DON BOSCO

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"BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS"
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EL PADRE MUGICA Y UN DOBLE RELATO




MARIO CAPONNETTO


1. Un hombre, dos relatos

Se han cumplido cuarenta años del asesinato del Padre Carlos Mugica, el reconocido “cura villero” o “cura de los pobres” como suelen denominarlo sus panegiristas. El aniversario ha dado ocasión a una desmesurada exaltación de su figura: grandes homenajes civiles y eclesiásticos, derroche de elogios y ditirambos y hasta una de esas modernas gigantografías, que recoge su ascético rostro, insertada en el corazón del pasaje urbano.
El Gobierno y la Jerarquía Católica, que no suelen andar muy juntas, esta vez han aunado sus afanes en pro de exaltar la memoria del sacerdote. Es que, curiosamente, Mugica les pertenece en la medida en que ambos, Gobierno y Jerarquía, lo han integrado, cada uno a su modo y con muy diversa gravedad, como veremos, a sus respectivos “relatos”.

Para el Gobierno, en efecto, Mugica es una figura emblemática de ese “setentismo” ominoso y sangriento, metamorfoseado en epopeya, del que ha hecho la columna vertebral de su radical impostura. Es que en esa imaginaria “lucha de liberación” librada por aquella “juventud maravillosa” encuadrada en las “organizaciones combatientes”, en esa falsa épica revolucionaria que reivindica como su pasado glorioso, el relato exige la presencia de un ingrediente “cristiano”. Se podrá preguntar por qué. Porque en ese setentismo real, no el ficticio, y por razones que enseguida examinaremos, una nada despreciable cantidad de católicos (obispos, sacerdotes, religiosas y laicos) dieron su decisiva contribución a ese gran baño de sangre que nos sumió en el dolor y la muerte. Mugica es, en este sentido, el rostro más reconocido (no el único ni, tal vez, al que le quepan las máximas responsabilidades); y esta es la razón del homenaje que hoy le brinda un Gobierno que ha pisoteado hasta el hartazgo la ley de Dios y los derechos de Jesucristo y al que hoy, la emblemática figura del cura villero vuelve a servir de ariete en su renovado odio contra la Iglesia.

En cuanto a la Jerarquía Católica, la exaltación no ha sido menor. El Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, al inaugurar la última Asamblea Plenaria de ese organismo, nada menos que en la homilía de la misa de apertura, tuvo un recuerdo especial de Mugica cuya muerte, dijo, “está en la memoria de la Iglesia”. El Cardenal Primado, por su parte, no fue a la zaga: calificó a Mugica de mártir de los pobres; la palabra mártir es muy especial y adquiere un sentido muy hondo y sugestivo en labios de un sucesor de los Apóstoles. El relato eclesiástico ha insistido, pues, en presentar a Mugica como un sacerdote fiel a Cristo que en comunión con la Iglesia y el Concilio Vaticano II dio su vida por los pobres: todo un modelo de sacerdote.
Dos relatos, pues, y un mismo protagonista.

2. Un relato que no se sostiene

Pero si a esta altura de los hechos en Argentina, el relato del Gobierno ya ha sido ampliamente rebatido y sólo subsiste en los que de él viven (o en los obcecados pese a toda evidencia) no pasa lo mismo con el relato eclesiástico. Si bien mucho se ha escrito acerca del fenómeno, ya mencionado, del gravísimo compromiso de amplios sectores católicos con el marxismo revolucionario de los años setenta, todavía no se ha hecho una evaluación profunda de su significado; y nos referimos, fundamentalmente, de su significado a la luz de la Fe. Porque lo que ocurrió entonces en la Iglesia fue, por sobre todas las cosas, algo que afectó de manera esencial la Fe. Esta tarea está pendiente y lo seguirá estando mientras la Jerarquía Católica persista inexplicablemente en ignorar el problema o, lo que es peor, en exaltar sus consecuencias presentándolas como frutos evangélicos.

Pero la verdad es bien distinta de este relato imbuido de fuertes acentos de piedad popular y de compromiso evangélico. Mugica fue uno de los tantos frutos de muerte de la herejía progresista, modernista y tercermundista que desgarró, y aún desgarra, a la Iglesia. En aquella época de imaginarias primaveras conciliares, se deslizaron por las venas de la Iglesia toda suerte de errores y de extravíos. La Teología de la Liberación, típico producto “teológico” europeo trasladado a nuestra América por los misioneros del nuevo credo, dio el clima ideológico en el que pulularon las más extrañas aventuras eclesiásticas, entre ellas, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo del que Carlos Mugica fue mentor y lider entre nosotros.
Aquel movimiento implicaba, en esencia, una grave adulteración del Evangelio de Cristo, de la y naturaleza y de la misión del sacerdocio católico al tiempo que consumaba una radical ruptura con el Magisterio de la Iglesia. Para aquellos clérigos tercermundistas (y cuantos con ellos avanzaron por el mismo camino) la misión del sacerdote católico dejó de estar enraizada en el misterio salvador de Jesucristo para fundarse en una praxis social liberadora. La pastoral no tenía ya como objetivo que los hombres lograren la vida de la gracia y de la unión plena con Dios sino llevar a los pobres a la toma de conciencia de clase explotada y a poner en marcha, desde sí mismos y para sí mismos, el proceso revolucionario que los liberaría de las estructuras capitalistas y burguesas concebidas como estructuras de pecado. Este proceso revolucionario hacía del socialismo marxista -entonces considerado ineluctable- su herramienta principal: el socialismo vino a ser así la encarnación del Evangelio, su expresión histórica y, por ende, el compromiso ineludible de una Iglesia que debía para ello, necesariamente, romper con todo cuanto había dicho, predicado y enseñado. El Concilio Vaticano II, recientemente concluido, era apreciado como la voz de orden de ese cambio y los sacerdotes, y católicos en general, que así pensaban se sintieron la vanguardia profética de esa Iglesia nueva, para un mundo nuevo y por un hombre nuevo.

Hubo más. Puesto que la praxis revolucionaria era, ahora, inseparable de la pastoral, antes bien, se identificaba con ella, se planteaba el problema del método de dicha praxis. ¿Era la lucha armada, asumida por aquel entonces en Argentina e Hispanoamérica por el castrocomunismo y sus variantes, un camino lícito para los cristianos? No todos respondieron afirmativamente a esta pregunta pero la inmensa mayoría de los sacerdotes dio inequívocamente su absoluta conformidad. De este modo, no sólo algunos sacerdotes tomaron las armas sino, lo que fue más grave, arrastraron a centenares de jóvenes católicos a la aventura de la guerrilla. En ella, no pocos, mataron y murieron; pero no por Cristo y su Evangelio sino por la falsa utopía revolucionaria bajo la inspiración de Marx, de Castro y de Ernesto Guevara. Esta es la verdad, la que los hombres de mi generación hemos visto y vivido de modo directo. No hay otra.

3. Algunos testimonios

Carlos Mugica ¿representó todo lo que acabamos de reseñar? Una lectura objetiva de sus textos nos permite advertir que, gracias a Dios, nunca perdió totalmente de vista el sentido sobrenatural del sacerdocio. Sabia, y lo decía, que la misión del sacerdote es llevar al hombre al pleno desarrollo de lo que hay en él de divino. Pero enseguida, caía en un reduccionismo que lo hacía retroceder. “Para Cristo -escribía en Peronismo y Cristianismo- cada hombre es imagen y semejanza de Dios, por lo tanto, ofender a un hombre es ofender a Dios. Y el rol del que es ministro de Cristo es asumir la defensa del hombre, y sobre todo del pobre, del oprimido. Hay gente que dice: Ah, ustedes los sacerdotes, tanto hablar ahora de los pobres, ¿por qué no se ocupan de los ricos? Creo que sí, el sacerdote tiene el deber de ocuparse de los ricos. Su misión frente a los ricos es interpelarlos. Lo que pasa es que los ricos no quieren que uno se ocupe de ellos. Porque mi misión como sacerdote es denunciarlos. Yo tendría un problema de conciencia si no le hiciera ver al rico que si no cambia de vida, debe poner sus bienes al servicio de la comunidad” (Cristianismo y Peronismo, Buenos Aires, 1973. Fuente: http://www.elortiba.org/pdf/Carlos_Mugica-PeronismoyCristianismo.pdf).

Claro está que esta oposición dialéctica entre ricos y pobres de pecunia es radicalmente falaz pues presupone que el pobre es inmaculadamente bueno y el rico perdidamente malo: el corazón del hombre es mucho más profundo y el drama del pecado mucho más abisal que estas superficialidades sociológicas.
Más adelante, en el mismo libro, su opción por el socialismo quedaba netamente expresada: “Por eso, como movimiento, los Sacerdotes del Tercer Mundo propugnamos el socialismo en la Argentina como único sistema en el cual se pueden dar relaciones de fraternidad entre los hombres. Que cesen las relaciones de dominación para que haya relaciones de fraternidad. Un socialismo que responda a nuestras auténticas tradiciones argentinas, que sea cristiano, un socialismo con rostro humano, que respete la libertad del hombre (ibidem)”.

Su confusión, empero, llegaba a la cima cuando, sin más, asimilaba el Evangelio a las ideologías materialistas y ateas del marxismo: “Yo me opongo violentamente a todos los que pretenden reducir a Cristo al papel de un guerrillero, de un reformador social. Jesucristo es mucho más ambicioso. No pretende crear una sociedad nueva, pretende crear un hombre nuevo y la categoría de hombre nuevo que asume el Che, sobre todo en su trabajo El Socialismo y el Hombre, es una categoría netamente cristiana que San Pablo usa mucho (ibidem)”.

Su ubicación frente a la lucha armada fue ambigua: “Ahora lo que sucede es esto: en concreto encontramos en América Latina -incluso en nuestro país- una situación de violencia institucionalizada. Es la violencia del hambre. Como dice Helder Cámara «El general hambre mata cada día más hombres que cualquier guerra». Es decir que existe la violencia del sistema, el desorden establecido. Frente a este desorden establecido yo, cristiano, tomo conciencia de que algo hay que hacer y me encuentro entre dos alternativas igualmente válidas: la de la no violencia en la línea de Luther King o la de la violencia en la línea del Che Guevara; hablando en cristiano la violencia en la línea de Camilo Torres. Y pienso que las dos opciones son legítimas” (Entrevista al Padre Mugica. Fuente: Revista 7 Días, Junio de 1972).

No es cuestión de multiplicar los textos que, por otra parte, cualquiera puede leer sin limitación alguna. Pero es evidente que Carlos Mugica sucumbió a casi todos los errores de una herejía, de cuño modernista y progresista que, en el fondo, no fue ni es otra cosa que una grave adulteración del Evangelio y de la Fe. ¿Cómo es posible poner en la misma línea del hombre nuevo paulino, el hombre cristiano redimido por Cristo, la utopía marxista, signada ab instrinseco por el ateísmo más radical? ¿Qué falló aquí? Pues no otra cosa que la entera teología. Sus errores respecto del orden político social, su concreta opción por el socialismo, antes que una equivocada opción política constituyeron una contradicción expresa del Magisterio de la Iglesia. Sí, el Vaticano II no condenó al comunismo pero tampoco levantó las condenas que pesaban sobre él. Pese a todo, cuando Mugica optaba por el socialismo, seguía vigente, por ejemplo, el Decreto de la Suprema Congregación del Santo Oficio, del 1 de junio de 1949, confirmado después por el Dubium del 4 de abril de 1959 que prohibía expresamente a todos los católicos la colaboración en cualquier terreno con el comunismo y consideraba a quienes violaban esta prohibición “apóstatas de la fe” incursos en “excomunión reservada de modo especial a la Sede Apostólica”. También regía plenamente la condena sin matices del Papa Pío XI en Divini Redemptoris, documento donde no sólo, ni principalmente, se declara al comunismo “intrínsecamente malo” (su afirmación más difundida) sino en el que se pone de manifiesto su carácter radical de falsa promesa redentora opuesta a la verdadera Promesa de Cristo, es decir, la promesa del hombre que se endiosa levantada en guerra inconciliable contra la Promesa de Dios hecho hombre. ¿Dónde está la proclamada fidelidad de Mugica al Magisterio de la Iglesia?

