DON BOSCO

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"BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS"

Ni Shakespeare imaginaría estos bancos nuestros





POR PAUL KENNEDY

Los titulares de la semana pasada en The Wall Street Journal deben haber causado perplejidad a un ocasional visitante del planeta Marte, que se esfuerza por comprender por qué nosotros los terrícolas hacemos las cosas que hacemos. La principal noticia fue la impresionante pérdida de 2.000 millones de dólares revelada por JPMorgan Chase, desencadenada cuando una apuesta masiva de uno de los operadores de la firma con sede en Londres salió mal . Había estado apostando a que las calificaciones crediticias de un conjunto de empresas se elevarían mucho y no fue así, mientras que cierta cantidad de fondos de riesgo decidieron gradualmente apostar en contra de esta apuesta y acertaron .

¿Es que operar e invertir en monedas, bonos, acciones y materias primas se convirtió en una gigantesca partida de póker en donde si un jugador gana los otros tienen que perder? Tendría que haber empezado esta nota hablando de la noble ciudad de Venecia y del poderoso comerciante llamado Antonio, cuyo destino es descripto por William Shakespeare en El mercader de Venecia.

Antonio ayuda a su amigo Bassanio desde el punto de vista financiero pidiéndole una gran cantidad de dinero al prestamista judío Shylock. No hay necesidad de preocuparse por pagarle a Shylock, desde ya, porque Antonio es dueño de buques mercantes que trasladan valiosas cargas hacia Trípoli, las Indias, Inglaterra ... Seguir más sería estropear la historia para los lectores que no conocen esta obra. Basta decir que l legan noticias sobre la pérdida de todas las naves y que Antonio corre peligro mortal.

Antonio, lamentablemente, nunca tuvo seguro para barcos. De hecho, fue recién cerca de un siglo después de Shakespeare que banqueros y dueños de barcos holandeses e ingleses formaron su propia empresa de seguros colectivos de modo de compensar las pérdidas en el mar; un buque podía zozobrar pero los costos serían cubiertos por las miles de primas pagadas por los muchos otros dueños. Pero ¿qué pasa si uno no toma medidas para estar cubierto como cautela sino porque busca ganancias? Uno supone hacia dónde irá el mercado y desea hacer una apuesta temprana antes de que otros compren (o vendan) el artículo en cuestión; uno es, en otras palabras, un especulador.

El juego es antiguo, pero las revolucionarias tecnologías de la comunicación electrónica y las operaciones las 24 horas del día aumentaron las presiones: no se vaya de la sala de operaciones de Wall Street a las cinco de la tarde sin pasar su cartera de títulos a una oficina asociada en San Francisco, y luego Hong Kong y luego Dubai y luego Londres y así de nuevo al día siguiente. Si su oficina en Beijing se entera de que la economía china se está desacelerando, venda después acciones de minería en Australia si las tiene -¡o cúbrase frente a ellas!-. Esta tendencia es contagiosa. O uno forma parte del rebaño o se queda atrás.

Lo que nos trae de nuevo, como el círculo que se cierra, al operador de JPMorgan y su apuesta horrorosamente mala. Aunque no lo crea, el mismo banco dijo que perder dos mil o tres mil millones de dólares en una operación pésima no lo ponía en el peligro que Antonio confrontó.

Clarín, 20-5-12