaría más allá de un supuesto “punto de no retorno”. A día de hoy, el reloj aún nos da algo menos de seis años para evitar el fin del mundo. Los alarmistas del clima dicen que es urgente hacer algo: yo estoy de acuerdo, por ejemplo, en acabar cuanto antes con esas eco-locuras. Empezando, quizá, por apagar ese absurdo reloj.