Pero hubo algo más inmediato y próximo. La creciente actividad del llamado Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo provocó una intervención directa del Episcopado Argentino de aquella época. En su Declaración del 12 de agoto de 1970, decían los Obispos, aludiendo directamente a una reciente declaración de sacerdotes tercermundistas): “«Adherir a un proceso revolucionario [...] haciendo opción por un socialismo latinoamericano que implique necesariamente la socialización de los medios de producción del poder económico y político y de la cultura» (Declaración del tercer encuentro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Santa Fe, 2 de mayo de 1970), no corresponde ni es lícito a ningún grupo de sacerdotes ni por su carácter sacerdotal, ni por la doctrina social de la Iglesia a la cual se opone, ni por el carácter de revolución social que implica la aceptación de la violencia como medio para lograr cuanto antes la liberación de los oprimidos”. Unos párrafos más arriba, los Obispos exhortaban: “Lo que buscamos y queremos ahora es la reflexión seria y obligada de conocer bien y respetar la verdad de la Iglesia, en puntos básicos claramente enseñada por ella, para rectificar rumbos, deponer actitudes y, si es necesario, para hacer penitencia, que significa cambiar de mentalidad, a fin de pensar como piensa la Iglesia, con ella y en ella, cooperando a sí a su obra de salvación”.
Los tercermundistas respondieron a este llamado episcopal con un extenso Documento en el que consideraban el texto de los obispos “insuficiente, intemporal y parcial”, lo ponían en contradicción con otros textos (la famosa Declaración de Medellín, especialmente) por lo que se veían obligados no sólo a “integrar” sino a tomar “opciones pastorales” (en detrimento de la obediencia, desde luego, a sus obispos ordinarios) para terminar con unas abstrusas elucubraciones pseudo eclesiológicas a la luz de un difuso “espíritu del Concilio”. No tenemos noticias de que, tras la advertencia de los Obispos, el Padre Mugica haya abandonado el tercermundismo. Otra vez la pregunta: ¿dónde está la fidelidad al Magisterio legítimo de la Iglesia?

4. Otras voces católicas en aquellos años

En aquella convulsionada Iglesia de los años setenta no era, por cierto, la voz de Mugica y la de sus conmilitones del tercermundismo vernáculo la única que se oía. Hubo otras, y de signo opuesto, que hablaron muy claro y que hoy se pretende sumir en el olvido. Gracias a Dios, el catolicismo argentino tuvo siempre maestros esclarecidos. ¿Cómo no recordar, entre tantos otros, al Padre Julio Meinvielle, maestro de la Fe y pastor bueno que se ocupó tanto y tan en silencio de los pobres gastando en su socorro y promoción humana su propia fortuna personal familiar; ese inolvidable Padre Julio, que nunca trajinó villas porque fundó barriadas dignas, a quien tantas veces sorprendíamos durmiendo en el suelo porque había regalado hasta su cama a algún pobre? Meinvielle, que murió apenas unos meses antes que Mugica (en agosto de 1973), había denunciado con lucidez y valentía los errores deletéreos del comunismo y se había levantado contra las apresuradas exégesis del Concilio reivindicando siempre la continuidad del Magisterio.

Pero aparte de Meinvielle nos interesa destacar a dos grandes figuras laicales que, en aquellos años, ejercieron un fundamental papel en la formación de juventudes católicas: Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Genta y Sacheri eran distintos: distintas historias de vida, ambientes distintos, tonos distintos, estilos distintos. Sin embargo coincidieron en la firme defensa de la Fe en aquellos tiempos convulsos. Genta había entrevisto, desde sus albores, el proceso de la Guerra Revolucionaria del Comunismo ateo y se dedicó a educar a quienes debían enfrentar aquella agresión externa, esto es, las fuerzas armadas las que, a su juicio, debían prepararse para asumir la defensa de la fe y de la patria en una guerra justa. No escapó a la aguda visión de Genta el fundamental problema religioso que implicaba el compromiso de tantos católicos, curas y laicos, en la guerra subversiva. La subversión, decía, avanza, escudada en la cruz y en la bandera nacional. La hora del internacionalismo comunista y de la abierta persecución a la Iglesia, había pasado: ahora, el comunismo se presentaba mimetizado con un ropaje “nacional y cristiano”. Sacheri, por su parte, vio con idéntica lucidez el mismo proceso revolucionario metido en las entrañas de la Iglesia. En su obra La Iglesia clandestina, puso al descubierto una siniestra red, universal y local, tejida por el marxismo a fin de llevar a la Iglesia a colaborar en la revolución anticristiana.

Genta y Sacheri no escribían sólo ni principalmente como políticos, ni como sociólogos, ni siquiera como filósofos (que esta era, en definitiva, su nobilísima profesión común). Escribían como hombres de fe, como católicos combatientes, acuciados por el amor a una Iglesia a la que veían atacada desde adentro antes que desde afuera. Todo cuanto pensaron, escribieron y denunciaron, aún las cuestiones más ligadas al destino temporal de la Argentina, lo hicieron sólo y exclusivamente desde la soberana perspectiva de la Fe Católica. Ahora bien: ese mismo año de 1974, Genta y Sacheri fueron asesinados por formaciones partisanas. Es decir, se cumplen, ahora, cuarenta años de sus muertes. Nuestra pregunta es simple: estas muertes ¿están también en la memoria de la Iglesia?

Colofón

No escribimos con la intención de acusar a nadie. No nos mueve siquiera el deseo, legítimo por lo demás, de reivindicar personas y hechos injustamente olvidados. De eso habrá tiempo cuando lo disponga Dios. Tampoco nos mueven “memorias históricas” ni el anhelo de una justicia demasiado humana, apenas un miserable remedo de la Justicia de Dios a la que nos encomendamos. No. Sólo nos mueve la Fe. Esa Fe peligra si hoy a las nuevas generaciones de católicos (y pensamos sobre todo en los sacerdotes) se les propone un relato eclesial sesgado y se le presentan como modelos de vida personajes que, cuanto menos, obligan a un respetuoso silencio.

Insistimos: lo más grave de Mugica no fueron ni sus opciones políticas, ni sus compromisos temporales, ni su identificación con este o aquel sector político, ni siquiera su ambigua posición frente a la lucha armada. Lo grave, lo decisivamente grave, es que contribuyó como pocos, en una Iglesia convulsa y confundida, a adulterar la Fe que recibió en su bautismo y que se comprometió a predicar el día de su ordenación. Puso al servicio de esta Fe adulterada los indiscutibles talentos que poseía, los rasgos de una personalidad fascinante que arrastraba y cautivaba auditorios  y una pasión desbordante que, finalmente, lo llevó a morir. No cuestionamos su santidad personal. ¿Con qué derecho lo haríamos? Cuestionamos el significado de su figura en el fondo trágica porque es la parábola de una gran tragedia que los hombres de mi generación hemos vivido y sigue gravando nuestras vidas.
Tal vez, después de todo, Mugica, sacerdos in aeternum, fue más víctima que victimario: la víctima de un tiempo confuso y oscuro que hoy, no sabemos por qué, algunos se empeñan en seguir llamando primavera.
Elevamos a Dios, con toda el alma, nuestra súplica por el Padre Mugica.

Buenos Aires, 13 de Mayo de 2014
Festividad de Nuestra Señora de Fátima




En defensa de mi padre


María Lilia Genta

En el diario La Nación del día 21 de mayo pasado el Ingeniero Oscar G. Adot publica la carta que transcribo a continuación:

Señor Director:
“No comparto la visión de la señora Ana Moreno Hueyo. El doctor Mor Roig fue un prestigioso dirigente radical, mientras que el doctor Silvio Frondizi era un destacado profesor de derecho e intelectual marxista. Ambos eran demócratas sin mácula, si entendemos la democracia como la libertad de pensar, expresarse y desplazarse. No podemos decir lo mismo de los señores Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Ambos proponían un sistema político muy parecido a una teocracia. Es más, quienes asesinaron a Mor Roig y a Frondizi seguramente abrevaron, directa o indirectamente, en el pensamiento de esos intelectuales integristas. No es confundiendo la historia como vamos a enderezar el devenir de este despropósito que es hoy la Argentina”.
.....
Esta carta mereció la réplica de varias personas (a quienes mucho agradezco), una respuesta mía y también la que el Dr. José María Sacheri hizo llegar al diario respecto de su padre mencionado en la carta del señor Adot.
Sin perjuicio de mi respuesta pública -en La Nación del día 25 de mayo pasado- dirigí al señor Adot una carta privada que no fue respondida. Por esta razón considero oportuno darla a conocer.
Lo hago en defensa de la memoria de mi padre y como una modesta contribución a la verdad histórica.

Buenos Aires, 22 de Mayo de 2011
Sr. Ing. Oscar G. Adot:
Aquel domingo de octubre de 1974 desde la Sala de Guardia escuché de repente el silencio. Es común que en todas las Salas de Guardia, después de los frenéticos, ruidosos movimientos de médicos y enfermeros que procuran salvar al paciente, sobrevengan el silencio y la inmovilidad. También el abandono abrupto de la Sala de los que han intervenido en el intento de salvar una vida. En ese momento abrí la puerta, vi el cuerpo yerto de mi padre sobre la camilla, los impactos de bala en el torso desnudo. Mi marido, a quien habían permitido estar presente porque es médico, todavía le sostenía el pulso; fue él quien sintió el último latido de su corazón.


Al leer su lamentable carta publicada en La Nación el día de ayer, curiosamente experimenté la misma sensación de náusea que en aquella sala de Guardia. En dicha carta usted pretendió matar la memoria de mi padre y la del Dr. Sacheri. El pensamiento de ambos está claramente expresado en conferencias, libros y artículos, escritos y grabados. Pero en cuanto a mi padre puedo, además, agregar algo. Fui parte y testigo de muchas situaciones (conversaciones, exhortaciones, tensas discusiones) que ocurrieron estando yo presente. He gozado de la gracia especial de compartir gran parte de la vida de mi padre. Fui su hija y discípula. De su mano participé en sus luchas políticas: tenía 34 años cuando lo asesinaron y por esa circunstancia es que tuve la posibilidad de hacerlo. Los hijos de los otros muertos que, como mi padre, no existen como sujetos de derechos humanos, no pudieron tener un privilegio similar o porque estaban por nacer, o eran niños o a lo más adolescentes cuando se produjeron los asesinatos.


Pues bien, por esa vivencia directa y próxima que yo tuve de mi padre es que puedo transmitir exactamente lo que él enseñaba respecto de la cuestión que hoy nos ocupa. En el contexto trágico de aquellos años mi padre consideraba que la Argentina estaba invadida por diversos grupos de guerrilla armada. Trotskistas los unos, marxistas los otros… y católicos tercermundistas, los que más nos dolían. Esta pretensión de ocupar la Argentina y casi todos los países de Iberoamérica, fue planeada en Moscú. Los integrantes de los distintos grupos -más allá de sus diferencias doctrinales- se entrenaban en Cuba.
Mi padre abominaba del accionar anárquico y criminal de las “bandas armadas”; sostenía que sólo a las Fuerzas Armadas les asistía el deber y el derecho de defender a la Patria de la agresión armada y librar la guerra justa en un recto marco ético y jurídico. Consideraba que los civiles, si era necesario acudir a ellos, sólo podían luchar encuadrados y subordinados a los mandos militares. Ponía por ejemplo el Alzamiento Español en el que, de grado o por fuerza, falangistas, carlistas, monárquicos liberales, demócratas cristianos de la CEDA, miembros de diversas asociaciones católicas, tuvieron que tolerarse mutuamente y combatir a las órdenes de los militares profesionales que están específicamente formados para la guerra.


Sí, Genta pasó los últimos años de su vida, incluso y sobre todo después de ser amenazado, hablando a los militares en toda la geografía del país. En unidades militares si lo invitaban oficialmente los jefes; o a grupos de oficiales y suboficiales en reuniones privadas. Les enseñaba fundamentalmente los principios de la guerra justa a la luz del pensamiento de Santo Tomás. Por cierto, la guerra es siempre una última razón pero una razón válida e ineludible cuando no queda otro camino para conservar la integridad y la paz de la Nación, la vida y los bienes de sus ciudadanos. Mi padre sostenía que había que “armar espiritualmente a los que, sin duda, tendrían que empuñar las armas”… porque es el único camino que evita injusticias y atenúa los excesos propios de la condición humana en las situaciones límites. Y toda guerra, sin dudas, es una situación límite.


A tal punto era conocido el pensamiento de mi padre sobre el accionar de todas las bandas armadas que después de su muerte -en el mismo velatorio- se discutía si su asesinato había sido una operación de la “zurda” o de las tres A. Sólo después, cuando el Erp 22 de Agosto asumió públicamente la autoría del hecho, tuvimos la certeza de donde habían provenido las balas asesinas.
Como anécdota personal le cuento que estuve presente cuando mi padre se enteró de la muerte de Silvio Frondizi. Recuerdo sus palabras de absoluto repudio al hecho. Silvio Frondizi fue, sin duda, el ideólogo más importante, el teórico más docto que tuvieron los combatientes del ERP como maestro y guía. Saque usted sus conclusiones de quién influyó en la muerte de quien.
Eso sí, de un lado y del otro, los asesinos estimaron que había que apuntar, primero, a la inteligencia. Considero que tenían razón.
Esto es lo que puedo aportar a una historia sin falsificaciones.

Atte.
María Lilia Genta




11 de mayo de 1905:

Fallecimiento de Ceferino Namuncurá


El presbítero Antonio Ballari, en un artículo titulado “Ceferino Namuncurá”, en el libro “Jefes de fila de la juventud del siglo XX”, expresa que el gobierno le cedió al cacique Namuncurá “algunas leguas de tierra, 40.000 pesos fuertes, 4.600 vacas, 6.000 yeguas y 100 bueyes de labranza, prendas de plata, armas, uniformes, yerba, jabón, sal, azúcar, tabacos y el título y sueldo de coronel argentino”. En 1897, ya instalado Namuncurá en las tierras que el gobierno le había cedido, nace en él, con una intensidad poco común en los hombres de su raza, el deseo de que su gente se cristianice. Decidido a ello, se dirige a Viedma, donde conoce a monseñor Cagliero, vicario de la Patagonia, y le pide misioneros fijos para la zona ocupada por la tribu.

Uno de los hijos; Ceferino, el más pequeño, impresiona al sacerdote por su carácter dulce y apacible, y viendo éste en el indiecito condiciones y aptitudes para influir con una mayor cultura intelectual y religiosa en el ambiente indígena, insta al padre a que se lo entregue, a fin de poder llevárselo a Buenos Aires y hacerlo estudiar en uno de los colegios salesianos.

El “tigre del desierto” sintió que el corazón se le oprimía. La separación del menor de sus vástagos, quizá por ser el que había nacido en los días de infortunio, le hacía repetir: “¡No, no me lo lleven!”. Pero ese cacique, que más de una vez había formado con sus lanceros un cordón irrompible contra la civilización, cede ante el pedido suplicante del párvulo, quien le decía que lo dejara ir a Buenos Aires, para instruirse y educarse y así poder ayudar aliviando el quebranto económico de la familia. Namuncurá reflexiona y recuerda lo que le había dicho en su visita monseñor Cagliero, y al fin se resuelve a llevar al niño a la metrópoli.

El viaje es causa de grandes preparativos. Designa para que lo acompañen a otros dos hijos, además de Ceferino. Próxima a la toldería se ve la galera con sus caballos impacientes por partir hacia la estación.

Cuando se supo en Buenos Aires que en un tren del Ferrocarril Sud (luego Roca) llegaba el gran cacique, la noticia cundió rápidamente por la ciudad, y la gente se agolpó en el andén. Entre los presentes había un grupo de hombres que por el rostro bronceado, la cabellera negra y los ojos vidriosos se distinguían del resto. Eran cincuenta indios cautivos de guerra, ya libres, que, encabezados por Antonio Rey, deseaban ver a su jefe, a quien ovacionaron insistentemente demostrándole una vez más su lealtad.

Pero si grandes eran los homenajes al padre, no lo fueron menos los hechos al hijo, quien manifestó que venía “a estudiar para bien de su raza”. Electrizante resultó ese momento para sus congéneres. Como movidos por un resorte, alzaron los brazos al cielo aplaudiendo jubilosos y preguntándose: “¿Qué llegará a ser este chico?” Para colocar a Ceferino en un colegio, Garrón de Piedra (Manuel Namuncurá) se dirigió al ministro de Guerra, general Luis María Campos, con estas palabras: “Vengo a decirle, señor ministro, que quiero educar a mi hijo y a un nieto. Toda mi intención es que sean civilizados, buenos argentinos, para enseñar lo que aprendan a su tribu”.

El ministro le contestó: “Bueno, con mucho gusto le asignamos beca para que ingrese en el taller de marina”. Este funcionaba entonces en Tigre.

El cacique mostraba su satisfacción por las aptitudes del hijo, y, aprovechando que se encontraba en la gran capital, visitaba a sus viejas amistades del Buenos Aires que otrora lo había visto pasear asombrado por sus calles.

Varias veces fue a ver a Ceferino en el taller. Un día notó en su mirada un algo de tristeza. Lo interrogó, y como éste rompiera a llorar sin explicarle la causa, recurrió nuevamente al Dr. Sáenz Peña, en su casa particular, de la calle Moreno.

Apenas fue anunciada la visita de Namuncurá, don Luis lo hizo entrar. Después de los saludos, el cacique manifestó que había traído a Buenos Aires a su hijo para educarlo. Al requerir Sáenz Peña la presencia del chico, le informa que estaba en el Tigre, en la escuela que le había asignado el señor ministro. “¿Y cómo se halla? ¿Le gusta la escuela?” Namuncurá dice: “No, señor; no está conforme; no sé cómo hacer con la criatura, si sacarla o dejarla, porque no quiere oficio de carpintero. Para eso lo hubiera ocupado con cualquier extranjero, si era para el oficio, y no lo hubiera confiado al gobierno”.

Sáenz Peña quedó pensativo y meneando la cabeza. “¿Y qué desea usted de mí, don Manuel? Yo estoy para servirle en cuanto pueda, como amigo, como se lo prometí cuando era presidente. Si cree que puedo serle útil, dígalo con toda libertad y confianza”.

Don Manuel contesta: “Bueno, doctor; yo voy a sacar a mi hijo y se lo voy a traer y se lo voy a recomendar mucho; porque para eso lo he traído a mi hijo, para que después sea útil a su raza”.

Doctor Sáenz Peña: “Muy bien, don Manuel. Lo voy a recomendar a los padres salesianos, Estos hombres siempre se han preocupado del bien de los indígenas”.

“Traigo dos, repuso el cacique, un hijo y un nieto”. Sáenz Peña replica: “Me voy a encargar tan sólo de uno, del hijo, por ser hijo de los primeros jefes de la pampa. Yo he tenido oportunidad de tener a mi servicio indígenas que me han querido dar los jefes expedicionarios; pero nunca he querido aceptar. Para mí sería rebajarme, tener entre mi servidumbre un hijo de los nativos de estas tierras. De tomarlo a su nieto debería sentarlo a comer donde comen mis hijos”. Y diciendo así llevó su mano al corazón; tenía lágrimas en los ojos. “Alguien podrá recomendarlo a otros como hago por tu hijo”. La señora de Sáenz Peña le indicó al cacique que la señora de Pellegrini podría hacer mucho por el otro chico. Eran como las tres o cuatro de la tarde, día como de invierno.

El Dr. Sáenz Peña probablemente juzgó más digno y conveniente que el niño se dedicara sólo al estudio, pues demostraba interés por aprender y una inteligencia vivaz y clara. Para ello lo internó en el colegio “Pío IX”, dándole una tarjeta de presentación para el P. José Vespignani, fechada el 14 de setiembre de 1897, con gran satisfacción para el cacique, pues conocía a los salesianos a través de sus amigos monseñor Cagliero, Milanesio y otros. El 20 de dicho mes Ceferino ingresaba en el colegio. En varias ocasiones el mismo ex presidente fue a informarse sobre el aprovechamiento de Ceferino y sobre el estado de la familia y de la tribu.

Los condiscípulos miraban con curiosidad al padre del nuevo colegial. José Allieno dice del primero: “Su aspecto era de un guerrero bajo, piernas encorvadas por el uso constante del caballo, tez bronceada, bigote muy escaso y vista penetrante a pesar de sus años”. El padre Virgilio Zanetti expresa que en las visitas que periódicamente realizaba el cacique, “nunca se notaron entre padre e hijo melindres, caricias o muestras de afecto desmedidas, aunque nadie dudaba del afecto que los vinculaba. Pocas palabras, unas sonrisas francas, pero eso sí, siempre en compañía el uno del otro". El cacique con su vistoso traje de coronel, sus charreteras y sus guantes blancos, procuraba llevar con apostura su uniforme. Recuerdo cómo en un festival que se realizaba, yo me encontraba con otros compañeros detrás del cacique, cuando a éste se le ocurrió sacarse los guantes. “¡Ay! ¡Qué manos peludas!”, se le escapó a uno. “Parece un mono”, susurró otro, y muchos esfuerzos nos costó reprimir la risa. A pesar del aspecto un tanto terrorífico y de sus modales secos, nos había caído en gracia, porque le gustaba estar entre los niños. Nos quería. No ya que fuera hombres de muchas palabras. Todo lo arreglaba con su sonrisa bonachona, sobre todo si se hallaba en compañía de algún misionero conocido. El mismo se quejaba de que su tribu había perdido sus buenas cualidades de antaño, debido a los blancos que en ella habían introducido la bebida y el vicio".

El padre Luis Cencio lo recuerda así: “Fue tanta la impresión recibida, así de la mirada y apostura del valiente y temible cacique como de la delicadeza, discreción y amabilidad de Ceferino, que después de cuarenta años tengo a los dos tan presentes como si los hubiera visto hace pocos días. Cuenta el padre Luis J. Pedemonte que en una ocasión en que Namuncurá visitó al niño hallándose presente monseñor Cagliero, el cacique fue saludado por la banda del colegio e invitado a compartir la mesa de la comunidad, y que con “el traje de coronel, se paseaba por los amplios pórticos llevando de la mano a su vástago”.

En el cuartel del 8 de Línea estaba su otro hijo Juan Manuel, que era ya teniente de infantería. Un día Garrón de Piedra recibe la noticia de que “el teniente”, como él solía llamarle, después de haber experimentado una leve mejoría en la enfermedad que lo había postrado durante casi un mes en el hospital militar, se encontraba grave, casi moribundo. No vacila un instante en correr hacia el lecho del tuberculoso, pero desgraciadamente llega tarde. El velatorio se llevó a cabo en el mismo cuartel, donde fueron apostados guardias de honor. Namuncurá, acompañado por los hijos presentes en Buenos Aires, veló toda la noche el cadáver, demostrando cuánto le afectaba la desgracia. ¡El también era padre!

Corría el año 1901. El cacique vivía junto a los restos de su tribu, pensando en el hijo que había muerto vistiendo el uniforme de oficial del ejército argentino. De pronto, en la soledad del Neuquén, un jinete echa pie a tierra y le informa que Ceferino se encontraba en el colegio salesiano de Viedma. Allí había sido llevado por monseñor Cagliero para que se repusiera de su salud algo delicada.

Namuncurá siente la atracción del hijo, el más pequeño, acaso el más inteligente, y se dirige a verlo, comprobando de visu que se repone con rapidez y que su educación e instrucción son un exponente del progreso alcanzado en los estudios, y regresa a su toldería, para volver a verlo de tiempo en tiempo. A pesar de los años, no vacila en saltar a la galera y recorrer sus antiguos dominios, por rastrilladas que a cada paso muestran esqueletos de los hombres de su raza.

En 1902, en los tranquilos y solitarios parajes del Aluminé, ve llegar a un sacerdote que, procedente de Junín de los Andes, después de cruzar el río Chimehuín con tres soldados del 3 de Caballería, que guarnecía el fortín, se acerca. Es el amigo monseñor Cagliero, a quien recibe rodeado de su familia y de los pocos capitanejos que le quedaban a la tribu (Boletín Salesiano, agosto de 1903).

Tal visita en esas soledades fue el gran acontecimiento del año. El cacique convocó un parlamento como lo había hecho en aquellos tiempos en que era dueño y señor de las pampas. Pero en esta asamblea hubo algo que difirió de las anteriores, y fue que antes de comenzar la ceremonia; Namuncurá se puso de pie “y por medio de un intérprete dio gracias al Señor por la visita hecha a él, a su familia y a su gente”. Luego dijo rompiendo el silencio: “Yo muy contento. Yo vivir cristiano; mi familia también; yo buen argentino y mi gente queriendo ser cristianos todos”. Acto seguido, la tribu se dispersó y monseñor Cagliero junto con Namuncurá se dirigió a la capilla, donde habló al sacerdote.

Los padres Milanesio y Genghini, que acompañaban a éste, explicaron catecismo a la tribu, hablando en araucano, al mismo tiempo que él le enseñaba también al gran cacique los misterios de la doctrina evangélica.

Dice el misionero P. D. Juan Beraldi con motivo de la visita del vicario: “Como le hiciese observar que la religión católica, como asimismo la ley civil, no permiten nada más que una sola mujer, y por lo tanto era necesario dejar la poligamia, obtuvo del cacique la siguiente respuesta:


“Yo, señor, casado bien en Roca ante iglesia y oficial civil. Yo tener tres mujeres, una muerta; otra vieja, muy buena la pobre, muy buena y enferma. Yo ahora vivir solo con mi Ignacia. Yo conocer ley cristiana; yo saber ley argentina; yo dejar costumbre paisana. Mi hijo una sola mujer, mis hermanos una sola mujer y casarse bien ahora presente señor obispo.


“Viendo tan hermosas disposiciones y tan buena voluntad, monseñor llevó al viejo rey de la pampa a una humilde cabaña, confesándolo y preparándolo para recibir el santo crisma.


“El día 25 de marzo el viejo cacique, acompañado por su familia, por los indios y muchos cristianos, se encamina procesionalmente al rancho convertido entonces en catedral, donde monseñor, revestido con los sagrados pero pobres ornamentos y asistido por dos sacerdotes, celebra el santo sacrificio.


“Por la estrechez del local los indios deben acomodarse a la buena, y quiénes de rodillas y quiénes de pie, repiten con el misionero los misterios de la fe y la oración preparatoria al acto más sublime de la vida, como es el de la primera comunión.


“Namuncurá, el fiero y temido cacique, asiste atento y devoto a la santa misa. Niños y niñas, padres y madres, jóvenes y viejos le forman corona y, como él, reciben por primera vez y de las manos de su excelencia el pan de vida eterna.


“Concluida la sagrada función, Namuncurá acompaña a monseñor junto al fuego de la cocina común, para el desayuno, el cual consiste en el indispensable mate con algunos bizcochos azucarados fritos en grasa que había preparado anteriormente la hija mayor del cacique. El anciano rey de la pampa, rodeado por los capitanejos y sentado sobre un viejo cajón, tiene en la mano izquierda el mate y, oprimiendo con su diestra las manos de monseñor, no sabe cómo expresar la alegría que lo embarga; y besando el anillo episcopal no cesa de repetir:


“Yo, señor, viejo y morir; morir mi gente también. Yo no tener campo santo; pido favor, bendición, cementerio. Yo no quiero mí sepultar cementerio. Pido favor, señor obispo, pido favor.


“Monseñor accedió con el mayor gusto y encargó al padre Milanesio y a un hijo del cacique para que hicieran erigir muy presto una gran cruz a los pies de la colina, como precioso recuerdo de la misión y como lugar sagrado para el cementerio”.

A propósito de los hijos de Garrón de Piedra, véase la declaración hecha por él mismo con motivo del casamiento a que se hace referencia en la cita precedente:

“Ante el jefe del registro civil de General Roca, Río Negro, don Alberto Lizarraga, acta Nº 2, el doce de febrero de mil novecientos, don Manuel Namuncurá, que desposaba a Ignacia Rañil, declaró haber tenido anteriormente los siguientes hijos naturales: Juan, de 56 años; Juana, de 28; Vicente, de 25; Julián, de 24; Clarisa, de 14; nacidos en Salinas Grandes; don Ceferino, de 13 años; Alfredo, de 10; Clarisa Segunda, de 8; Ignacio, de 5; Aníbal, de 4; y Fermina, de 3, nacidos en Choele Choel. Firman como testigos del acto Tomás Cueto y Cayetano Domínguez”.

En ocasión de la visita al cacique, solicitó monseñor Cagliero que dejase a Ceferino ir a Roma para cursar los estudios eclesiásticos, lo que fue concedido, y en junio de 1904 partió el muchacho rumbo a Europa, donde recibió del papa Pío X la bendición para su padre y su tribu, brindándole un poncho de vicuña y un quillango aborígenes.

Al año siguiente muere tuberculoso en la Ciudad Eterna, y es enterrado en el cementerio general de Campo Verano el 13 de mayo, en el recuadro 28, fila 20. Su tumba se reconocía por una cruz de madera provista de una placa de latón con la inscripción siguiente: “Zefferino Namuncurá, d’anni 18, morto a Roma il 11 Maggio 1905”. En 1924 sus restos fueron repatriados, hoy descansan en Fortín Mercedes.

La noticia le fue dada a Namuncurá en Buenos Aires por el Rdo. Padre Valentín Bonetti, director del colegio Pío IX, donde el cacique estaba de visita para agradecer a la institución salesiana todo lo que había hecho en beneficio de su hijo. Gracias a la fortaleza espiritual ya adquirida como consecuencia de su educación cristiana de los últimos tiempos, pudo dominar su dolor. Invitado a almorzar por la comunidad, se dirigió a ella a los postres con frases breves, concisas y enérgicas, traducidas así por un hijo suyo que hacía de lenguaraz:

“El cacique, mi padre, ha dicho que ha recibido con pena la noticia dolorosa del fallecimiento en Roma de su querido Ceferino; que acata los designios de Dios. Que toda la vida quedará agradecido a su gran amigo el obispo Cagliero, por los beneficios que siempre hizo a su persona, a la gente de su tribu, y especialmente por las atenciones dispensadas a su hijo Ceferino, llevándolo a estudiar a Roma. Y que su agradecimiento se extendía a toda la institución salesiana”.

A pedido de la Junta de Cooperadoras – Obra de Don Bosco en la Patagonia Septentrional, el Consejo Nacional de Educación dio el 22 de junio de 1945 el nombre de “Ceferino Manuel Namuncurá” a la escuela Nº 59 sita en Chimpay, Río Negro, lugar de su nacimiento.

Muerte en 1908 y homenajes

En la soledad del valle Aluminé, en aquel apartado rincón de San Ignacio, cuando la nieve caía con más intensidad que nunca, el cacique, sentado junto al rancho y con la mirada fija en los picachos andinos, al igual que su padre, reconstruía su vida agitada y misteriosa. Su físico iba debilitándose rápidamente; su vista había dejado de ser como la del águila; ya no tenía la agilidad del “nahuel”; aquel espíritu, antes tan despierto, dormitaba ahora y vivía de recuerdos. En sus últimos días manda al director de La Prensa una interesante nota escrita en que recomienda con agradecimiento a su propio hijo Julián, a su ex secretario Eduardo Romero Pachman y al farmacéutico que lo atendió, señor Sánchez.

El ex rey de la pampa, casi centenario, termina sus días junto a los de su raza. Su hijo Julián, de 64 años, envía al ministro de Guerra el siguiente telegrama:

“1º de agosto de 1908. Me es doloroso comunicar a S. E. el fallecimiento de mi señor padre D. Manuel Namuncurá, acaecido el día 31 de julio a las 11.30 de la mañana a la edad de 97 años. Después de haber sufrido algunas alternativas en su enfermedad, falleció repentinamente. Quedando a sus órdenes, salido a S. E. con mi consideración más distinguida. Julián Namuncurá”.

Se le contestó: “Buenos Aires, 3 de agosto de 1908. Telegrama urgente. Julián Namuncurá. Piedra del Águila. Recibí su telegrama y envíole sentido pésame”. Firma ilegible.

El P. Zacarías Genghini escribió en los “Testimonios”: “No se suponía su muerte tan próxima. Le trajeron a Junín acompañado por la mayor parte de la tribu, ya hombres como mujeres. Obtenido con anticipación el permiso correspondiente, lo velaron esa noche en la comisaría local. El día siguiente fue de lluvia y nevisca. Esto no quitó que toda la paisanada acompañara el cadáver a la iglesia, rezándole, por el superior (Domingo Milanesio) una misa de cuerpo presente. Fue llevado al cementerio, siguiéndole toda su gente y el sacerdote que escribe, con la cruz y el clero. Antes de ponerlo en la tumba el celebrante lo despidió con muy pocas palabras, porque nevaba ya, como sabe hacerlo el invierno en la cordillera. Usando su palabra “sepelio imponentísimo”, lo fue realmente por el concurso general de toda su tribu, por el número crecido de pobladores de Junín, por la escolta de cuatro gendarmes y el afán con que los acompañantes querían llevarlo (pues en aquel entonces no había coche fúnebre).

Su hijo Alfredo Namuncurá, de 54 años, casado, con instrucción, y cacique de la tribu, que habita en el paraje denominado San Ignacio, departamento de Colloncurá, dijo que “fue sepultado en el antiguo cementerio de Junín de los Andes, pero posteriormente la comisión de fomento de esa localidad, no se recuerda la fecha, comunicó a todas las personas que tuvieran deudos en dicho cementerio, debían proceder a extraerlos a los efectos de construir uno nuevo que se encontraba más alejado de la población”, y que “con personal a sus órdenes procedió a dar cumplimiento a lo dispuesto por la comisión de referencia, pero, a pesar de haber efectuado siete y ocho excavaciones, no pudo dar con los restos de su señor padre, por lo que le es posible afirmar al compareciente que los mismos en la actualidad deben encontrarse en el lugar mencionado.


El tal cementerio se encontraba en la parte sudoeste de la localidad. He aquí el acta de sepelio: “Hoy, 3 de agosto de 1908, se dio sepultura al cadáver del finado Manuel Namuncurá, de 97 años de edad, hijo de Juan Calfucurá y de Juana Pitiley. No recibió los sacramentos. Conste. Junín de los Andes, agosto 3 de 1908. P. Zacarías Genghini, Tte. cura”.

Así desaparece de la tierra este arquetipo de su raza. Alejado del país que lo vio nacer, quizás estuvo unido a él en pensamiento hasta su muerte. La transformación que había experimentado en los tres últimos lustros de su vida no es fácil comprenderla si no se tiene en cuenta el ambiente, la época y las horas de dolor vividas después del apogeo.

Al bajar al sepulcro él también pudo afirmar como Horacio: “Non omnis moriar”. El 24 de diciembre de 1933, el Honorable Consejo Deliberante de Buenos Aires resuelve: “Denomínase Namuncurá a la vía pública que va de Baigorria a Santo Tomé, entre Bermúdez y Cervantes”. La hidalga ciudad. Olvidando el sangriento pasado, rendía de esta manera honores a quien tantas zozobras y sobresaltos le había causado. Entre dos ramales paralelos de la sierra Lihué Calel existe un valle de 10 km de largo por unos 100 a 400 m. de ancho que perpetúa su nombre. En el mapa de la República Argentina compilado por el Instituto Geográfico Militar en 1937, figura otro valle de su nombre al sur de Catan Lil y La Blanca, y al norte de La Verde y San Ignacio, en Neuquén.

Por último, desde 1946, en una de las vidrieras policromas del templo gótico de la avenida Costanera, catedral de San Carlos de Bariloche, Río Negro, aparece Manuel Namuncurá con su original uniforme militar, y en otra, su hijo Ceferino, muerto en santidad. Padre e hijo pervivirán aromados por el incienso de las ceremonias litúrgicas, impetratorias de la gracia eterna.

Fuente
Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires
(1963).

La historia oficial y la Historia


Por Ernesto Palacio


Los profesores de historia argentina en los establecimientos oficiales advierten desde hace años, un fenómeno perturbador: la indiferencia cada vez mayor de los alumnos ante las nociones que se le imparten. Es inútil que aquellos engolen la voz, es inútil que apelen al patriotismo y pretendan comunicar a los oyentes un entusiasmo que juzgan saludable por las virtudes de Rivadavia y de Sarmiento: consiguen, a los sumo, un “succés d’ estime”. La historia que dictan NO INTERESA, interesa cada vez menos a la población escolar. Este es el hecho indiscutible, que suele atribuirse corrientemente a la influencia de doctrinas exóticas o al origen extranjero de gran parte de los estudiantes. “¡Hay que aprestarles las clavijas a estos hijos de gringos!” he oído exclamar de buena fe a un pedagogo, mientras aplicaba la represalia del aplazo. Esto no mejora las cosas. El fenómeno no sólo subsiste, sino que se agrava.

Si se tiene en cuenta que los estudiantes de historia argentina cursan el cuarto año y son ya adolescentes con capacidad para razonar; si se tiene en cuenta que esa es la edad en que la personalidad se forma y se definen las vocaciones, dicha indiferencia adquiere importancia excepcional. La interpretación xenófoba, con sus consecuencias de solapada guerra civil, no puede satisfacernos. No es verdad que nuestros muchachos, cualquiera sea su origen, se desinteresen por las cosas que atañen a la patria. Están, por el contrario, ávidos de verdades útiles y son sensibles a todas las influencias inteligentes y generosas. ¡Hay que ver la atención apasionada con que siguen, por ejemplo, cualquier explicación leal sobre nuestros problemas vitales de nuestro comercio exterior! Aquí toda indiferencia desaparece y la preocupación patriótica se advierte en la expresión reconcentrada, en la contracción de los músculos, en los gestos nerviosos, alusivos a la urgencia de los grandes remedios.

Si dicha indiferencia no puede atribuirse a la causa alegada, es indudable que debe achacarse a la materia misma, tal como hoy se dicta. Sabido es que, aparte de la guerra de la independencia, enseñada con acento antiespañolista, los motivos de exaltación que ofrecen nuestros manuales son la Asamblea del año XIII, con sus reformas ¡liberales!, el gobierno de Martín Rodríguez, la Asociación de Mayo ¡tan intelectual!, las campañas “libertadoras” de Lavalle, Caseros y –gloriosa coronación- las presidencias de Sarmiento y Avellaneda. Cuestiones de límites, no las hemos tenido; somos pacifistas. Guerra con Bolivia; pero ¿hubo tal guerra? En cuanto a la frontera oriental, es obvio que el Brasil sólo se ha ocupado de favorecernos, y que si alguna dificultad tuvimos, fue por culpa del “bárbaro” Artigas…Los alumnos se aburren mortalmente; no “le encuentran la vuelta a todo eso”. La historia. argentina, “telle qu’on la parte”, no conserva ningún elemento estimulante, ninguna enseñanza actual. Los argumentos heredados para exaltar a unos y condenar a otros han perdido toda eficacia. Nada nos dicen frente a los problemas urgentes que la actualidad nos plantea.


Historia convencional, escrita para servir propósitos políticos ya perimidos, huele a cosa muerta para la inteligencia de las nuevas generaciones. El trabajo de restauración de la verdad, proseguido con entusiasmo por un grupo cada vez mayor de estudiosos, no ha llegado a conmover la versión oficial, que pronto se solemnizará en una veintena de volúmenes bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Será sin duda un monumento; pero un monumento sepulcral que encerrará un cadáver. No es posible obstinarse contra el espíritu de los tiempos. Ante el empeño de enseñar una historia dogmática, fundada en dogmas que ya nadie acepta, las nuevas generaciones han resuelto no estudiar historia, simplemente. Con lo que ya llevamos algo ganado. Nadie sabe historia, ni 1a verdadera ni la oficial. No hay un abogado, un médico, un ingeniero que (salvo casos de vocación especial) sepan historia. Y es porque, en las lecciones que recibieron, sospechan confusamente la existencia de una enorme mistificación.

No entraré a considerar las causas que dieron origen a lo que llamo versión oficial de nuestra historia ni la legitimidad de la misma, porque ello nos llevaría a enfrentarnos con los problemas fundamentales del conocimiento histórico. Diré solamente que dicha versión no se ha independizado, que sigue siendo tributaria de la escrita por los vencedores de Caseros, en una época en que se creía que el mundo marchaba, sin perturbaciones, hacia la felicidad universal bajo la égida del liberalismo y en que no sospechaban los conflictos que acarrearía la revolución industrial, ni la expansión del capitalismo, ni la lucha de clases, ni el fascismo, ni el comunismo. Impuesta por Mitre y por López tiene ahora por paladín al arriba citado doctor Levene, lo que, en mi entender, es altamente significativo.

Fraguada para servir los intereses de un partido dentro del país, llenó la misión a que se la destinaba; fué el antecedente y la justificación de la acción política de nuestras oligarquías gobernantes, o sea, el partido de la “civilización”. No se trataba de ser independientes, fuertes y dignos; se trataba de ser civilizados. No se trataba de hacernos, en cualquier forma, dueños de nuestro destino, sino de seguir dócilmente las huellas de Europa. No de imponernos, sino de someternos. No de ser heroicos, sino de ser ricos. No de ser una gran nación sino una colonia próspera. No de crear una cultura propia, sino de copiar la ajena. No de poseer nuestras industrias, nuestro comercio, nuestros navíos, sino entregarlo todo al extranjero y fundar, en cambio, muchas escuelas primarias donde se enseñara, precisamente que había que recurrir a ese expediente para suplir nuestra propia incapacidad. Y muchas Universidades, donde se profesara como dogma que el capital es intangible y que el Estado (sobre todo, el argentino) es “mal administrador”.

Era natural que, para imponer esas doctrinas, no bastara con falsificar los hechos históricos. Fue necesario subvertir también la jerarquía de los valores morales y políticos . Se sostuvo, con Alberdi, que no precisábamos héroes, por ser éstos un resabio de barbarie, y que nos serían más útiles los industriales y hasta los caballeros de industria; y que la libertad interna (¡sobre todo para el comercio!) era un bien superior a 1a independencia con respecto al extranjero. Se exaltó al prócer de levita frente a1 caudillo de lanza; al civilizador frente al “bárbaro”. Y todo esto se tradujo a la larga en la veneración del abogado como tipo representativo, y en la dominación efectiva de quienes contrataban al abogado.

Con este bagaje y sus consecuencias –un pacifismo sentimental y quimérico, un acentuado complejo de inferioridad nacional- nos encontramos ante un mundo en que todos estos principios han fracasado. La solidaridad universal por el intercambio, que postulaba el liberalismo, se ha roto definitivamente. Vivimos tiempos duros. El imperialismo del soborno ha sido suplantado por el imperialismo de presa. Hay que ser, o perecer. ¿Cómo no van a sonar a hueco los dogmas oficiales? ¿Cómo pretender que nuestros jóvenes se entusiasmen con una “enfiteusis” u otra genialidad por el estilo, cuando les está golpeando los ojos 1a realidad política de una crisis mundial, con surgimiento y caída de imperios?

Es la angustia por nuestro destino inmediato lo que explica el actual renacimiento de los estudios históricos en nuestro país, con su consecuencia natural: la exaltación de Rosas. Frente a las doctrinas de descastamiento, un anhelo de autenticidad; frente a las doctrinas de entrega, una voluntad de autonomía; frente al escepticismo, que niega las propias virtudes para simular las ajenas, una gran fe en nuestro pueblo y en sus posibilidades. Las condiciones del mundo actual demuestran que Rosas tenía razón y que las soluciones de nuestro futuro se encontrarán en los principios que él defendió hasta el heroísmo, y no en los principios de sus adversarios, que nos han traído al pantano moral en que hoy estamos hundidos hasta el eje.

Basta lo dicho para expresar que la nuestra no es una posición simplemente “historiográfica” y que nos interesan muy poco los pleitos por galletita más o menos que puede plantear un doctor Dellepiane. Los hechos son conocidos y en este terreno la batalla ha sido totalmente ganada con los trabajos de Saldías, Quesada, Ibarguren, Molinari, Font Ezcurra etc., que han puesto en descubierto la mistificación unitaria. Lo más importante, reside hoy, a mi entender, en la interpretación y valorización de los hechos ciertos, en la forma realizada por algunos de los citados y, principalmente, por Julio Irazusta en su breve pero admirable “Ensayo”. Nadie niega que Rosas defendió la integridad y la independencia de la República. Nadie niega que esa lucha fue una lucha desigual y heroica y que terminó con un triunfo para 1a patria. Nadie niega que durante las dos décadas de su dominación, debió resistir a la presión externa aliada con la traición interna y que, cuando cayó, había ya una nación argentina. Contra estos altos méritos sólo se invocan objeciones “ideológcas”, promovidas por los “speculatists" que, al decir de Burke, pretenden adecuar la realidad a sus teorías y cuyas objeciones son tan válidas contra el peor como contra el mejor gobierno, “porque no hacen cuestión de eficacia, sino de competencia y de título”. (1).

Frente a tal actitud, que implica -repito- una subversión de valores, se impone previamente una restauración de los valores menospreciados. Si fuera mejor, como opinaba A1berdi, la libertad interna que 1a independencia nacional; si fuera moralmente más sana la codicia que el heroísmo; si fuera más deseable la utilidad que el honor; si fuera más glorioso fundar escuelas que fundar una patria, tendría razón la historia oficial. Pero la filosofía política y la experiencia secular nos enseñan que los pueblos que pierden la independencia pierden también las libertades; que los pueblos que pierden el honor pierden también el provecho. Esto lo sabemos bien los argentinos. ¿Cómo no habríamos de volver los ojos angustiados al recuerdo del Restaurador?

Rosas representa el honor, la unidad, la independencia de la patria. Mirada a la luz de principios razonables, la historia argentina nos muestra tres fechas crucia1es: 1810; el año 20 que vió la reacción armada contra la tentativa colonizadora a base del príncipe de Luca, y la resistencia de Rosas contra una empresa análoga, pero mas peligrosa. Si después del 53 seguimos siendo una nación, a Rosas se lo debemos, a la unión que se remachó durante su dictadura y que la ulterior tentativa secesionista no logro quebrar. Esto lo han reconocido hasta sus peones enemigos, empezando por el mismo Sarmiento.

Siendo así ¿cómo no guardarle gratitud, cómo no admirar su grandeza? Yo creo que ésta es evidente y que quienes no la perciben padecen de incapacidad para percibir la grandeza en general y permanecerían igualmente impasibles -salvo su sometimiento pasivo al juicio heredado- ante la de un Bismarck o un Cronwell. Prueba de ello es que no pasa inadvertida a los observadores extranjeros que se asoman a nuestra historia, como ocurre con el mejicano Carlos Pereyra y con el alemán Ostwald Spengler. La grandeza de Rosas pertenece al mismo orden que la reconocida por Carlyle a Federico II de Prusia, quien “ahorrando sus hombres y su pólvora, defendió a una pequeña Prusia contra toda Europa, año tras año durante siete años, hasta que Europa se cansó y abandonó la empresa como imposible” (2). Alemania le levanta estatuas a su héroe en todas las ciudades. Por eso es grande Alemania. Nosotros lo proscribimos al nuestro y tratamos de proscribir también su memoria, mientras les erigimos monumentos a quienes entregaron fracciones del territorio nacional y nos impusieron un estatuto de factoría. Porque era ¡un tirano!... Es decir, porque tuvo que sacrificar toda su energía y desplegar el máximo de su autoridad para salvar a la patria en el momento más crítico de su historia; porque persiguió como debía a quienes se empeñaban en fraccionar el territorio, y no obtuvo otro premio que la satisfacción de haber cumplido con su deber. Era, como dice Goethe, “el que DEBIA mandar y que en el mando mismo entra su felicidad”.

Wer befehlem soll
Muss im befehlem Seligkeit empfinlem.

La primera obligación de la inteligencia argentina hoy en la glorificación -no ya rehabilitación- del gran caudillo que decidió nuestro destino. Esta glorificación señalará el despertar definitivo de la conciencia nacional. Los tiempos están maduros para la restauración de la verdad, que será fecunda en consecuencias, porque entonces la historia volverá a despertar un eco en las almas, explicará los nuevos problemas y comunicará al corazón de nuestros adolescentes un legítimo orgullo patriótico. Esto es lo que hoy, trágicamente, falta. Los próceres de la historia heredada, los próceres CIVILES representan y hacen amar (cuando lo consiguen) conceptos abstractos: la civilización, la instrucción pública, el régimen constitucional. Rosas, en cambio, nos hace amar la patria misma, que podría prescindir de esas ventajas, pero no de su integridad ni de su honor.


(1) Reflexions on French Revolution, pág. 164.
(2) Frederick the. Great. T. I, pág. 21.
(3) Fausto. 2a parte, 4º acto.


Artículo publicado por la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Año I, Número I. Enero de 1939.


La Vuelta de Obligado


Por Alberto Ezcurra Medrano



En 1845, la Confederación Argentina se hallaba en conflicto con Francia e Inglaterra, debido a la pretensión de estas potencias de que no continuase la guerra que sostenía con el gobierno de Rivera en la Banda Oriental. Esta guerra había sido declarada por Rivera con el apoyo de Francia, y no preocupó a las mencionadas potencias mientras se desarrolló en territorio argentino. Comenzaron a juzgarla perjudicial para la “Humanidad” cuando, a raíz de la victoria de Arroyo Grande, Oribe puso sitio a Montevideo. Estaba en juego, por otra parte, el supuesto derecho de esas grandes potencias a la libre navegación de nuestros ríos. Y por sobre todo, la pretensión de Francia e Inglaterra de establecer su influencia y dictar su voluntad en el Río de la Plata.

El primer episodio de este conflicto tuvo lugar el 2 de agosto. Lo constituyó el incalificable atropello del secuestro de la escuadra argentina que al mando de Brown bloqueaba Montevideo. El hecho se produjo sin previa declaración de guerra, pendientes todavía las negociaciones con los ministros mediadores, Ouseley y Deffaudis, y pudo ser justamente calificado como acto de piratería. Al robo siguió el reparto de los buques, que fueron arbolados con la bandera oriental y puestos al mando del aventurero internacional José Garibaldi. De inmediato los aliados se dispusieron a imponer por la fuerza la libre navegación de los ríos argentinos, y entre el 7 y el 11 de agosto se vió a algunos de sus barcos haciendo trabajos de sondeo en la boca del Paraná Guazú.

Ante el giro que tomaban los acontecimientos, Rosas adoptó diversas medidas. El 13 de agosto dirige una nota al Comandante en Jefe del Departamento del Norte, General Lucio Mansilla. Este general tenía en su haber una brillante foja de servicios, pues había peleado en las invasiones inglesas, Chacabuco, Maipú, Camacuá e Ituzaingó, comandando además como jefe la división argentina que venció en Ombú al famoso general brasileño Bentos Manuel. En su nota, Rosas le hace ver la necesidad de “construir cuanto antes, en la costa firme del Paraná, una batería en el punto más aparente” y acoderar los buques todo combinado para una resistencia simultánea, de modo que la escuadra enemiga “no pueda pasar más adelante”; le indica la conveniencia de que el lugar destinado para la defensa fuera en la provincia de Buenos Aires o Santa Fé, las cuales reunían más abundancia de recursos que Entre Ríos; pone a su disposición los buques de guerra y demás elementos que están al mando del Coronel Francisco Erézcano con 4 oficiales y 100 marineros. Todo esto es interesante, porque revela hasta qué punto Rosas –que no participó directamente en la Vuelta de Obligado-, fue el inspirador y el alma de la resistencia contra el invasor extranjero.

Felizmente, el temor que tenía Rosas de una agresión por el Paraná, no se realizó con la prontitud que era de esperar. Los aliados temían lanzar su escuadra por un río que les era desconocido. Y Rosas contribuyó a fomentar este temor. Hizo difundir la falsa noticia de que en cuatro puntos del Paraná se habían echado a pique buques cargados con piedras para obstruir el canal. La noticia llegó a conocimiento de los jefes aliados, quienes el 23 de agosto hicieron detener a un ballenero argentino, exigiendo a su patrón que informara el lugar donde habían sido echados a pique los buques, lo que por supuesto ignoraba. La marcha lenta y llena de precauciones con que más tarde los invasores navegaban el Paraná, demuestra que el ardid de Rosas había producido su efecto.

Lo cierto es que las actividades bélicas de los aliados tomaron otro rumbo. El 31 de agosto los anglo-franceses y Garibaldi ocuparon, incendiaron y saquearon la Colonia. El 5 de septiembre se presentaron en Martín García. Rosas, aleccionado por la estéril aunque gloriosa defensa de 1838, la había hecho evacuar previamente, dejando sólo una guarnición simbólica compuesta de 10 soldados ancianos y un niño y el pabellón argentino izado al tope del mástil, como signo de soberanía. A Garibaldi cupo la heroica hazaña de semejante conquista, elogiada como tal por la prensa de Montevideo. El 20 de septiembre –recalco la fecha- el mismo Garibaldi saqueó Gualeguaychú, “escandalosamente”, según el propio secretario de Rivera. Conviene recordar más a menudo que para nosotros, los argentinos, el 20 de septiembre es el aniversario del saqueo a Gualeguaychú.

Mientras tales atropellos se perpetraban bajo la protección de las escuadras de Francia e Inglaterra, los llamados ministros mediadores de estas potencias, que en realidad fueron ministros interventores, declaraban, el día 17, el bloqueo de los puertos y costas de la Provincia de Buenos Aires. “La Gran Bretaña y la Francia –comenta acertadamente Saldías- a título de mediadores, tomaban contra la Confederación Argentina la misma medida que se habían negado a reconocer como emanada de esta última, a título de beligerante, ante la plaza de Montevideo”.

La verdadera guerra iba a comenzar. “El gobierno argentino –escribía “La Gaceta Mercantil”- se halla pues en el forzoso caso de repeler una guerra de abominable conquista anglo-francesa sobre las nacionalidades americanas”.

Demás está decir que salvo el pequeño grupo que, según frase de Lavalle antes de imitarlo, había “trastornado las leyes eternas de patriotismo, del honor y del buen sentido”, todos los argentinos, sin distinción de clases sociales, acompañaron a Rosas en esta cruzada por la soberanía. Como expresión máxima de ese sentimiento, Don Vicente López y Planes, que había cantado en “El Triunfo Argentino” la epopeya de las invasiones inglesas, y en el “Himno Nacional” la de la Independencia, compuso una “Oda Patriótica”, donde llamaba así a los argentinos a defender por tercera vez su libertad:







Se interpone ambicioso el extranjero,
Su ley pretende al argentino dar,
Y abusa de sus naves superiores
Para hollar nuestra patria y su bandera,
Y fuerzas sobre fuerzas aglomera
Que avisan la intención de conquistar


Morir antes, heroicos argentinos
Que de la libertad caiga este templo
Daremos a la América alto ejemplo
Que enseñe a defender la libertad!




Es interesante señalar que la opinión americana, manifestada a través de la prensa, comprendió ampliamente el sentido y la trascendencia de la lucha que se preparaba. Sería largo y pesado abundar en citas. Como ejemplo, bastará con dos. “El Grito del Amazonas”, del Brasil, decía: “Nos llamarán rosistas! somos americanos! Todo el Río de la Plata y sus tributarios, sólo por un milagro dejarán de ser surcados por los galo-británicos. Vosotros, argentinos, acabad con honor. No retrocedáis delante de los que amenazándoos hoy con bombardeos porque os suponen débiles, se olvidan de la humillación de Whitelocke y del tratado de Mackau”. Y “The New York Sun” expresaba: “Nos es grato ver al gobierno argentino firme en su determinación de defender la integridad de la Unión. La rebelión del Uruguay fue puesta en pie por Francia con la esperanza de obtener los dominios del Príncipe de Joinville, hermano político del emperador del Brasil. La sumisión a la vil alianza de Guizot, sería la señal de una repartición de la República Argentina entre las potencias aliadas; pero nuestra confianza en el General Rosas y en su administración no nos deja qué temer al respecto”.


Mientras estas reacciones se producían en la opinión nacional y extranjera, el General Mansilla se dedicaba activamente a dar cumplimiento a las órdenes de Rosas. Había elegido para ello el lugar conocido por Vuelta de Obligado, en el partido de San Pedro. Allí el río se enangosta y forma una curva muy pronunciada. Su anchura es de unos 600 metros y su profundidad, en el canal principal, de 15. La barranca es muy adecuada para la instalación de baterías.

Después de algunas vacilaciones, que le hicieron abandonar transitoriamente ese lugar para trasladarse al paraje denominado “Las Hermanas”, situado seis leguas más arriba, Mansilla resolvió definitivamente por la Vuelta de Obligado, donde lo encontramos instalado el 17 de septiembre.

Veamos como se organizó la defensa de esa posición, de acuerdo a los datos suministrados por el propio Mansilla en su informe del 20 de diciembre. Sobre la costa se instalaron cuatro baterías. La de la derecha, denominada “Restaurador Rosas”, estaba al mando del ayudante mayor de marina Alvaro de Alzogaray y constaba de seis cañones, dos de a 24 y cuatro de a 16. La Segunda, ciento diez varas más arriba, era la “General Brown”, a las órdenes del teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante, y constaba de cinco cañones, uno de a 24, dos de a 18, uno de a 16 y uno de a 12. A cincuenta varas le seguía la tercera, “General Mansilla”, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios y compuesta de tres cañones, dos de a 12 y uno de a 8, en línea rasante con el río. La cuarta, “Manuelita”, a cuyo frente estaba el teniente coronel de artillería Juan Bautista Thorne, distaba 160 varas de la anterior y tenía siete cureñas de mar, de a 100 y de a 8, rudimentariamente empotradas en troncos de tala. Estas baterías estaban servidas por 160 artilleros y 60 de reemplazo.

La batería “Restaurador Rosas” estaba guarnecida en su flanco derecho por 500 milicianos de infantería, de los cuerpos de Patricios de Buenos Aires, al mando del Coronel Rodríguez, y por cuatro cañones de a 4 al mando del teniente José Serezo. El flanco izquierdo era defendido por 100 milicianos al mando del teniente Juan Gainza.

Las baterías “General Brown” y “General Mansilla” eran resguardadas por 200 milicianos del Norte, bajo las órdenes del teniente coronel Laureano Anzoátegui y por el capitán de marina Santiago Maurice.

Apostadas en un monte, a 100 pasos de distancia, servían de reserva 600 hombres de infantería y dos escuadrones de caballería al mando del ayudante Julián del Río y del teniente Facundo Quiroga, hijo del caudillo riojano, y ambas bajo las órdenes del teniente coronel José María Cortina.

A estas fuerzas hay que añadir los vecinos de San Pedro a las órdenes de Benito Urraca; de Baradero, a las de Juan Magallanes; y de San Antonio de Areco, a las de Tiburcio Lima, que en número total de 300 se unieron a último momento en patriótico y meritorio esfuerzo.

Y completa esta enumeración la escolta del General Mansilla, compuesta de 70 hombres al mando del teniente Cruz Cañete.

En el flanco izquierdo de la batería General Mansilla, en un mogote aislado, estaban apoyadas las anclas que sostenían una línea de 24 buques desmantelados, de los que hacían la navegación del Paraná y probablemente algunos de guerra, con tres cadenas corridas por la proa, centro y popa. El extremo opuesto de esas cadenas estaba sostenido por el bergantín “Republicano”, con seis piezas de a diez sobre estribor, y al mando del capitán de marina Tomás Craig. Por si el enemigo intentaba cortarlas, los místicos “Restaurador” y “Lagos”, con una pieza de a 6 cada uno, montaban guardia junto al “Republicano”. Tenían las mencionadas cadenas una doble finalidad: dificultar el paso del enemigo y demostrarle simbólicamente que la navegación del río no era libre y que sólo la lograría a la fuerza.

En una ensenada de la margen izquierda, 14 embarcaciones a remo con 200 infantes estaban listas para acudir a cualquier parte de la cadena o de la margen opuesta. Por último, se tenían preparadas dos líneas de a 5 chalanas unidas entre sí, con materias incendiarias a su bordo, para largarlas oportunamente a la deriva.

De todo lo dicho se deduce el acierto de Mansilla en disponer la defensa. Los principales jefes enemigos fueron los primeros en reconocerlo. Hubo fallas, sin duda. La artillería era escasa, las municiones más aún. Las había en Buenos Aires. Hubo demora en pedirlas y en enviarlas. El Teniente Coronel Ramírez Juárez, en el capítulo “Comprobaciones tardías” de su interesante libro “Conflictos diplomáticos y militares en el Río de la Plata”, ha señalado muy bien este aspecto negativo de la Vuelta de Obligado. Pero todo ello fué explicable dada la falta de experiencia en este género de guerra, y no aminora en nada la gloria del combate, sino que en cierto modo la aumenta, ya que en su transcurso el elemento humano supo sobreponerse a las deficiencias y dificultades materiales.

Dejemos a Mansilla instalado en sus baterías y volvamos al campo enemigo.

Rosas no se equivocó al esperar el principal ataque por el lado del Paraná. Existió en Montevideo una fuerte empresa comercial inglesa, cuyo jefe era Samuel Lafone. Esa empresa había adquirido el producto de la renta de aduana de Montevideo, dando una asignación usuraria a los orientales, y se beneficiaba, además, con el producto de los saqueos de Rivera. En ella tenían acciones algunos miembros del gobierno riverista, como el ministro Vázquez, y logró interesar también a los ministros mediadores –o interventores- de Inglaterra y Francia, Ouseley y Deffaudis. Había conseguido de la “generosidad” del gobierno de Rivera el privilegio de la navegación del Río Uruguay. Pero le interesaba obtener lo mismo en el Paraná, para comerciar con el Paraguay y con la Provincia de Corrientes, sublevada contra Rosas. Para ello preparaba un “convoy” de barcos mercantes, que sería protegido por la escuadra anglo-francesa.

El 1º de noviembre, el “British Packet” nos entera de que se habla formalmente de una expedición al Río Paraná. El 6 se concentran los barcos frente al Carmelo. Luego se internan en el Delta remontando en son de exploración el imponente Paraná Guazú. El 10 pasan por Baradero. Se detienen frente a la boca del Ibicuy, en sitio adecuado al entrenamiento de la infantería. El 17, la expedición sigue viaje en busca de la amenaza de la que se tienen noticias imprecisas. El 18 al atardecer fondea a una legua de la Vuelta de Obligado, a la vista de las posiciones de Mansilla. “Las márgenes –expresan en un mensaje- están cubiertas de gente vestidas de colorado, y frente a la obstrucción cruzan una goleta de guerra, cinco lanchas armadas y dos místicos”.

La escuadra invasora estaba compuesta de los siguientes buques:

Ingleses:

1) Vapor fragata “Gorgon”, buque insignia del Capitán Hotham, con seis cañones de 64 y 4 de 32.
2) Vapor fragata “Firebrand”, con igual armamento.
3) Corbeta “Camus”, con 18 cañones de 32.
4) Bergantín “Philomel”, con 10 cañones de 32.
5) Bergantín “Dolphin”, con 3 cañones de 32.
6) Bergantín “Fanny”, con un cañón de 24.



Franceses:


1) Cajor Fragata “Fulton”, con 2 cañones de 80.
2) Corbeta “Expeditive”, con 16 cañones de 8.
3) Bergantín “San Martín”, robado a la Argentina cuando el secuestro de la escuadra y constituído en buque insignia del Capitán Trehouart, con 2 cañones de 26 y 16 de 16.
4) Bergantín “Pandour”, con 10 Paixhans de 30 libras.
5) Bergantín goleta “Procede”, con 3 cañones de 24.





En total, 11 buques de guerra con 101 cañones, la mayoría de grueso calibre y los Paixhans con balas explosivas, que enfrentaban a las 35 pequeñas piezas de la defensa argentina.

Acompañaban a esta escuadra los buques carboneros que las abastecían. En el Paraná Guazú, poco antes del Ibicuy, un convoy de 20 barcos mercantes, cargados con mercaderías extranjeras y destinados a las ciudades ribereñas del interior aguardaba el resultado del combate.

La primera escaramuza se produce el 18, a las cinco de la tarde, cuando Mansilla envía en reconocimiento tres lanchones, que se ven obligados a retirarse ante los disparos del “Dolphin”. Por primera vez había tronado en el Paraná el cañón de los invasores. Mansilla se dispone al combate y proclama a sus soldados. “Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más títulos que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. Pero no lo conseguirán impunemente. Vamos a resistirles con el ardiente entusiasmo de la libertad. ¡Suena ya el cañón! ¡Tremola en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.

El 19, estamos en vísperas del combate. Mansilla envía al General Corvalán el siguiente parte, cuyo original conservo en mi colección de documentos históricos:

“Sírvase V.E elevar al supremo conocimiento del Excmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia, Brigadier Don Juan Manuel de Rosas, que hasta ahora que son las siete de la mañana, el enemigo no ha hecho el menor movimiento, permaneciendo fondeado a tiro de cañón, sin hacérsele fuego por éstas baterías porque con sólo al recoger el ancla se pondrán a mejor tiro, para aprovechar con acierto las balas que se les tiren. La relación adjunta le impondrá a su S.E de los buques anglofranceses que componen la fuerza invasora.

“Anoche ha desertado en un botecito un marinero del Bergantín de guerra nacional “Republicano”, e incorporándose al enemigo.

“Dios guarde a Vd. Muchos años –Lucio Mansilla”.



Curioso episodio el de este marinero, que en vísperas del combate se pasa al enemigo, dando espaldas a la gloria. ¿Sería acaso alguno de esos argentinos adictos a cierta línea histórica, que no pasa, precisamente, por la Vuelta de Obligado? Preferimos no creerlo. Según Mackinnon, había algunos extranjeros, y aún ingleses, en las fuerzas de Rosas. Y Ramírez Juárez atribuye el conocimiento que los aliados parecieron tener de las posiciones de Mansilla, sin haber efectuado ningún reconocimiento previo, a algunas deserciones producidas en esos elementos.


El 20 es el glorioso día. Amanece con niebla, pero ésta se disipa a las 8 y comienza a soplar una brisa del sur, favorable al ataque. A las 8 y 20 la vanguardia enemiga avanza lentamente sobre las baterías. A las 9 rompe el fuego. De inmediato, la banda de los Patricios de Buenos Aires hace oír los acordes del Himno Nacional, cuya última estrofa es saludada con un ¡Viva la Patria! y coronada con los primeros cañonazos de la defensa argentina.

Comienzan a avanzar, en primer término, el “Philomel”, la “Procede”, la “Fanny”. Pero no lo hace impunemente. Sufren serias averías mientras intentan tomar posiciones. Una vez anclados todos los buques, el combate se hace general y se mantiene vigoroso por espacio de dos horas.

Recio es el fuego de las baterías. El “San Martín” donde flamea la insignia del Capitán Trehouart, es el más castigado. Con 28 bajas, inclusive sus dos oficiales, y más de 120 impactos, se ve obligado a retirarse, y Trehouart debe arbolar su insignia en la “Expeditive”. El “Fulton”, que había acudido a socorrerlo, sufrió igualmente un serio castigo, recibiendo más de 100 impactos, y siendo desmontado uno de sus poderosos cañones de 80. También el “Dolphin” y el “Pandour” quedan momentáneamente fuera de combate, debiendo regresar aguas abajo para hacer urgentes reparaciones.

No obstante, el fuego mortífero de los aliados, y en especial las granadas paixhans, consiguen hacer mella en las baterías. Además, al cabo de dos horas de intensa lucha, comienzan a escasear las municiones. A mediodía se habían agotado las del bergantín “Republicano”. El comandante Craig ante la imposibilidad de defenderlo, resuelve volarlo para evitar que caiga en manos de enemigo, y pasa con su gente a engrosar la batería de Thorne.

Libres ya de este obstáculo y después de varias tentativas fracasadas, los aliados consiguen cortar las cadenas. Realiza esta operación el Capitán Hope, en una lancha protegida por el “Fulton”, que es el primero en cruzar el paso. Forzado éste, los potentes cañones de la escuadra consiguen arrojar su metralla sobre el flanco de las baterías, haciendo estragos en ellas. Las trincheras se llenan de muertos y heridos, imposibles de reemplazar por la escasez de personal. No por ello cesa el fuego de los valientes defensores, que se multiplican a fin de suplir a los que caen. Lo trágico es la falta de municiones. Callan la segunda y la tercera batería. Las otras dos sólo se dejan oír de vez en cuando, a largos intervalos. A las 4, Alsogaray dispara la última metralla de la suya. Sólo queda la de Thorne, sobre la que se concentra el fuego del enemigo. A las 4 y 50 cuenta sus municiones. Sólo le quedan 8 tiros. Personalmente dirige sus últimos disparos, sin errar ninguno, que no en vano es el mejor artillero de la Confederación. Al hacer el último, a las 5 de la tarde, una granada enemiga, que explota cerca de él, lo derriba en tierra, fracturándole un brazo y privándole del oído para siempre. Por eso pasó a la historia como el sordo de Obligado.

El combate puede considerarse decidido. Sólo resta a los aliados consolidar la destrucción mediante un desembarco. Lo hacen primero los ingleses bajo la protección de los cañones de la escuadra. Mansilla, en formidable carga a la bayoneta, desafiando a la metralla enemiga, consigue arrollarlos hasta las mismas embarcaciones. Pero cae herido por un rebote de granada. Lo reemplaza el Coronel Crespo, quien ordena al Jefe de Patricios de Buenos Aires, Coronel Rodríguez, continuar con la resistencia. Entretanto han desembarcado también los franceses, reforzando el ataque. Rodríguez intenta una nueva carga, pero es detenido por el terrible fuego de la “Expeditive”, la “Procide” y el “Philomel”, que han conseguido situarse a sólo 150 metros. Son tan grandes las bajas, que se ve obligado a replegarse a la altura de las barrancas, donde ofrece una tenaz resistencia, disputando palmo a palmo el terreno a los invasores hasta las 8 de la noche. Sólo entonces se retira, salvando la artillería volante y acampando a dos leguas de distancia, sobre el camino a San Nicolás.



Tal fué el combate de la Vuelta de Obligado. Once horas había durado la lucha. Según parte británico los aliados tuvieron 28 muertos y 85 heridos. De acuerdo al parte argentino, firmado por Crespo en reemplazo de Mansilla, los defensores muertos ascienden a 150 y los heridos a 101. Es probable que, en realidad, las bajas hayan sido mayores por ambas partes. La diferencia en contra de los argentinos es lógica, dadas las características del combate y la superior cantidad y calidad del armamento extranjero.

Cabe hacer notar que los propios aliados reconocieron el valor de la defensa argentina. El parte de Capitán Hotham, si bien tergiversa en varios puntos la verdad –haciendo figurar, por ejemplo, 10 buques de guerra argentinos que no existieron- lo que motivó un reto a duelo del General Mansilla, reconoce, por otra parte, que “el enemigo se defendió valerosamente” y que “los hombres que caían eran inmediatamente reemplazados”.

Resulta difícil hacer sin incurrir en injustas omisiones, el elogio individual de los héroes de Obligado, porque lo fueron todos los que allí combatieron. Hecha esta aclaración previa, no podemos dejar de mencionar algunos de entre ellos, que se distinguieron particularmente.

En primer término el general en jefe, Lucio Mansilla, cuyo elogio hace el propio Hotham, al reconocer que “una gran habilidad militar se había desplegado, tanto al escoger el terreno como en el plan de defensa adoptado”; que –según el “British Packet”- “durante todo el combate estuvo tomando mate con la mayor sangre fría”; y que concluyó la jornada herido por las metralla enemiga.

Mención especial merecen los coroneles Juan Bautista Thorne y Ramón Rodoríguez. Dejemos su elogio, en el que incurre en un error que luego aclararemos, al almirante Sullivan:

“En la batalla de Obligado –dice- un oficial que mandaba la batería principal causó la admiración de los oficiales ingleses que nos hallábamos cerca de él, por la manera que animaba a sus hombres y los mantenía en sus puestos, al pie de los cañones, durante un fuerte fuego cruzado, bajo el cual esta batería estaba más especialmente expuesta. Por más de 6 horas se paseó por el parapeto de la batería exponiendo su cuerpo entero, sin otra interrupción que cuando él mismo ponía de tiempo en tiempo la puntería de un cañón.

“Por prisioneros heridos de un regimiento supimos después que era el Coronel Rodríguez, del Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Cuando los marineros y soldados ingleses desembarcaron a la tarde y tomaron esa batería, él, con los restos de su regimiento solamente, y sin otro concurso de las fuerzas defensoras, mantuvo su posición a retaguardia, a pesar del fuerte fuego cruzado de todos los buques que se hallaban detrás de la batería, y fue el último en retirarse.

“La bandera de esa batería, que había defendido tan noblemente, fué tomada por uno de los hombres de mi mando, y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango, Capitán Aotham. Al ser arriada, la bandera cayó sobre algunos de los cuerpos de los caídos y fue manchada con su sangre”.

Sullivan incurre aquí en una confesión. El jefe de la batería, que se paseaba expuesto al fuego enemigo, no fue Rodríguez, sino Thorne. Sí, fue en cambio el Coronel Rodríguez quien resistió heroicamente a las fuerzas de desembarco. El elogio, por lo tanto, corresponde a ambos. La bandera a la que se refiere Sullivan, la devolvió caballerescamente al Consulado Argentino en Londres, en 1883. Hoy se encuentra, sin leyenda alguna, en el Museo Histórico Nacional. Fue la única bandera de combate capturada en Obligado, y como ya lo hacía notar el “British Packet” el 20 de diciembre de 1845, no es propiamente la bandera oficial argentina, sino una insignia de regimiento, con bonetes e inscripciones. Las banderas que se exhibieron en los Inválidos de París como trofeos de Obligado, no eran banderas de guerra, sino de los barcos mercantes que sostenían la cadena, o de las carpas de los soldados.

Continuando con la mención de los héroes de Obligado, recordemos a la heroína nicoleña Petrona Simonino, que con un grupo de abnegadas mujeres, algunas de las cuales murieron bajo fuego enemigo, prestó ayuda a los heridos e infundió ánimo a los defensores, consiguiendo salvar el parque sanitario en momentos de ser flanqueada la batería “Manuelita”.

Y no olvidemos a los que dieron su vida por la patria en tan memorable ocasión. En la imposibilidad de mencionarlos a todos –se calcula su número en 250- recordemos al menos el nombre de los oficiales: Teniente de Marina José Romero, subtenientes Marcos Rodríguez y Faustino Medrano, y alféceres Martínez y Sánchez.

El combate de Obligado, a pesar de constituir técnicamente, el episodio en sí, una victoria aliada, no lo fue en definitiva, ni por consecuencias prácticas, ni por su trascendencia moral.

El ejército argentino, aunque diezmado, no se había disuelto. Pronto se rehizo. Las fuerzas aliadas que desembarcaron en Obligado fueron arrolladas en los meses de diciembre y enero por las del Coronel Thorne, que comandaba la línea de observación sobre la costa. El 2 de febrero intentaron un nuevo desembarco, y otra vez Thorne los obligó a reembarcarse. De nada servía haber forzado el paso. El objetivo aliado era dominar el río para comerciar con Paraguay y Corrientes. Pero no se domina el río cuando la costa sigue en poder del enemigo. Desde sus barcos, los anglo-franceses se veían seguidos y observados por los jinetes criollos –poncho y gorro colorado- que “surcaban en todo sentido la llanura, atendiendo a tropas inmensas de caballos y vacas destinadas a su uso y consumo, mientras los marinos famélicos eran presa del escorbuto, a pesar de la huerta de legumbres que habían instalado en una islita”. Veían, por otra parte, levantarse de nuevo sobre la costa las baterías abatidas para siempre. “Rosas está levantando baterías a lo largo de las barrancas entre nosotros y Obligado”, escribía el teniente Robins, de la fragata “Firebrand”, y añadía: “Si no hay una poderosa división abajo con fuerzas de tierra para sacar los hombres de la barranca, ellos echarán a pique algunos de los buques del convoy y probablemente harán daño a los de guerra. Nos hemos internado muy pronto río arriba. Hemos tomado una posición que no podemos sostener sin muchas posiciones fortificadas”. Y el teniente Marelly, confesaba: “Nos preocupan mucho las baterías que Rosas levanta contra nosotros en San Lorenzo”.

Pronto se vió que tales temores no eran infundados. Los barcos que surcan el río comienzan a ser objeto de continuas agresiones. El 9 de enero el convoy es hostilizado en Acevedo. El 16 en San Lorenzo y el Quebracho, con grandes averías y 50 hombres fuera de combate. El 10 de febrero, el “Alecto” y el “Firebrand” son atacados en el Tonelero. El 2 de abril el “Philomel” es perseguido en el Quebracho. El 6, en el mismo lugar, el “Alecto” quedó bastante descalabrado. El 19 Mansilla se toma un pequeño desquite recapturando con la bandera inglesa el pailebot “Federal”, uno de los barcos que sostenían la cadena en la Vuelta de Obligado y que había sido tomado, armado y rebautizado por los ingleses con el nombre de ese combate. El 21, Thorne acribilla a balazos al “Lizzard”, causándole 4 muertos y otros tantos heridos. El 11 de mayo la escena se repite con el “Harpy”, quedando herido su comandante. Y como coronamiento, el 4 de junio, cuando el convoy regresa a Montevideo cargado de mercaderías de Paraguay y Corrientes, sufre un verdadero desastre en el Quebracho, viéndose obligado a incendiar varios barcos y a emprender una vergonzosa fuga. Desde entonces, el envío del convoy no se repitió y los buques aliados dejaron de surcar las aguas del Paraná. ¿Dónde había quedado el dominio del río, objetivo principal de la Vuelta de Obligado?

Si desde el punto de vista práctico este combate fué una victoria a lo Pirro, desde el punto de vista moral constituyó un triunfo argentino.

Lo fué por la desmoralización que produjo el enemigo. Comprendieron que se trataba de una guerra y no de un paseo. Lo dejan entrever en su correspondencia. “Nadie se declara en nuestro favor…Dejarlos que se degüellen unos a otros, limitándonos al bloqueo a menos que vengan otros a completar el trabajo…Nos hemos metido mucho…Hemos hecho demasiado, o demasiado poco”. En vista de ello, los interventores solicitan refuerzos. Piden 10.000 soldados franceses, igual cantidad de ingleses y el envío de una nueva escuadra. Pero los gobiernos de Inglaterra y Francia no contaban con semejante guerra. Habían creído empresa fácil dominar a los argentinos, a los “gauchos cobardes” que decía Thiers en el parlamento francés. La realidad les demostraba otra cosa. La Argentina no era Argelia o Túnez, ni Rosas un reyezuelo africano. Era un país que sabía hacer honor a su noble estirpe y defender la independencia que había conquistado. Hubo que abrir con él negociaciones de paz. El duelo a cañonazos iniciado en Obligado terminó pocos años después con las salvas con que Inglaterra y Francia desagraviaron al pabellón nacional.

A los argentinos, en cambio, la Vuelta de Obligado les retempló el espíritu. Les dió, como otrora la resistencia a las invasiones inglesas, la conciencia de su propio valer. Fue la réplica viril al infame atropello del robo de la escuadra y su recuerdo subsistió, y subsistirá, como saludable lección a las veleidades de la intromisión extraña. Fue, y sigue siendo para nosotros, aunque todavía no se lo haya declarado oficialmente, el Día de la Soberanía.

La energía de Rosas y el heroísmo de los combatientes despertó la admiración de todo el mundo. Especialmente la prensa de Estados Unidos, Chile y Brasil abundó en comentarios altamente elogiosos. Periódicos de Río de Janeiro se expresaban en los siguientes términos: “Triunfe la Confederación Argentina o acabe con honor. Rosas, a pesar del epíteto de déspota con que lo difaman, será en la posteridad respetado como el único americano del sur que ha resistido intrépido las violencias y agresiones de las dos naciones más poderosas del viejo mundo. Un día, los americanos del Norte y el Sur repetirán con entusiasmo a sus hijos estas palabras enérgicas y famosas dirigidas por el general argentino a los piratas de las Galias y de la Britania: No cederé mientras tuviese un soldado…Sean cuales fuesen las faltas de ese hombre extraordinario, nadie ve en él sino al ilustre defensor de la causa americana, al principal representante de los intereses americanos. Sea que triunfe o que sucumba en esa verdadera lucha de gigante en que se halla empeñado, Rosas será en le presente época el grande hombre de la América”.

A su vez, “The Journal of Commerce” de Nueva York, decía: “No somos panegiristas del gobernador Rosas, pero deseamos que nuestros compatriotas conozcan su verdadero carácter, como lo describen los comodoros Ridgley, Morris y Turner y todo los ciudadanos de los Estados Unidos que haya visitado Buenos Aires. Verdaderamente él es un gran hombre; y en sus manos ese país es la segunda república de América”.

Mientras así se hablaba en el exterior, la única nota disonante –triste es decirlo- la dio la prensa de los argentinos emigrados en Montevideo y Chile. La sangre noblemente derramada en Obligado fue innoblemente insultada por ella, mientras incitaba a los extranjeros a continuar la lucha, bajo el pretexto de que no había de combatir el pueblo a los hombres “a quienes consideraba como libertadores”. Con tal motivo, Pinto, ex presidente de Chile, escribía al plenipotenciario argentino: “Seguimos con el más profundo interés las aventuras de la guerra contra Buenos Aires, porque esperamos que tarde o temprano se aplicarán a todos los Estados de América los mismos principios que ha invocado la intervención para crearse gobiernos esclavos que pongan al país a merced de la Inglaterra y de la Francia. Así s que todos los chilenos nos avergonzamos de que haya en Chile dos periódicos que defiendan la legalidad de la traición a su país, y Ud. sabe quiénes son sus redactores”.

Afortunadamente, no todos los enemigos de Rosas cayeron tan hondo. Don Manuel Erguía protestaba contra esas actitudes en los siguientes términos: “Para la prensa de Montevideo, la Francia y la Inglaterra tienen todos los derechos, toda la justicia. Aun más, pueden dar una puñalada de atrás, arrebatar una escuadra, quemar buques mercantes, entrar en los ríos a cañonazos, destruir nuestro cabotaje…todo esto y mucho más que aún falta, es permitido a los civilizadores…el francés maquinista que cae atravesado por una bala es digno de compasión, y ve caer 400 cabezas argentinas y no muestra el menor sentimiento por su propia sangre. La prensa de Montevideo es completamente franco-inglesa”. El coronel Martiniano Chilavert reacciona aún con mayor energía. “Me impuse –dice- de las ultrajantes condiciones a que pretenden sujetar a mi país los poderosos interventores y del modo inicuo como se había tomado la escuadra. Ví también propagadas doctrinas a las que deben sacrificarse el honor y el porvenir de mi país. La disolución misma de su nacionalidad establece como principio. El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante sólo un buen deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y gloria para ella”. Chilavert cumplió su palabra. No pudo luchar en esta guerra, porque después de Quebracho quedó virtualmente concluída. Pero en Caseros defendió a su patria contra otra intervención extranjera. Urquiza le hizo pagar con la vida el terrible delito de haber luchado hasta el fin contra el invasor brasileño.

El propio Alberdi, que con todos sus errores vió más claro que otros, escribió por aquel tiempo: “Hoy más que nunca, el que ha nacido en el hermoso país situado frente a la Cordillera de los Andes y el Río de la Plata, tiene derecho a exclamar con orgullo: soy argentino. Rosas no es un simple tirano, a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre, como el actual gobernador de Buenos Aires”. Y nada menos que Sarmiento, se vió obligado a reconocer que a Rosas “debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado, y puéstola más en contacto con Europa”.

Si aún algunos entre los enemigos de Rosas supieron comprender la trascendencia de la Vuelta de Obligado, cabe suponer la impresión que habrá producido en el espíritu del más grande los argentinos, el Gral. San Martín, que supo prever a Rosas y comprenderlo desde su advenimiento y que ya le había ofrecido sus servicios durante el bloqueo francés del año 38. En carta a Rosas de marzo de 1846, le dice: “Ya sabía la acción de Obligado, los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca…Esta contienda, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”. Su confianza en el triunfo argentino es absoluta, como se lo manifiesta al General Guido: “Me asiste la confianza segura de que a pesar de la desproporción de fuerzas y recursos, el General Rosas triunfará de todos los obstáculos”. Y firmada la paz del 49, le vuelve a escribir a Rosas: “Ud. me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo de mi achacosa vejez”.

Lo que es menos conocido es que a causa de Obligado, San Martín estuvo a punto de mandar su sable a Rosas. Lo manifestó expresamente cuando dijo: “Sobre todo tiene para mí el General Rosas que ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia americana, por aquel acto de entereza en el cual, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglo-francesa que, pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”.

Esta intención quedó concretada en la famosa cláusula 3º de su testamento, donde lega su sable a Rosas “como una prueba la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injusticias pretensiosas de los extranjeros que trataban de humillarla”.

Ningún argentino recibió nunca mejor premio.

Publicado en el número XVIII de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Año 1958.